Título original: O Agente Secreto // Origen: Brasil – Francia – Países Bajos – Alemania // Dirección: Kleber Mendonça Filho // Guión: Kleber Mendonça Filho // Intérpretes: Wagner Moura, Alice Carvalho, Gabriel Leone, Udo Kier, Isabél Zuaa, Maria Fernanda Cândido, Hermila Guedes, Thomas Aquino, Tânia Maria, Suzy Lopes, Rubens Santos, João Vitor Silva // Fotografía: Evgenia Alexandrova // Montaje: Matheus Farias, Eduardo Serrano // Música: Mateus Alves, Tomaz Alves Souza // Duración: 161 minutos // Año: 2025 //
8 puntos
TODO ESTÁ GUARDADO EN EL PENDRIVE
Por Mex Faliero
“Todo está guardado en la memoria”, cantaba León Gieco entre frases inspiradas y lugares comunes del imaginario progresista latinoamericano. La memoria se llamaba aquel tema del disco Bandidos rurales, que hacía uso de una palabra cara al imaginario señalado: memoria. Memoria, que es una invocación para no olvidar un pasado, especialmente vinculado a las tragedias sociales y políticas que acarrearon los diversos gobiernos totalitarios que azotaron la región. Memoria, también, que como todo ha ido perdiendo su peso específico y banalizándose un poco, y que en estos tiempos high-tech que vivimos nos hace pensar más en un dispositivo para cargar información que en un proceso mental sobre la conciencia. Tal vez de manera azarosa, aunque para nada ingenuamente, la fabulosa película brasileña El agente secreto termina relacionando ambos conceptos de memoria en una historia zigzagueante y emocionante donde todo está guardado en la memoria, en las múltiples interpretaciones de esa palabra.
El film de Kleber Mendonça Filho está ambientado en la Brasil de 1977, en tiempos de dictadura y persecuciones. Precisamente, Marcelo/Armando, el protagonista de doble identidad (gran actuación de Wagner Moura) está escapando aunque, como se sabe, nunca hay salida posible. Tras él, un par de sicarios que lo buscan para eliminarlo. Si algo podemos cuestionarle a la casi irreprochable película de Mendonça Filho es que tarda unos minutos hasta llegar al punto; sin embargo, ese largo prólogo es tan fascinante que El agente secreto nos va llevando de las narices, abriéndose como uno de esos juegos viejos de las revistas donde se nos presentaban varios puntos y los teníamos que unir con una birome para encontrar la figura definitiva. A Marcelo/Armando y los sicarios, se suma una mirada sobre el cine, también otra sobre la ficción y su cruce con la realidad, y también sobre el periodismo, el sensacionalismo y la manipulación de los medios audiovisuales. Uno podría creer que Mendonça Filho se verá tentado en la declamación y el subrayado, y a las sentencias definitivas sobre lo político, pero por el contrario apuesta a un tono lúdico, que incorpora referencias cinéfilas a Tiburón y La profecía con maestría, se apodera de la discursividad del cine, pero de una época del cine en la que las películas tenían la capacidad de conmocionar. La forma en que cruza Tiburón, con una pierna peluda encontrada por ahí, con una leyenda urbana sobre una pata peluda, con la violencia como aire de época y el síntoma de una película como La profecía, sin nunca perder el centro de lo que está contando, integrando subtramas y personajes, habla de una película fluida que, a la vez, sabe incorporar esa cualidad de un cine que no se agota en una primera mirada y genera sedimento en el que mira.
Pero todo esto no serían más que ideas sueltas entrelazadas con maestría, si no fuera porque en el epílogo El agente secreto encuentra un tono opuesto al resto del relato, pero que funciona como una coda que complejiza y profundiza todo lo anterior. Durante toda la película, una subtrama ubicada en un tiempo que parece el presente nos muestra a dos chicas catalogando viejos audios, precisamente grabaciones de conversaciones de Marcelo/Armando que remiten a diversos aspectos de la aventura que atraviesa. Eso desembocará entonces en un encuentro en un espacio simbólico donde la metáfora funciona perfecta y cierra el círculo en sentido contrario al tono general de la película: del colorido chirriante de la primera parte a un epílogo gris y desangelado; de la puesta en escena virtuosa con grandes planos, a una austeridad hospedada en oficinas grises y administrativas; de la sangre como moneda de cambio en tiempos convulsos, a la sangre como elemento que se administra y se dosifica. Y, sobre todo, de un pasado emocionante y aventurero, aún en sus costados más ominosos, a un presente contable donde todo, desde el pasado social y político, e incluso el pasado de un cine excitante y estimulante, cabe en la memoria. O, mejor dicho, en un pendrive.
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