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La sequía

Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Martín Jáuregui
Guión: Martin Jauregui, Eduardo Spagnoulo, Luis “Hitoshi”Diaz
Intérpretes: Emilia Attías, Adriana Salonia
Fotografía: Diego Gachassin
Producción ejecutiva: Alejandro de Benedetti, Hugo Castro Fau
Duración: 69 minutos
Año: 2019


3 puntos


ELLA CAMINA SOLA

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Una mujer, con tacos y vestida de fiesta, camina por el desierto, parece extraviada. La imagen con la que arranca La sequía (hagamos caso omiso de la voz en off previa) es potente, y uno adivina que se trata de una de esas imágenes que generan un concepto y permiten desarrollar una idea a partir de ella. Sin embargo, se estira demasiado, tanto que termina perdiendo su poder simbólico hasta convertirse en una mera imitación de un tipo de cine vinculado con lo poético. Y ese estiramiento (y esa imitación) es algo que se extiende a todo el film de Martín Jáuregui, una película que parte de una premisa mínima y que a pesar de no llegar a los 70 minutos nunca puede profundizar en los temas que propone.

La protagonista es Emilia Attías, quien interpreta a Fran, una popular actriz evidentemente agobiada por su trabajo y por lo que representa su figura mediática. Por detalles que se van filtrando (La sequía pretende no confiar en las palabras, las cuales se dejan casi exclusivamente a la suerte de un personaje imposible a cargo de Adriana Salonia), Fran estaba de rodaje en la provincia de Catamarca, escapó de una fiesta y se lanzó, con rumbo incierto, a caminar por el desierto de Fiambalá. Precisamente ese viaje espiritual es el que pretende contar Jáuregui, con una protagonista tironeada entre una liberación deseada y las obligaciones laborales. Durante casi media película, Attias no emite palabra a pesar de interactuar con algunos personajes. En esa decisión del guión hay una evidente búsqueda por el lado de los sentidos, de potenciar el relato a través del poder de sus imágenes (el paisaje y la relación con el personaje es lo único interesante de La sequía) y de profundizar en ese aturdimiento del que Fran parece no poder salir. Como decíamos anteriormente, la película pretende no confiar en las palabras entre otras pretensiones estéticas que no logran más que una superficie reluciente. La confianza en el silencio se agota con la aparición de Not (Salonia), personaje que llega al relato para demorar a Fran en su decisión pero también para darnos toda la información que necesitamos: su presencia parece etérea, propia de la imaginación de Fran, y es puramente un elemento funcional a un relato que finalmente no tiene forma de avanzar si no es por medio de las palabras. Not, vestida de negro, opera como el demonio que ronda la conciencia de la angelical Fran. Y desde su verborragia indetenible sólo masifica el tedio general de La sequía. En la película hay una sola idea (el tironeo que siente la protagonista), que se fragmenta y se estira, pero en la que no se ahonda más allá de lo estereotípico.

En la película de Jáuregui hay algunas ideas potencialmente interesantes sobre las figuras mediáticas y el vínculo con el resto de la sociedad, incluso algún comentario políticamente incorrecto sobre cómo los famosos se relacionan con sectores marginados. Sin embargo, en esos pasajes, La sequía elige un humor cercano al costumbrismo más antiguo, en pasajes que chirrían con la búsqueda estética general. Hacia el final aparecen chamanes, una espiritualidad publicitaria y una decisión de Fran que podría ser el comienzo de algo pero que, sin embargo, para La sequía es el final de un relato que nunca arrancó.

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