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Marley y yo

En busca de la tristeza

Por Mex Faliero


7 puntos


Este texto será muy personal. Advierto. Desde que se conoció la fecha de estreno de Marley y yo, quien firma este texto molestó bastante a sus compañeros diciéndoles que se trataría de “la película del año”. Sí, me encanta exagerar. Confesión de partes: el tipo está enamorado de Jennifer Aniston y es un fanático de los perros (especialmente perros, pero es un “animalero” de ley). Entonces la conjunción Aniston + perro era muy fuerte y, bueno, fui el candidato número uno para ver el film de David Frankel. Así de arbitrarias son las cosas. Pero ojo, era una broma. En realidad dudaba bastante de las posibilidades de la película por: A) Owen Wilson no me mueve un pelo; B) el director me parece alguien sin vuelo, que apenas acertó en algunos pasajes de El Diablo viste a la moda; C) la Aniston no me resulta una buena actriz; D) el tufillo a comedia romántica envuelta para regalo presagiaba lo peor; E) algunas líneas de diálogo del trailler parecían un manual de autoayuda.

Y si bien muchas de esas cosas no se modificaron y ni Aniston se transformó en Katherine Hepburn; ni la película eludió los lugares comunes y los clichés y los golpes bajos -bajísimos-; ni Frankel se transformó en Ernst Lubitsch; ni Wilson en el mejor comediante de la historia, no puedo dejar de señalar que me emocioné muchísimo viendoMarley y yo. Ni tampoco de hacer notar que esa emoción no provino exclusivamente de mostrarme un perro en situación de riesgo. No. Hay elementos humanos, hay dudas en esos personajes, dudas universales, y no hay certezas. Nada se resuelve al final. Apenas asistimos a una década en la vida de una pareja que está marcada por la presencia de un perro algo atorrante.

Lo primero que me llamó la atención del film es que el perro es un McGuffin. Quienes esperen ver Beethoven 8, saldrán defraudados. Ni qué decirles quienes vayan pensando en una historia de amor para parejas de verano. No,Marley y yo es amarga, ni siquiera es una comedia. Está surcada por pérdidas. Por la pérdida física, que es ausencia, pero por la pérdida de la juventud y de convertirse en adulto. Por perder de vista lo que uno quería ser y ver en qué nos transformamos. Pero no es hipócrita, sabe que uno llegó a eso por decisiones personales. En eso, llamativamente, Frankel marca una similitud con El Diablo viste a la moda: allí Streep le decía a Hathaway que no reniegue del sistema, que si ella cagó a una compañera era porque ella así lo quiso y que siempre uno está a tiempo de renunciar y seguir otra vida, con las claudicaciones a cuestas, claro está. Esa honestidad un poco incorrecta es la que persigue al matrimonio de Aniston y Wilson durante toda la película.

Aniston y Wilson son el matrimonio Grogan (el film está basado en el libro que el propio Grogan escribió sobre su vida), ambos periodistas. En determinado momento él le regala un perro a ella para retrasar su deseo de ser madre, pero esa necesidad social será más fuerte y los chicos llegarán. El tiempo irá pasando y Marley se hará más grande. Y en ese transcurrir, lo que le importará al relato serán especialmente los lugares que vaya ocupando John Grogan como periodista y luego como columnista del pequeño diario donde trabaja. Pero no lugares laborales, sino lugares como ser. Qué va construyendo de sí mismo. Hacia dónde va. Y más allá de sí, las bellas casas y los barrios residenciales y los lindos autos que va consiguiendo, Frankel pone todo lo material como accesorio. La relación con el mejor amigo y colega del periodista, un tipo totalmente libre, sin ancla en la vida, que viaja de aquí para allá cubriendo diversos hechos, será clave. Allí Grogan deposita sus frustraciones. Allí ve lo que a lo mejor le hubiera gustado ser y lo que finalmente fue. Pero tampoco sabemos si lo otro es lo mejor, es apenas otra cosa, algo difuminado que nunca lograremos comprender porque optamos por este camino.

