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La mujer sin cabeza

Acá no ha pasado nada

Por Mex Faliero

Una de las líneas de diálogo que más se escuchan en La mujer sin cabeza es “no pasó nada”. Y la persona a quien va dirigida esa frase, una y otra vez, es Verónica (María Onetto), que se hace cargo, reconoce y se autoconvence: “no fue nada, estoy bien”. Negación. La mujer sin cabeza, el tercer maravilloso largo de Lucrecia Martel, es un film sobre el ver, traducir y desdibujar para reconstruir una realidad cómoda para uno, aunque eso incluya negar. Y en ese desdibujar, varios aparecen fuera de foco como en los planos impecables que Martel construye en este verdadero film de fantasmas.

La única que aparece continuamente en plano es Verónica (o “Vero”, en este mundo de clase media provinciana donde todo es apócope y diminutivo y los diálogos se pueblan de “deditos”, “mantita”, “cremita”) y todo lo demás es difuso. Pero claro, en ella lo difuso es su propio interior. Aunque la mujer está así desde que andando por la ruta atropelló con su auto algo que pareció ser un perro. O bien podría haber sido un chico. Pero Vero se lo niega, casi ni mira por el retrovisor y sigue adelante. De todos modos no será la misma, se la verá imbuida en una especie de somnolencia y ni siquiera podrá atender su consultorio de odontología.

Lo fantástico de todo esto es que su entorno la notará “rara”, pero nadie irá al fondo del problema. Ella cargará con su pesar y hasta que no se lo comente a su esposo, el contexto permanecerá alejado de su realidad. Lo que ocurre a partir de allí es precisamente lo que a Martel le interesa y es el núcleo temático: señalar cómo la sociedad niega, esconde, contiene y construye una cotidianidad sin culpables cercanos. “Un perro, atropellaste un perro”, le dice su marido cuando vuelven a recorrer la ruta para inspeccionar el lugar. Tranquilizar, el mal siempre está en otro lado. Si no hay cuerpo, no hay crimen. ¿La dictadura?

En una muy interesante nota dada a Clarín recientemente, la salteña Lucrecia Martel confesó que parte de la génesis de este film está relacionada con una pesadilla que tuvo, la cual involucraba un crimen que era perdonado por su entorno familiar. “Si mi familia y la sociedad me encubren, nadie me da la posibilidad de cambio ni perdón. El encubrimiento de los seres queridos, aun cuando sea con intención protectora, te cuelga una carga para siempre. Para mí lo más preocupante en torno al crimen, a la muerte, es no poder redimirse”, decía con la claridad de los grandes autores que saben de lo que están hablando y pueden plasmar con inusitada lucidez sus obsesiones en su obra.

De todas las varias, posibles, lecturas que La mujer sin cabeza se permite en su derrotero vitriólico, la más fuerte y poderosa es la de su estatización de la sociedad fascista. Se podría ver decididamente a esta como la primera película nacional que habla en serio y con altura de la dictadura, de su herencia, de su razón de ser: el miedo a lo diferente, su distancia y la angustia de construirse una identidad cultural sobre el engaño, la muerte y el silencio negador. Y lo más interesante es que la mirada no es demagógica, no muestra como víctima precisamente a la sociedad sino que la hace cómplice en su necedad. La protagonista de La mujer sin cabeza es una clase social que tiene servidumbre y la mira trabajar desde la distancia (aparecen siempre en segundo plano o fuera de él, fundida, detrás de vidrios), es la que no sabe qué tiene enterrado en su jardín, es la que construye el horror para después admirarlo horrorizada. Decididamente es la sociedad que dice que “acá no ha pasado nada” y necesita “mirar para adelante” porque “no podemos vivir en el pasado”. El optimismo estúpido de la clase mediocre.

Y el film, fiel reflejo de ese contexto cultural en el que nace de manera unívoca, avanza con esta Vero rara, como apagada, y su entorno negando y moviendo hilos y contactos para seguir negando la sospecha y el temor. La mujer sin cabeza entonces se irá ramificando hasta construir otra radiografía compleja de una sociedad de provincia superficial y con ciertos privilegios y decadencias, como en La ciénaga. Allí aparecen las relaciones familiares practicadas diplomáticamente, las pulsiones sexuales pasibles de ser negables para la burguesía conservadora, el poder que protege.

