Título original: Idem // Origen: Argentina // Dirección: Mariano Cohn, Gastón Duprat // Guión: Gastón Duprat, Mariano Cohn, Andrés Duprat, Horacio Convertini // Intérpretes: Guillermo Francella, Guillermo Arengo, Giulia Brancato, Eva De Dominici, Vanesa González, Migue Granados, Milo J, Clara Kovacic, Juan Luppi, Dalma Maradona, Aurora Quattrocchi, Bruno Rondini, Gastón Soffritti // Fotografía: Leo Resende Ferreira // Montaje: David Gallart, Anabela Lattanzio, Dante Perini // Música: Federico Mercuri, Matías Mercuri // Duración: 98 minutos // Año: 2025 //
1 punto
16 PEROGRULLADAS
Por Mex Faliero
¿Qué decir de una película de la que ya se han dicho tantas cosas y a la que uno llega tarde con la crítica? Y de la que parece imposible decir algo sin que a uno lo quieran encasillar en tal o cual lugar. Incluso se han dicho cosas sin verla, a favor y en contra. Porque Homo Argentum, la nueva película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, parece haberse construido con una intención: que el debate pase por fuera de ella, por sobre ella, o al costado de ella; que se discutan otras cosas, porque básicamente es tan poco lo que tiene para ofrecer cinematográficamente hablando, que pensarla sería evidenciar su fracaso. De ahí que no estemos hablando tal vez de una película astuta o inteligente, sino más bien de una movida marketinera astuta e inteligente que apuntó a confundir las cosas para, en el revuelo, en el barro, sacar rédito. Y vaya que le salió bien la movida.
Que Cohn y Duprat son provocadores, lo sabemos desde hace tiempo; o más o menos desde El ciudadano ilustre, cuando terminaron de definir al que sería el objeto de su burla. Tanto Mi obra maestra como Competencia oficial, y luego en formato serie El encargado, Bellas artes y Nada, fueron pasos progresivos en esa dirección: incluso con la definición de un star-system propio que redunda en nombres muy populares en el imaginario de un sector bien marcado del público, como Oscar Martínez, Luis Brandoni o Guillermo Francella. Pero así como en El ciudadano ilustre parecían tener algo que decir, o por lo menos la punta del puñal estaba más afilada, más pronto que tarde sus producciones fueron evidenciando que detrás de esa superficie no había más que una pose canchera y misantrópica, de desprecio general y de regodeo en el miserabilismo de sus personajes. El problema de muchas de las películas y series de Cohn y Duprat es que la tesis, lo que tienen para decir, se impone a lo narrativo, forzando situaciones y poniendo en ridículo a sus personajes con un placer un poco morboso. En ese sentido, Homo Argentum es la perfección de un sistema de ideas visuales y temáticas, en el que Cohn y Duprat terminan por dejar al desnudo su cine y confirmar lo que sospechábamos: no hay narración que importe, no hay construcción de personaje que valga, no hay un mundo que construir. Un cine quieto y declamado, en el que sólo importa lo que sus creadores tengan para decir, opiniones sobre el mundo subrayadas y construidas en base a estereotipos, forzadas hasta el hartazgo. Perogrulladas.
Se sabe, Homo Argentum son dieciséis historias cortas protagonizadas todas por Guillermo Francella. Es verdad que el título invita a leerla de ese modo, y los detractores han forzado también sus interpretaciones, pero no todas son sobre la argentinidad, incluso diría que una minoría tiene ese fin, y que la mayoría tiene un carácter fundamentalmente universal. Pero, sabemos que una película sobre la condición humana sería mucho menos taquillera que sobre la condición de ser argentino, y que además la comedia es un género que funciona mejor en boletería cuando tiene un tinte localista y conecta con el espectador, sobre todo en Argentina donde el público parece exigir a las películas una definición constante sobre la identidad nacional (el molesto y famoso “cómo somos”). De ahí que me surja una inquietud con relación a la polémica abierta por la película, y algunas acusaciones un poco ridículas de antipatria (hay que tener ganas de ponerse a discutir sobre una película en esos términos), cuando podríamos por ejemplo acusar de lo mismo a la muy querida Esperando la carroza y su retrato de la argentinidad o, más acá, a Relatos salvajes, que está alimentada por el mismo espíritu episódico a la hora de retratar la misantropía general. Y ahí volvemos a pensar sobre qué se está discutiendo cuando se discute sobre Homo Argentum.
De ahí que caigamos nuevamente en la idea de que estas discusiones son siempre exageradas e injustificadas, porque es darle a la película un poder que en verdad no tiene ninguna película. Lamento informarles que esa noción de que el arte nos modifica es más una metáfora linda antes que algo concreto que se ejecute de manera tan torpemente directa. Seguramente Homo Argentun llegue al público que piensa como ella y que sólo la vea para confirmar sus prejuicios; básicamente como suele ocurrir con los medios de comunicación. Pero aparte el debate es injustificado en el sentido de que estamos ante una película tan evidente en sus intenciones, que es incapaz de perdurar en el tiempo, como sí han perdurado otras obras más ingeniosas para la manipulación. Por el contrario, la nueva película de Cohn y Duprat, la peor de una filmografía que viene en franco descenso, es un rejunte de historias mínimas en el sentido no metafórico que proponía Carlos Sorín, donde la tan mentada comedia ha faltado a la cita. De los dieciséis cortos, la mitad son esbozos de algo, apenas una idea torpemente delineada que a veces no tiene desarrollo y mucho menos remate, que no pasarían el filtro de un primer semestre en la carrera de Cine; un cuarto son malos, feos, indignantes, llenos de lugares comunes sobre la argentinidad que siempre representa el otro y nunca uno; y un cuarto final en el que encontramos algunas historias que funcionan, pero solamente porque tienen al menos un desarrollo y una suerte de conclusión. Lo curioso de todo esto es que gran parte de lo que vemos haya pasado la sala de montaje y nadie haya advertido el vacío que representa, cercano a la estafa. Un verdadero desastre que se ha vuelto el centro del debate como demostración, y tal vez ahí radique algo de su genialidad, de la pobreza conceptual de estos tiempos en los que provocar ya ni siquiera requiere el más mínimo esfuerzo.
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