Título original: Backrooms // Origen: EE.UU. / Canadá // Dirección: Kane Parsons // Guión: Will Soodik, basado en la serie de Kane Parsons // Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell, Avan Jogia, Robert Bobroczkyi, Ember Ambrose, Krista Kosonen, Philip Granger, Katharine Isabelle, Peter New, Sarah Hayward, Natalie Moon, Calix Fraser, Patrick Baynham, Rhiannon Roberts // Fotografía: Jeremy Cox // Edición: Greg Ng // Música: Kane Parsons, Edo Van Breemen // Duración: 110 minutos // Año: 2026
6 puntos
ESPACIOS Y PSICOLOGISMOS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay un cine de terror que se debate entre ideas muy buenas y la necesidad autoimpuesta de demostrar que es algo más que esos conceptos, pero no tanto desde lo narrativo, sino desde el contenido. Backrooms: sin salida es el ejemplo más reciente de esta situación, mientras a la vez consolida otro escenario: uno donde el éxito se consigue no tanto desde la película en sí misma, sino desde operaciones de marketing bien diseñadas y astutas, que encima van de la mano de cineastas que han acumulado experiencia inicialmente no en el cine o la televisión, sino en plataformas como YouTube.
El planteo de la película del joven Kane Parsons (apenas 19 años cuando arrancó la filmación) es ciertamente intrigante: un dueño de una tienda de muebles llamado Mark (Chiwetel Ejiofor) descubre que, a través de una pared del sótano de su local, se puede acceder a otro lugar, que es en verdad como otra dimensión. Es un espacio gigantesco, que hasta da la impresión de ser infinito y cuya configuración es intrincada e incluso laberíntica. Tiene un aspecto inicialmente similar a esas oficinas monótonas y aburridas, o a cuartos de espera y/o de transición (lo que se denomina como espacio “liminal”), aunque como bien describe el protagonista, es como si lo hubiera reconfigurado alguien pasado de drogas. Pero en ese espacio hay algo más y la exploración que inicia Mark, en la que arrastra a una empleada y su novio (Lukita Maxwell y Finn Bennett), y en la que luego terminará metida su terapeuta (Renate Reinsve), tendrá repercusiones cada vez más inquietantes y terribles.
La primera hora de Backrooms: sin salida es, por lejos, la más interesante, a partir de como se apoya primariamente en el concepto de esa especie de dimensión desconocida donde los espacios y objetos se acumulan con un sentido que eluden o retuercen la lógica humana. Es quizás la falta de respuestas sobre cómo ha surgido ese lugar lo más inquietante, que se alimenta a partir de un trabajo muy inteligente con la profundidad de campo, el sonido y el punto de vista por parte de Parsons. La tensión que surge entonces tiene componentes explícitos e implícitos, una mescolanza bastante particular entre lo que vemos, lo que no se ve y la sensación de vacío constante, que alterna entre lo concreto y lo abstracto retroalimentándose entre sí. Claro que, al mismo tiempo, ya puede intuirse que la película no puede conformarse con construir un terror solo conceptual, sustentado en los límites entre lo cotidiano y lo surreal, sino que necesita ponerlo a dialogar con los conflictos internos de los personajes. En especial los de Carl, que acaba de pasar por un divorcio y no encuentra la forma de superar su soledad, y los de su terapeuta, que carga con sus propios traumas, que vienen de la infancia y que están relacionados con una figura materna indudablemente desequilibrada.
Si lo que tiene para decir Backrooms: sin salida sobre los dilemas personales y cómo estos conectan con esa dimensión alterna es bastante trivial a pesar de su pretenciosidad, peor le va cuando (otra vez) se autoimpone la necesidad de explicar de qué va ese lugar donde todo está patas para arriba. En vez de explotar a fondo la inquietud generada por ese mundo ilógico y al mismo tiempo familiar, el relato, en sus minutos finales, entra en una fase al estilo Nolan donde al espectador se le deja en claro casi todo y la mayoría de los elementos que podrían ser disruptivos pasan a ser parte de un orden bastante más tranquilizador. Tampoco ayuda que la interpretación de Reinsve, que se va convirtiendo en la verdadera protagonista, esté entre forzada y fuera de tono. Es cierto que la película se guarda para sí algunos enigmas -quizás con el objetivo de abrir la puerta para futuras secuelas-, pero la sensación es que, teniendo en cuenta los trailers, el terror espacial es mucho menor de lo prometido, en gran medida porque termina ahogado por un psicologismo de manual. Backrooms: sin salida no está mal, pero no deja de ser otra astuta operación de marketing por parte de A24, ese estudio que todo el tiempo nos está señalando qué es lo importante.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

