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Los Superagentes, la nueva generación

Como cualquier espectador normal llego y me siento en mi butaca, tengo que admitir que un poco lejos del resto del público para evitar los gritos que –inevitablemente- iba a escuchar durante la película. Es una de esas “películas familiares”, y es habitual que algún comentario en voz excesivamente alta o la gente circulando constantemente me haga perder alguna parte del film. No pretendo que el público este sentado disciplinadamente durante toda la película pero si que, al menos, no haga cosas que son innecesarias, como si se tratara de un salón comercial o el living de su casa. Sé que tipo de producto es, a quien apunta, como apunta a ese público y las pretensiones con las que va cada espectador. Hay varios chicos de entre 7 y 12 años acompañados de sus familias y algunos treintañeros nostálgicos que fueron en grupo. En las butacas traseras un grupo de chicos grita a las propagandas, pelean entre si y joden esperando que la película empiece.

Mientras tanto, y dado que no quería jugar nuevamente al precario pero entretenido juego que viene incorporado al celular (una especie de pelota con la que hay que bajar antes de que la pantalla la aplaste), reflexiono y recuerdo algunos años atrás, cuando aún no me había recibido de periodista, y lleve un material a un profesor para polemizar sobre el contenido de una crítica. Me había sentido “molesto”, no porque me sintiera atacado desde la reseña (es más, coincidía plenamente), pero me parecía demasiado categórica y presentía que existía en su redacción algo que pretendía “herir” a aquellos a los que, quizá, les había gustado la película. Me resultaba imposible no pensar lo contrario cuando empezaba “Es difícil evaluar o analizar una película como esta. En algún lado es muy fácil, es una porquería y listo(…)”[1]. Como dije, estaba de acuerdo con el contenido, pero esa introducción, esas primeras líneas, me dejaban una mala impresión: ¿Estaba bien que como comentaristas o críticos de cine tomemos tanta distancia con una porción del público?, ¿no había una forma de evitar ser categórico y hacer una crítica negativa de otra manera? (debo aclarar que en esa misma crítica el autor señala con inteligencia las falencias del film, y se permite una observación completamente justificada sobre la plata destinada al mismo para su realización). O sea, admiraba (y admiro) a Gustavo Noriega y su pasión por el cine pero me molestaban líneas como esas, ya que me parecían ofensivas.

En todo caso, pasó un tiempo y ya habiéndome asentado en esto, quizá sin tantos años, pero con un conocimiento “adecuado” (espero no equivocarme) en lo que compete a crítica cinematográfica, puedo decir que uno se encuentra frente a la encrucijada que implica evitar parecerse a lo que uno criticaba. De hecho, si van al archivo probablemente encuentren alguna crítica donde empleo términos categóricos y ni siquiera me lo he cuestionado de la misma manera en que lo hago ahora. Quizá el hecho de que se trate un “blanco fácil” –y argentino- me lo recordó y me hace, de alguna manera, rememorar lo que había planteado en ese entonces. Y ahora entiendo mejor a Noriega aunque quizá siga disintiendo con esa forma de escribir: más allá de cómo uno lleve el texto hay condiciones objetivas dentro de un film que no pueden pasarse por alto, y ser categórico o contundente es una forma de decirlo. Sobre todo cuando parece estar hecho adrede, sin el más mínimo amor por este arte.

Vuelvo a la película, la sala esta llena de una audiencia familiar, se pasan los minutos y no entiendo que carajo tiene de familiar. Los chicos de atrás gritan porque no se “garchan” a Sabrina Rojas cada vez que esta aparece en pantalla. Gritan “trava” cada vez que aparece Florencia de la V en un plano. No soy reaccionario, me fascina ver que el mensaje familiar de la película apunta al sexo y la discriminación. No censuro a esos chicos: son la evidencia de una fisura en la lógica que se pretende “familiar” de la película. Aparte, no me interesa censurar, ya que estaría ingresando en el ambiguo terreno del moralista: acaso una de las denominaciones más anacrónicas, sin negar la connotación de la palabra moral. La diferencia está en que no hay nadie que pueda remarcar con certezas la “moral”. En este momento el moralismo está presente en programas de chimentos y realitys que ejemplifican, casi pedagógicamente, quienes son los “vagos” y quienes las “turras”. Es decir: todos los modelos de vida que atentan contra las “buenas costumbres”.

En fin, esta es la breve crítica de Los Superagentes, la nueva generación, película que me ha tocado cubrir esta semana y que, como se imaginarán, es mala. Mis disculpas si daño la susceptibilidad de alguien.

[1] “El Amante”, Patoruzito 2, La gran aventura, Gustavo Noriega. Número 170, julio 2006, pp. 14.



Una peli de culto

Por Cristian A. Mangini

Esta entrega del director Daniel de Felippo (el proyecto de Plumiferos parece más interesante) en base a la interminable saga de Los superagentes tiene un par de chistes buenos y algunas líneas graciosas. Ya está, ya se mencionó lo bueno.

Los superagentes, la nueva generación, es una suma de errores sumamente visibles, inútilmente ocultos por una trama precaria en un guión que se somete a todo tipo de arbitrariedades posibles: condensaciones ridículas, elipsis que no redondean nada – se pretende que eso hagan en el contexto de la película, no es un recurso que se deba someter solamente a esta lectura- y composiciones de personajes completamente nulas. No solo hay “buenos” y “malos” (bancamos esto, ya estaba en las anteriores), sino que también personajes tipificados hasta la ridiculez. El problema es que no es una ridiculez consciente de su ridiculez, es decir, celebratoria, ya que la película pretende ser algo más y mete un poquito de crítica social patriotera junto a autos que tiran boleadoras (¿??!).

La edición es un desastre, particularmente en las persecuciones, el sonido tiene problemas y la banda sonora es un desastre ochentoso, en el peor de los sentidos (entiéndase el abuso de sintetizadores sin ninguna búsqueda junto a melodías sencillas). Además, las actuaciones son aberrantes, ninguno de los personajes logra generar empatía y en algunos casos la sobreactuación es tan evidente que raya el absurdo. No hay ni un plano donde haya una búsqueda pictórica y todo está en el centro del encuadre, como si se tratara de una propaganda o una serie televisiva. Dicho sea de paso, no faltan propagandas. El final es ridículo y el departamento de efectos especiales desperdicia explosiones en momentos ridículos, salvo en la persecución final.

La película pretende tener giros ingeniosos pero es aburrida y, a pesar de ser una película de 90 minutos se torna larga e innecesaria. Aparecen Víctor Bo y Ricardo Bauleo en mucho más que un cameo, pero eso es anecdótico e innecesario. Igual, son los mejores actores de la película. En fin.

2 puntos

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