¿Y cómo entra Marley en todo este asunto? Bueno, el perro es el comic relief, donde descansa la película para sopesar la tristeza que desprende. Hasta donde pueda. Frankel acierta porque a ese perro le da dimensiones. Si nos preguntamos entonces cómo encaja en la historia, deberíamos preguntarnos entonces ¿qué es un perro? Pero no busco una explicación biológica. ¿Qué es un perro para nosotros? ¿Cuál es la dinámica que sostiene la relación entre el perro y el humano? El perro es, sin dudas, una pelota de pelos a la cual estrujamos y donde depositamos muchas veces broncas, muchas veces frustraciones, muchas veces sinsabores, pero también alegrías y toda la ternura que seguramente no nos aflora en otros lados. Son como psicólogos con hocicos húmedos, que no hablan, pero que con una mirada comprenden y dicen muchas cosas.

Es innegable decir que un perro es un pedazo de nuestras vidas. Por ejemplo mi perro. Se llamaba Mirko, era un bretón español, de esos que cazan, pero que en su vida pisó un campo. Dormía en la habitación y tenía esa habilidad de acostarse acurrucado y amanecer despatarrado sobre la cama. Y uno, caído sobre un costado. Lo tuve 13 años, hasta que se murió por un maldito cáncer en la garganta. Cuando murió yo tenía 22 y cada vez que lo recuerdo me resulta imposible separar su figura del pedazo de vida que transcurrí con él. Llegó a mi vida cuanto tenía 9 y se fue cuando tenía 22. Era un niño, fui adolescente y terminé adulto -bueno, eso intenté-. Sí, también los humanos ocupan esos espacios en nuestra vida, pero un perro es esa vida que en la mayoría de los casos no te sobrevive. Nunca más pude, ni quise, ni me animé a volver a tener un perro.

Y Marley y yo capta esa esencia sin demagogias. Cuando las palabras se ponen un poco aleccionadoras, las imágenes nos devuelven una verdad absoluta. Grogan y Marley, cuando ya pasó una década, caminando por una colina y luego sentándose con todo el peso de los años, emocionan porque hay allí revelaciones y reverberaciones de la experiencia real. Igual cuando el labrador se queda mirando a su dueña que acaba de sufrir un aborto. Como esas hay miles y en mucho colabora la labor de Owen Wilson, quien por primera vez transmite sensaciones con su voz nasal, con sus miradas que desconfían o al menos temen del lugar que ocupa.

Sobre el final es cierto que la película acude a una serie de momentos innecesariamente crueles, de esos que tienen como destino el pañuelo. Marley está viejo, invariablemente se muere. Sin embargo Frankel maneja con llamativa elegancia las situaciones y hasta impacta con algunos planos sumamente descriptivos del interior de sus personajes y del hueso de su historia. Me quedo con esa mirada que Wilson le echa a las patas de su perro, como apreciando todo lo que se ha caminado, y el recorrido de sus manos sobre el pelaje de Marley muerto en la camilla de la veterinaria, con el cuero curtido por los años vividos ni de la buena ni de la mala manera. Le película no juzga. Es una vida. Y es suficiente.

Y al final no hay lecciones sobre “la puta que vale la pena estar vivo” ni se dice que “lo mejor es tener una familia y renunciar a lo tuyo”. No. La película no dice nada, deja que sus personajes decidan qué hacer, qué caminos tomar. Grogan no puede ser incoherente con su propia historia. Y así como ellos son víctimas de sus decisiones, la película también sabe que algunas opciones que toma no son las ideales. Que al fin de cuentas es una historia lógicamente conservadora y previsible. Hace un par de años una película tramposa como En busca de la felicidad decía una cosa con sus diálogos y otra con sus imágenes. En ese debate perdía la coherencia del relato que apuntaba únicamente a la lágrima y al optimismo hipócrita. Marley y yo también emociona. Pero no porque se muera un perro, sino porque vemos reflejado en Grogan los sueños que se cumplieron, los que no y lo que se fue para no volver. Con los excesos apuntados, Marley y yo sorprende por la amargura y la tristeza que transmite sin intentar disimularlo.

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