Pero Martel no es de andar poniendo en boca de sus personajes comentarios evidentes, ni hacer un cine de denuncia explícita. Todo permanece en el subtexto y en la forma. Dicen mucho más sobre el mundo esas largas listas de diminutivos que utiliza esta gente al hablar o esos apodos que usan los hombres para llamar al funcionario de turno. Dicen mucho más sobre el mundo esos planos donde entran y salen personajes y diálogos y todo fluye en un continuo y ridículo sin sentido, o esos sonidos que sobresalen (un pelotazo contra un alambrado, un cuchillo que se afila) y llevan a otro lado indefectiblemente. El trabajo con el sonido es fabuloso en Martel, si en La ciénaga funcionaba para marcar la abulia (las sillas que eran arrastradas), aquí sirve para registrar las bifurcaciones de la mente y el exceso de percepción de la protagonista.

Y así como Vero ve, traduce y desdibuja para reconstruir una realidad cómoda para sí, el espectador se ve interpelado continuamente por la película, que lo obliga también a ver, traducir y desdibujar para reconstruir una película que le es difusa, esquiva y ofrece múltiples lecturas. Martel elude los géneros o los resume a todos en su film (lógico es un drama, pero hay comedia, hay suspenso, hay fantástico, hay terror y hay terror psicológico), lo que complica aún más la comodidad del espectador. Aquí quien mira tiene que obligarse a armar el rompecabezas. Y sin dudas que La mujer sin cabeza necesita de varios visionados para poder ser asida completamente debido a que la directora, en una decisión asombrosa de puesta en escena, aprovecha el ancho de pantalla para traficar información y no de manera paisajística. Por lo tanto en un mismo plano hay varios focos de atención, que pueden ser Vero o algún integrante de su parentela. Según lo que uno mire, la situación se resignifica.

Prodigio de puesta en escena, Martel filma multiplicidad de personajes en el interior de casas que así como refugian, agobian; una pared es un split screen que muestra dos ambientes diferentes; en sus largos planos secuencia, mueve la cámara imperceptiblemente y pasa de la comedia al misterio en una milésima de segundo; las capas de sonido aumentan la percepción de Vero, que responde extrañada ante cada estímulo que la rodea. Lo maravilloso, en todo caso, es que uno sabe que Martel pensó cada instante y su cine está sumamente controlado, pero la autora se guarda el as bajo la manga y tiene que ver con el sentido. Y allí, tal vez, el secreto de La mujer sin cabeza: la directora sabe que la construcción no puede ser arbitraria, pero sí pueden serlo sus significados y sus derivaciones. Así como la vida de esta gente que retrata en sus películas, que de tan controladas, un pequeño evento las descoloca y les hace replantearse todo su mínimo significado. Estará en los personajes encontrar ese destino y en los espectadores culminar lo que Martel puso en imágenes.

Claro que el “no pasó nada” también es atribuible al espectador que no comprende -ni esfuerzo que hace (ahí está el pecado, no en el no ‘saber apreciar’)- un cine que no le entrega todo digerido y al que la falta de giros argumentales, en el sentido tradicional, lo llevan a reiterar el latiguillo de que en estas películas “no pasa nada”. Habría que ver qué lazos unen a ese espectador con la sociedad que refleja La mujer sin cabeza. Pero temo ser excesivamente misántropo. En todo caso quedarme con Vero y la cierta tranquilidad a la que llega al final. Tranquilidad del personaje, que no de la película. Tranquilidad cínica, de llantos reprimidos, de angustias enterradas. Tranquilidad construida sobre la negación. En el momento más terrorífico, la convaleciente tía Lala (María Vaner en su última actuación) le dirá a Vero que andan por allí espantos. Y en ese mismo instante de debajo de la cama sale un “espanto”, un chico con apariencia pobre, un fantasma, que mira a los ojos y se retira. Pero Lala, sabia matrona de clase mediocre, dirá que si uno no los mira a los ojos, se van. Y así ocurre. Como siempre, no pasó nada.

9 puntos

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