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Amanecer Parte II

Título original: The Twilight Saga: Breaking Dawn – Part 2
Origen: EE.UU.
Dirección: Bill Condon
Guión: Melissa Rosenberg, sobre la novela de Stephenie Meyer
Intérpretes: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Ashley Greene, Jackson Rathbone, Kellan Lutz, Nikki Reed, Billy Burke
Fotografía: Guillermo Navarro
Montaje: Virginia Katz
Música: Carter Burwell
Duración: 115 minutos
Año: 2012


2 puntos


PECHOS FRÍOS DEL CINE

Por Mex Faliero

Con varios de los integrantes de FANCINEMA hemos estado trabajando en la construcción de una nueva categorización para algunas películas: una categorización que reúna a esos films desapasionados, aburridos, infames, que nunca se animan a dar el paso adelante, a ser atrevidos, agresivos, salvajes, cuando la ocasión lo requiere; pero también a esos actores y directores que buscan un multi-target lavado e insulso. A ese tipo de producto-autor lo ubicaremos bajo la etiqueta de pecho frío. El pecho-friísmo es una instancia superadora de la mala calidad. Es más, es mucho peor. Porque lo feo esconde alguna intensidad, alguna vibración, alguna virulencia que genera una reacción en el que mira. En cambio lo pecho frío no, porque está lo suficientemente pensado como para gustar a los convencidos y dejar indiferentes a los no convencidos. La saga Crepúsculo hasta el momento estaba más cerca de lo feo que del pecho-friísmo, porque su exaltación de la castidad sexual motivaba el desprecio inmediato. Uno se enojaba, puteaba, quería despertar de un empujón a aquellos adolescentes (y adolescentes eternos) que se quedaban embobados con una de las historias de amor más insulsas que vio el cine en mucho tiempo. Sin embargo el cierre de la saga, este Amanecer Parte II, bate récord de “pechofriez” con una narración inane que no avanza nunca y una vuelta de tuerca digna del más frío de los pechos. Esa paz y tranquilidad final a la que se arriba es tan lustrosa y falsa que, aún así, no deja de ser coherente con el resto de la saga: que siempre ha sido una exaltación de lo artificial.

De todos los males de esta saga pergeñada por Stephenie Meyer ya hemos hablado hasta el hartazgo por estas páginas, así que no ahondemos en eso: sí, es vergonzosamente conservadora, pero digamos que este final, preocupado en otras cosas, tiene mucho más morigerado ese subtexto reaccionario. Así que eso ya lo sabemos y no hay queja posible. Incluso también hemos charlado por acá de lo inútil que resulta seguir hablando de estas cuestiones, por lo que intentaremos no reiterarnos. Observemos, pues, qué tiene para ofrecer esta quinta película, recordando que habíamos dejado a Bella y Edward en el preciso momento en que ella daba a luz y ya era una vampira más.

Si algo había tenido de bueno Amanecer Parte I, es que con la llegada de Bill Condon en la dirección la saga había incorporado, de repente, el humor. Incluso, la autoconsciencia (¿recuerdan aquel vaso de sangre servido con sorbete? Bueno, eso…). Pero Amanecer Parte II es como un retroceso (si esto es posible) para Condon, ya que de aquel humor no queda nada y lo que sí hay es una larguísima primera hora muy aburrida, que es casi una reclusión de los personajes principales en la casa de los Cullen, mientras se espera la avanzada de los Vulturi (explicar sobre clanes y familias a esta altura ya me resulta redundante). Lo que sigue después no es mucho mejor, pero al menos tiene un poco más de movimiento y menos diálogo: otro mal de la saga es que los personajes dicen parrafadas imposibles -imposibles por tontas y también por intrascendentes- haciendo la acción muy derivativa y escasa. Y, claro, cuando llega esa acción, la misma es excesivamente lavada y con una estética visual publicitaria, pero publicitaria de las malas. Todo en la saga Crepúsculo luce artificial: arrancando por lo más preocupante, las emociones de los personajes, y pasando por esos bosques iluminados de manera diáfana, unos efectos visuales pobrísimos y lejos del estándar habitual que uno debe exigirle a Hollywood. Ahora debemos sumar una beba hija de la digitalia, que parece un manchón borroso en la imagen antes que algo vivo.

Avisamos: a partir de acá hay algunos SPOILERS.

Todo esto que hemos señalado anteriormente forma parte de lo que más o menos hemos venido señalando de la saga. Lo que no nos veíamos venir era una maniobra de guión tan estúpida como inconveniente desde un punto de vista narrativo. Una deuda eterna de Crepúsculo es la sangre; que una historia que mezcla vampiros y hombres lobos carezca de sangre y tripas no es sólo una decisión estética, sino que también lo es política: es indudable si analizamos su subtexto virginal y asexuado, en el contexto de una historia que apunta, fundamentalmente, a los adolescentes. Por eso cuando de repente los Cullen y los Vulturi se enfrentan en una batalla final más cercana a Pandillas de Nueva York que a esta ameba fílmica, uno no puede evitar alegrarse un poco, sentir que algo de vida reside en el corazón de un blockbuster tan tonto como este. Ojo, una Pandillas de Nueva York con decapitaciones y demás truculencias, pero extraña y (a esta altura) ridículamente sin sangre. Sin embargo, en un giro propio de un guión mediocre o involuntariamente gracioso, esa larga secuencia de acción se nos revela de repente como una premonición incrustada en la mente del malvado Aro por parte de la buena de Alice. Es decir, cuando Aro descubre que en ese futuro inmediato muere decapitado, decide frenar la guerra, decretar una paz torpe y tranquilizadora y marcharse con su tropa. Y así los Cullen, que suman a la familia al lobezno Jacob y a la ex humana Bella, se quedan re piolas viviendo en su regia casa. Así las cosas, esa violencia que nos alegraba por lo repentina y abrupta para la saga, que traía algunas muertes inesperadas, se convierte en un flashforward extenso y tramposo, que es además una de las movidas más pecho frío que se le podían ocurrir a los autores de esta gansada absoluta. Luego de esto llega una coda bastante comprensible y lógica dentro de los parámetros de Crepúsculo: hay promesas de amor eterno y una celebración cómplice hacia los seguidores. Este cuentito moral(ista) se ha ido, esperemos, para no volver.

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