Título original: Ídem // Origen: EE.UU. / México // Dirección: Guillermo del Toro // Guión: Guillermo del Toro, basado en la novela de Mary Shelley // Intérpretes: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Christoph Waltz, Mia Goth, Felix Kammerer, Charles Dance, David Bradley, Lars Mikkelsen, Christian Convery, Nikolaj Lie Kaas, Ralph Ineson, Peter Millard, Peter MacNeill // Fotografía: Dan Laustsen // Edición: Evan Schiff // Música: Alexandre Desplat // Duración: 149 minutos // Año: 2025 // Plataforma: Netflix
6 puntos
EL MODERNO PROMETEO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La filmografía de Guillermo del Toro siempre giró alrededor de lo monstruoso, de la otredad, de la paternidad como un factor capaz de ser deformado, de las líneas difusas entre el Bien y el Mal, de las identidades construidas desde la violencia, de la creación como un hecho maldito. Por eso no resultó raro que en un momento buscara adaptar a Frankenstein, que es una obra que resume todos esos temas y que, tal como dijo el propio realizador, es como un reverso de la moneda de Pinocho, que es hasta el momento, quizás, su mejor película. Pero los resultados, aunque no son decepcionantes, no llegan a ser tan lúcidos como en la adaptación del libro de Carlo Collodi.
Más allá de las divergencias argumentales respecto a la novela de Mary Shelley, la película es fiel a un relato que por algo lleva como título alternativo El moderno Prometeo. Del Toro estructura el film en tres partes bien diferenciadas a partir de cómo construyen el punto de vista: hay un breve prólogo donde la tripulación de un barco que está varado en el Ártico se encuentra con Victor Frankenstein (Oscar Isaac) y la Criatura (Jacob Elordi); un segundo capítulo en el que Victor cuenta todo el proceso de la creación de la Criatura; y un tercero donde el narrador pasa a ser la Criatura, a quien sigue en su búsqueda de libertad, tanto física como afectiva. Hay un hilo conductor en todos los tramos que es ciertamente virtuoso y que está vinculado a cómo del Toro incorpora lo visual a la narración: no hay un mero regodeo en la estética gótica, sino un diálogo con los personajes y la historia. En eso es innegable la fascinación y hasta el cariño del cineasta por lo que está contando, e incluso la consciencia, por cierto acertada, de que Frankenstein no es tanto una historia que advierte sobre los peligros de la ciencia descontrolada, sino sobre las paternidades fallidas.
Pero donde los tres episodios se diferencian negativamente es en la capacidad que exhibe del Toro para enunciar los tópicos que le preocupan a través de la narración y la puesta en escena. Las dos primeras partes, que abarcan aproximadamente una hora y media, funcionan bastante bien, a partir de cómo se estructura una tragedia abrumadora y a la vez cautivante, centrada en un creador que, impulsado en parte por una historia familiar oscura y también por sus ambiciones desmedidas, crea algo que luego no solo no puede manejar, sino que ni siquiera puede entender. Allí lo excesivo encaja casi a la perfección, no solo porque Victor Frankenstein es un gran personaje -un ser repudiable y a la vez cautivante en su megalomanía-, sino también porque Isaac establece una química particular con Elordi, donde el hilo conductor no es la empatía, sino desde la incomprensión y rechazo mutuos.
En cambio, en la última parte, donde el centro pasa a ser la torturada Criatura, casi todo pasa a ser enunciado desde diálogos remarcados y discursos altisonantes. Eso le quita fuerza al juego de espejos invertidos que intenta plantear del Toro, donde el rol de monstruo se invierte, lo humano se pone en crisis y hay una búsqueda de redención por parte de ambos protagonistas. Y hasta convierte a la película en un objeto pesado, en el que el exceso pasa a ser una mala palabra. Eso no es de extrañar en el corpus fílmico que ha desarrollado del Toro, al que muchas veces le cuesta redondear y cerrar apropiadamente muchas de sus apuestas, pero no deja de ser llamativo de que, a pesar de ser un director muy experimentado, no pueda superar ese defecto. Eso no quita que, por ejemplo, pueda arribar a momentos muy poéticos, como el plano final, que en su simplicidad roza lo conmovedor. El Frankenstein de del Toro no llega a las alturas de su Pinocho, pero no deja de ser bastante estimulante.
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