DIOSES Y MONSTRUOS
Por Mex Faliero
Frankenstein vuelve una y otra vez al imaginario del cine y más recientemente fue Guillermo del Toro el que se encargó de traerlo nuevamente a la pantalla. El de Frankenstein es uno de esos relatos que nunca terminan de perder vigencia por la propia ambición humana que deja en evidencia sus ansias de controlar la vida (y la muerte), pero especialmente por la necesidad de quienes hacen películas de reflexionar sobre estos temas. Y, por qué no, de sentirse también ellos un poco dioses. Adaptaciones hay muchas, pero tal vez pocos como Tim Burton han construido una filmografía casi alrededor de ese único relato a partir de su fascinación por el monstruo, por los personajes marginados y por el vínculo que entabla la sociedad con lo monstruoso. Lo hizo de manera explícita en Frankenweenie (tanto corto como largo), en muchas otras películas donde lo monstruoso se expresaba de otras formas, y deliberadamente en El joven manos de tijera. Si bien podemos ver en la película rastros de otros relatos clásicos de terror y fantasía como La bella y la bestia (había un gran chiste del Guasón en su Batman que hacía mención), El jorobado de Notre Dame o El fantasma de la ópera, es sin dudas la creación de Mary Shelley (y sus adaptaciones cinematográficas) la que influyó notablemente en la película, aunque retorcida: aquí el inventor (personaje escrito especialmente para Vincent Price) crea a Edward en busca de belleza y bondad, por fuera de esa vanidad del falso Dios.
Es conocido que la historia de El joven manos de tijera había sido trabajada desde la adolescencia por Tim Burton, quien decididamente se veía como ese freak marginado. La figura de Edward había sido desarrollada en diversos bocetos que había hecho. El estilo de barrio de suburbios de la película tiene mucho de los suburbios de Burbank donde creció, a lo que el director le aportó una fuerza visual arrolladora con el uso de colores chillones para las casas y el vestuario, contraponiéndose con la oscuridad y el tono lúgubre de ese castillo emplazado sobre la ciudad donde vive Edward. Una vez que Peg, la vendedora de cosméticos interpretada por Dianne Wiest rescata al pobre Edward de la soledad del castillo, la historia transcurrirá enteramente en ese barrio vibrante que, sin embargo, esconde la monstruosidad entre fanáticos religiosos, espíritus conservadores y una chusma de gente que se siente entre fascinada, asqueada y horrorizada por el monstruo. A Burton, que por entonces atravesaba tensamente los pasillos de la industria de Hollywood tratando de imponer su mundo interior ante las exigencias de los productores, no le resultaba tan ajena la idea de su personaje, siendo tironeado entre intereses externos mientras era educado acerca del bien y del mal; de lo correcto y lo incorrecto. El éxito de la anterior Batman lo había posicionado en un lugar algo incómodo y el desinterés de Warner en producir El joven manos de tijera puede leerse en esa fascinación inicial de los vecinos con Edward (mientras es productivo, les corta el pelo y les poda los setos) para luego despreciarlo cuando se corre de lo deseado.
Si pensamos El joven manos de tijera a partir de la relación entre el propio Burton y Hollywood, el final nos ofrece una mirada bastante oscura respecto de sus sentimientos. Una vez que Edward conoce a Kim, la hija adolescente de los Boggs, la película se convertirá en una historia de amor con destino trágico (hasta podríamos decir que hay en el prólogo, en esa abuela que le cuenta un cuento navideño a su nieta, mientras nieve real cae por la ventana, una relectura de El ciudadano, con ese aura triste de las historias que terminan mal, de lo imposible y de la circuncisión de una vida a un trauma indisoluble). Edward y Kim (excelentes Johnny Depp y Winona Ryder) se van conociendo lentamente, aunque él, espíritu libre e inocente, ya se había enamorado ni bien había visto sus fotos. Lo de ella es más complejo, con sus amigos y su novio pendenciero, va descubriendo el corazón del monstruo de a poco. Aunque, claro, la de ellos es una historia de amor destinada a naufragar. Cuenta el anecdotario que uno de los actores anotados para hacer de Edward fue Tom Cruise, quien le pidió a Burton un final feliz, algo a lo que evidentemente no cedió. El joven manos de tijera permanece hoy como el reflejo de un cine industrial que todavía se animaba a desafiarnos con algún grado de locura y de un director rebelde que estaba en medio de su propia locura creativa. Burton da en la tecla porque a su evidente talento visual lograba imprimirle corazón, en un viaje romántico que iba de lo gótico al melodrama.
Con el tiempo, claro, Burton alcanzó la cima y comenzó el descenso, convirtiéndose en el personaje inserto en la industria que tal vez nunca imaginó. Es interesante pensar si hoy rehiciera El joven manos de tijera, si la película tendría el mismo final. Lo que sí queda claro en la experiencia del director es que no hay peor monstruo que aquel en el que nos convertimos a nosotros mismos cuando abandonamos la virtud y la vocación. Lo supo Edward, que desde su espíritu primal entendió que cuando iba en vías de convertirse en el monstruo que todos querían lo mejor era quedarse encerrado en el castillo, aunque manteniendo vivo ese mundo que descubrió, único puente entre el horror y la belleza de la realidad.
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