Título original: Ídem // Origen: Argentina // Dirección: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini // Guión: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini // Intérpretes: Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro, Fabián Costa, Lionel Castelli, Atilio Sánchez, Alejandro Álvarez, Martín Emilio Campos, Pablo Limarzi, Eva Bianco, Rubén Gattino, Martín Álvarez, Simón Juan, Juan Redondo // Fotografía: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini // Montaje: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini // Sonido: Atilio Sánchez // Duración: 104 minutos // Año: 2025
8 puntos
MUCHO MÁS QUE UNA PELÍCULA DE ÉPOCA
Por Guillermo Colantonio
La actual predisposición hacia el gesto enfático de la crítica argentina, ligera y no exenta de oportunismo, ha elevado a las esferas de la conveniencia a La noche está marchándose ya, la película de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas. Este mecanismo de consagración inmediata no parece estar justificado necesariamente por la emoción, por la eficacia misma de su cinefilia, sino por la exigencia reductiva de querer encasillarla como crónica de un desastre político o la desintegración de la Argentina, dos atributos que bien podrían corresponder, incluso, a años anteriores a la gestión actual de este gobierno nefasto. Para algunos críticos, las memorias del subsuelo son significativamente selectivas. De allí que quede bien subordinar cualquier aspecto de la película a la ética del compromiso y de la resistencia (algo que los propios directores parecen sostener desde sus respectivos campos de trabajo, ya sea filmando o impulsando incesantes actividades en la mítica sala del Cineclub Municipal Hugo del Carril). Pero no, para muchos es más fácil relegar la película a su carácter de síntoma, convertirla en ejemplo vivificante de una cruzada. Flaco favor le hacen quienes simplifican su grandeza con el fin de inflar una retórica acomodaticia a las circunstancias. Del mismo modo que sucedió con Rapado, Mundo grúa o La ciénaga, el tiempo seguramente mantendrá firme el recuerdo de La noche está marchándose ya, pero no creo que sea por el trillado énfasis de los aplaudidores de turno, ahogándolas siempre en la altisonante frase “obras de una determinada época”, una calificación que le sirve a los sociólogos.
El primer plano muestra dos manos contando dinero. La escena se repite algunas veces más adelante. La pérdida de trabajo es la otra señal de cómo se tambalea el mundo de Pelu (Octavio Bertone), el protagonista, uno de los encargados de la proyección en la enorme sala cordobesa. Hay una secuencia que hace avanzar la trama a partir de acciones concretas y que conducen a la extorsión emocional: uno de los dos empleados deberá dejar su cargo y desempeñarse como sereno, entenderemos luego que por un sueldo miserable. Lo resuelven de un modo justo y lúdico, jugando al piedra, papel o tijera. La conclusión de este segmento podría considerarse el centro de la voluntad compartida por los realizadores. Lejos de elegir la expresión fácil y la locución discursiva, regalan un hermoso momento a partir de elipsis definidas. El Pelu cruza la calle y abraza a su compañero. Él ha ganado, pero su espíritu de solidaridad es más fuerte que la conveniencia. Una imagen sin palabras, un gesto, introduce el tema de la película: la empatía. La realidad que Sonzini y Salinas proponen se funda en la confianza con el medio que manejan. No sobreabundan los diálogos redundantes y eligen los hechos que importan. Del mismo modo, no les exigen nada a cambio a los personajes que capturan con la cámara; por el contrario, consagran la cámara a enaltecerlos en pantalla. Porque pronto a Pelu se le sumarán otros: una amiga que graba videos para ganar dinero fácil y tres hombres que viven en la calle y se la rebuscan como pueden. También recorrerá los recovecos del cine una empleada doméstica que se ocupa de la limpieza (Eva Bianco). Entendemos que todos están atravesados por la precariedad laboral, pero también que hace falta una persona para que el mundo amistoso se organice más allá de cualquier aparato institucional ominoso. Allí donde escasean las habituales diatribas verbales toscas y quejumbrosas, sabroso caldo de cultivo para los enfáticos de turno, la película se agiganta en el modo en que da cuenta visualmente de los vínculos entre los personajes, a partir de pequeños gestos, alejados de toda ampulosidad discursiva.
Y esos vínculos también-y fundamentalmente-están sostenidos por el cine, por la significativa presencia de la sala, ya sea porque es el inevitable hogar del Pelu o porque funciona como el refugio clandestino para los otros. Que todo transcurra en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, no solo refuerza la filiación amorosa de los realizadores con su espacio laboral y afectivo, sino que representa una frazada gigante para un grupo de personas cuyo problemático devenir cotidiano es compensado con una de las cosas más preciadas: la proyección de películas en fílmico. Sin embargo, otra de las actitudes que distingue a La noche está marchándose ya de otras películas familiares, es la falta de arrogancia o de autocompasión entre las telarañas de la cinefilia entendida como tormento. Basta observar el modo en que los personajes se vinculan con los fragmentos proyectados (que incluyen a Ozu, Hitchcock, Ford, Renoir, entre tantos). Se ríen, se emocionan, cantan, se duermen, se ilusionan. Este lado humanista no aparece idealizado ni es obligatoriamente un antídoto frente al deterioro progresivo del afuera, pero marca muy bien un orden de prioridades ante la adversidad: una vez más, la solidaridad, el acompañamiento. Por supuesto, y sin idealizar, el Pelu, está en el centro de todo ello.
Lo anterior se sostiene sobre la creación de un verosímil que, más allá de los evidentes logros técnicos-un particular modo de encuadrar y de fotografiar, con una textura que remite a zonas del cine clásico americano de la década de 1930-, requiere de nuestra confianza y entrega a lo que vemos. Algunos podrán llamarlo fe poética; otros, suspensión de la incredulidad. Si corremos por un instante el imperativo de conferirle a la película su carácter de resistencia, si obviamos la fácil proyección hacia ese confuso orden que llamamos realidad-cada vez más determinado por las redes cloacales-, notaremos que La noche está marchándose ya tiene su propia luminosidad entre penumbras. Una luminosidad que no surge de los grandes discursos ni de las consignas urgentes, sino de algo mucho más difícil de alcanzar: la dignidad de los gestos compartidos. Y esto, trasciende cualquier época.
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