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Perfectos desconocidos

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Título original: Perfetti sconosciuti
Origen: Italia
Dirección: Paolo Genovese
Guión: Filippo Bologna, Paolo Costella, Paolo Genovese, Paola Mammini, Rolando Ravello
Intérpretes: Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastandrea, Alba Rohrwacher, Kasia Smutniak, Benedetta Porcaroli, Elisabetta De Palo, Tommaso Tatafiore, Noemi Pagotto
Fotografía: Fabrizio Lucci
Montaje: Consuelo Catucci
Música: Maurizio Filardo
Duración: 97 minutos
Año: 2016


3 puntos


YO NO ME SENTARÍA A TU MESA

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

La única sorpresa real que tiene para aportar Perfectos desconocidos es que no, no se trata de ninguna adaptación de obra teatral francesa alguna, estilo Le prenom, La cena de los tontos o similares: si la película de Paolo Genovese, escrita por él junto a cuatro guionistas (¿no será mucho?), elige ser así de chata visual y discursivamente es por puro placer o pereza o morbo.

O mejor dicho, sorpresas hay de a montones, pero ninguna sorprende realmente. Porque Perfectos desconocidos es ese tipo de película que reúne a un grupo de amigos en una cena hogareña (y en un único espacio) para ir, a partir de una premisa mínima, indagando en el interior de cada uno y sacando lo peor de todos. Y en este nuevo rosario de horrores burgueses de clase media alta europea surgen los engaños, los cuernos, los secretos más inconfesables, las revelaciones sexuales. Es decir, nada que no se haya visto antes y que uno espera por la mecánica de este tipo de producciones, ya un lugar común en sí mismo. Si Genovese y su armada de guionistas en un principio al menos tienen la habilidad del diálogo veloz y divertido, progresivamente la película irá perdiendo cualquier atisbo de amabilidad para ponerse seria, solemne, intensa en el peor de los sentidos.

Como en tantas otras, aquí el grupo de amigos y sus parejas se reúnen en la casa de uno de ellos, mientras afuera hay un eclipse de Luna. La premisa que pone la maquinaria de revelaciones forzadas en movimiento es un juego que se proponen los comensales: por una vez, dejarse de secretos y abrir los celulares para que todos sepan con quién se comunican y de qué hablan con sus contactos. Se supone que el elemento externo tiene algún poder simbólico en el relato, aunque lo desconocemos (o mejor dicho nos hacemos los tontos), pero lo cierto es que el final del eclipse marca un giro del guión de lo más ridículo y caprichoso. Porque en el desenlace, la película no se conforma con haber maltratado a todos y cada uno de sus personajes durante hora y media, sino que además alecciona al espectador sobre los males de la tecnología y otras perogrulladas.

Podemos perdonarle a la película lo forzado de su premisa e incluso el exagerado nivel de compromiso con el que los protagonistas se suman al juego, aún cuando las cosas se están yendo definitivamente al carajo. Lo que no podemos dejar pasar es su histeria visual, con un montaje digno de una película de Tony Scott, y una serie de diálogos entre ridículos y bochornosos a los que se les notan constantemente las intenciones. La próxima vez que se reúnan, no me avisen.

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