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De Baltimore a Mar del Plata

Por Rodrigo Seijas

Se podría decir que todo comenzó con Diner, aquel filme con Mickey Rourke, Paul Reiser y Kevin Bacon, escrito y dirigido por Barry Levinson (quien luego ganaría el Oscar por Rain Man), acerca de un grupo de jóvenes que iban asumiendo, muy de a poco, que estaban entrando en la adultez, mientras pasaban tiempo en una cafetería de Baltimore. Era un filme pequeño, humilde, con un tono vinculado a la nouvelle vague francesa, donde cada diálogo o acción daba la impresión de estar enmarcado por la intrascendencia, aunque sólo encubría sucesos o sentimientos mucho más importantes.

Siguió con Homicidios: la vida en las calles, una serie producida por el mismo Levinson y creada por Paul Attanasio (guionista de Donnie Brasco), acerca de un escuadrón de policías encargados de investigar homicidios en Baltimore. Fue un programa que se sostuvo durante siete temporadas en la pantalla de la NBC en la década del noventa, como una hermana menor de La ley y el orden -el barco insignia de la emisora durante esos tiempos-, gracias a las buenas críticas que compensaban las bajas mediciones de rating. La ausencia de espectacularidad era llamativa -los protagonistas casi no sacaban sus armas- y había una especial focalización en los personajes, explorando sus rutinas, motivaciones, obsesiones. También en esa particular ciudad que es Baltimore, que es mucho más que la ciudad de Edgar Allan Poe -a pesar de que hay un inquietante capítulo dedicado a la literatura del gran escritor-. El programa alcanzó tal carácter de culto, que varias estrellas estelarizaron en distintas emisiones, como Robin Williams, Vincent D´Onofrio, Chris Rock, Elijah Wood, Steve Buscemi o Marcia Gay Harden; lo mismo que varios directores, como Kathryn Bigelow, Martin Campbell, Ted Demme o Peter Medak. Incluso llegó a ganar cuatro Emmys, entre los que se cuentan el de mejor actor -André Braugher-, guión y dirección.

Pero lo mejor llegaría con The wire, la serie creada por David Simon, periodista que había escrito antes el libro Homicide: a year in the killing streets, el libro sobre el que se basó Homicidios. Hay que remarcar que esta creación difícilmente podría haberse estrenado en otro lugar que no fuera HBO, afecto a apuestas vanguardistas y arriesgadas que no suelen ser recompensadas con la masividad pero alcanzan un gran prestigio.

La clave de The wire -que retrata los procedimientos investigativos de las fuerzas policiales, que incluyen las escuchas telefónicas- es que cada aspecto está pensado en una interrelación entre lo particular y lo general. Cada temporada (cinco en total, de unos doce capítulos promedio, de una hora cada uno) funciona como un largometraje especialmente extenso. Por eso no hay una fuerte intención de impactar con los primeros o los últimos episodios, sino de ir desarrollando de a poco el relato. Las escenas que al inicio dan la impresión de ser aisladas o sin interés, van revelando su propósito, muchas veces asentado en base a la repetición. Los personajes, a partir de diálogos rutinarios e incluso superficiales, van adquiriendo, paradójicamente, una profundidad inusitada. Organizaciones -como el narcotráfico, el puerto, agrupaciones políticas o la redacción de un diario- e instituciones totales -como la policía, una escuela, el poder ejecutivo o los sindicatos- se van configurando en toda su complejidad. Cada trama o subtrama que se abre es cerrada de forma coherente y acorde con lo narrado anteriormente -con una estructura prácticamente trágica-, porque en su inicio ya pueden intuirse las consecuencias finales.

En el medio de esto aparece la ciudad de Baltimore, exponiendo sus rincones menos notorios, sus tempos particulares y distintivos, sus ruidos, paisajes, habitantes, sus contradicciones y ambigüedades. Es esa Baltimore que se contempla a sí misma disminuida frente a otras de mayor importancia y trascendencia, como Nueva York, Los Angeles, Miami, Washington, Boston, Chicago o Filadelfia, pero que presiona, a través de sus artistas, para no quedar silenciada y expresarse cinematográfica, televisiva, periodística, política, culturalmente.

The wire, una de las mejores obras que ha dado la televisión mundial en los último veinte años, funciona como excusa para pensar también cómo la televisión argentina posee una óptica en la que el centro de referencia no puede ser otro que Buenos Aires, mientras que el resto de los centros urbanos son contemplados a la distancia, sin un mínimo conocimiento o interés. Y cómo a la vez, desde esas otras zonas urbanas, se avala esa política cultural: Buenos Aires es la ciudad que importa, todo pasa por Buenos Aires, tanto a nivel real como ficcional.

Lo cual lleva a pensar en cómo se ve y piensa a Mar del Plata, que no es sólo las típicas postales del verano que entregan los noticieros -tanto porteños como marplatenses-, con las playas repletas, los boliches a pleno, la pesca en el puerto y cientos de micros entrando y saliendo de la terminal. Es también una ciudad tratando de salir del lugar común que impone lo turístico; el orgullo, pero también el agobio por las millones de personas en la playa; la peatonal San Martín pasando en un pequeño lapso de horas del caos total a la soledad total; el olor a pescado apenas uno se acerca a la zona portuaria; los boliches sólo habitados por marplatenses que dan la impresión de no saber ir a otro lugar para entretenerse; las luces de los edificios vistos desde la costa a la noche; la inoperancia de Gustavo Pulti; los códigos mafiosos de Florencio Aldrey Iglesias; Quilmes y Peñarol; Alvarado y Aldosivi; los barrios de gente trabajadora y la zona con alquileres inflados de Güemes; Constitución y Alem; las avenidas Colón o Independencia; los colegios tradicionales como Fasta; los millares de desocupados o enfermos de SIDA; la terminal nueva y la abandonada; la mayoría de la población compuesta por jubilados; los que se quieren ir ya mismo y los que protestan pero igual se quedan porque hay algo que los sigue aferrando; el calor del día y el frío de la noche; el Teatro Colón y los espectáculos taquilleros del verano; el monopolio de Cinemacenter y los ciclos cinematográficos en el Auditórium; la juventud que se queda estancada sin saber qué hacer y los hiperactivos; la ciudad que a menudo se olvida de que fue el lugar de nacimiento de Astor Piazzolla; es la Feliz, la In-Feliz, la que trata de asumir su tristeza para poder finalmente alcanzar la felicidad.

Y esto es apenas lo que puede decir un porteño que visita a menudo las costas marplatenses, alguien que tiene una visión muy reducida, sostenida en base a referencias y no de verdaderas vivencias, que sólo puede enumerar una serie de lugares no tan conocidos, pero también muy comunes. ¿Qué es lo que tiene para decir un marplatense sobre su ciudad? ¿No estaría bueno que el país supiera de Mar del Plata a través de los marplatenses?

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