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La calle del terror – Parte 3: 1666

Título original: Fear Street – Part 3: 1666
Origen: EE.UU. 
Dirección: Leigh Janiak
Guión: Phil Graziadei, Leigh Janiak, Kate Trefry, basado en los libros de R.L. Stine
Intérpretes: Kiana Madeira, Elizabeth Scopel, Benjamin Flores Jr., Randy Havens, Julia Rehwald, Matthew Zuk, Fred Hechinger, Michael Chandler, Sadie Pink, Emily Rudd, Olivia Scott Welch, Lacy Camp, McCabe Slye, Ashley Zukerman, Jordana Spiro, Jeremy Ford, Patrick Roper, Robert Bryan Davis, Lynne Ashe, Charlene Amoia, Mark Ashworth, Todd Allen Durkin, Ryan Simpkins, Keil Oakley Zepernick, Emily Brobst, Kevin Waterman, Jordyn DiNatale, Ted Sutherland, Lloyd Pitts, Gillian Jacobs, Darrell Britt-Gibson, Daniel Thomas May
Fotografía: Caleb Heymann
Montaje: Rachel Goodlett Katz
Música: Marco Beltrami, Anna Drubich, Marcus Trumpp
Duración: 114 minutos
Año: 2021


5 puntos


UNA RESOLUCIÓN CON DEMASIADOS DESNIVELES

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Sin exhibir grandes virtudes, las dos primeras entregas de La calle del terror, 1994 y 1978, habían logrado configurar una mitología bastante interesante, sustentada en conexiones con la saga de Scream y la tradición del slasher, combinadas con los aportes de la literatura de R.L. Stine. Sin embargo, La calle del terror – Parte 3: 1666 acumula demasiados elementos de forma un tanto confusa y termina un tanto avasallada por sus propias ambiciones.

En el cierre de la trilogía diseñada por Netflix, se revelan los orígenes de la maldición de Sarah Fier y cómo los eventos vinculados a su muerte terminaron afectando a los habitantes de Shadyside. Para eso, la película arma una operación estética y narrativa que no deja de ser atractiva: poner a los actores de las dos primeras partes a interpretar a los integrantes del pueblo cuando todavía era un pequeño asentamiento colonial. En el caso de Fier, está corporizada por Deena (Kiana Madeira) a partir de una posesión entre espiritual y temporal. Ese truco de puesta en escena le permite al film establecer conexiones explícitas e implícitas entre los personajes de las distintas franjas temporales, habilitando al mismo tiempo unas cuantas vueltas de tuerca en la trama.

Claro que ese juego de lazos inter-temporales pone a la película frente a varios riesgos que no logra esquivar. Por un lado, la mescolanza de tonos y géneros: hay una convivencia entre el drama romántico, el terror sobrenatural, el thriller de enigma y hasta la alegoría sociopolítica que la puesta en escena no maneja con total equilibrio y sapiencia. Por otro, los giros narrativos, estéticos y genéricos acercan al film progresivamente al disparate, algo que el film no termina de asumir del todo. Además, hay un tironeo entre el conflicto particular de este relato y lo que pide la historia de la trilogía a nivel general que lleva a que ninguna de las partes pueda desarrollarse en plenitud.

Casi como consecuencia inevitable, esta tercera entrega replica varios de los defectos de sus predecesoras, pero con mayor énfasis. Eso se nota particularmente en la necesidad de apelar a diálogos y monólogos para explicar los dilemas existenciales de los personajes y los mecanismos de la trama. Para colmo, hay un par de revelaciones que se ven venir a la distancia y que les restan potencia a los minutos finales, donde hay un duelo de voluntades y miradas sobre el mundo al que falta espesura dramática. Si en las dos primeras partes había presente un dinamismo y cariño por lo que se contaba, lo cual permitía pasar por alto algunos cabos sueltos, en La calle del terror – Parte 3: 1666 todo luce excesivamente mecánico. Y eso conduce a un cierre tibio, que encima no termina de asumirse como tal, al dejar abierta las puertas para futuras secuelas. A veces, la suma de tantas vías y posibilidades llevan a que se pierda el rumbo.

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