Título original: The Odyssey // Origen: Inglaterra – EE.UU. // Dirección: Christopher Nolan // Guión: Christopher Nolan, basado en el texto de Homero // Intérpretes: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, Elliot Page, Samantha Morton, Jon Bernthal, Himesh Patel, Mia Goth, Josh Stewart, Benny Safdie, Logan Marshall-Green, Ryan Hurst, John Leguizamo // Fotografía: Hoyte van Hoytema // Montaje: Jennifer Lame // Música: Ludwig Göransson // Duración: 172 minutos // Año: 2026 //
6 puntos
NOLAN CUMPLE (CON LO JUSTO), MATT DAMON DIGNIFICA
Por Mex Faliero
El cine de Christopher Nolan es, como todo cine atribuible a un autor (y hay rasgos autorales muy determinados en su cine, como el que habla de las consecuencias de los propios actos), uno atravesado por una serie de consignas formales y temáticas, pero además por una serie de marcas identitarias que están presentes más allá de las historias que cuenta. La aproximación del director al texto de Homero tiene la cadencia solemne de su cine, algunos aciertos visuales más propios del diseño que de la inventiva cinematográfica y la grandilocuencia de ese megalómano introspectivo que ya hemos visto en films como Oppenheimer, El origen o Interestelar. No deja de ser curioso que Nolan suscriba de manera militante a esa idea ontológica del cine para la sala, que defienden otros como Martin Scorsese, Steven Spielberg o James Cameron, pero lejos de la emoción expansivas del cine de estos, lo suyo es habitualmente una emoción seca que se impone desde una vertiente más cerebral que pasional. Es como el gesto del que defiende una bandera sin entender muy bien por qué la defiende. Así las cosas, en La odisea está todo esto presente, pero sin embargo hay una pieza que de manera consciente o inconsciente retuerce la propia esencia del cine del director: ese elemento es el propio Matt Damon, quien con su sola presencia impone una nobleza y un contenido clasicismo que resulta impropio del tipo de relato que Nolan construye.
Si el director se ha valido en el pasado de intérpretes como Christian Bale, Robert Pattinson, Al Pacino, Leonardo DiCaprio, Matthew McConaughey o Cillian Murphy para protagonizar sus películas, todos ellos bastante intensos, la sola presencia de Damon es una declaración de principios respecto de cómo piensa Nolan su adaptación de La odisea. Y hay en el actor un compromiso que es emocional en los pasajes donde el monólogo interior lo lleva a preguntarse diversas cosas a otro compromiso de tipo físico, cuando la historia le exige una rudeza sacrificial en el último acto. Lo que hace Damon, en todo caso, es lo de siempre: hacer lo que el personaje requiere y lo que cada escena demanda, sin sobresalir ni imponerse al relato. Y eso es clave aquí, primero para no chocar con la propia grandilocuencia del director, pero segundo y muy especialmente, para permitir ese recorte que la película elige hacer sobre el personaje, casi poniéndolo en otro plano, tironeado entre lo real y lo que se dice de él; el mito, la leyenda, el hombre.
A partir de la presencia de Damon entonces parecieran acomodarse y orquestarse todos los elementos de la película, que son varios teniendo en cuenta su duración de casi 180 minutos. Y no deja de ser un alivio para una película que vuelve a mostrar las dificultades del director para filmar secuencias de acción, entre su desprecio evidente por el mero entretenimiento y su recurrencia a un montaje fragmentario que en ocasiones no deja que fluya ni la acción ni las actuaciones. Si bien podemos pensar esa fragmentación por la vía del montaje como una suerte de remedo de los relatos orales y la edición que opera mentalmente en el interlocutor, lo cierto es que Nolan toma decisiones por primera vez en su cine que lo exhiben como un narrador en comunión con lo que está contando antes que en una suma de exhibicionismos vacuos para mostrarse siempre por encima de todo. Digamos, es La odisea la película en la que menos se ve el guionista y más el director, el creador de imágenes y el constructor de secuencias que funcionan aún cuando desprecia lo fantástico desde el inicio. “En una época de aparente magia”, dice en un sobreimpreso La odisea antes de lanzarse a la aventura de Odiseo y su regreso al hogar. Hay cíclopes (la mejor secuencia de la película por lejos), brujas, sirenas y monstruos, pero casi no aparecen en cuadro o lo hacen de una manera en la que Nolan los filtra por la vía de un verismo fantástico, por encontrar un término más adecuado (los dioses, de hecho, ni aparecen). Sin embargo, para un tipo controlador de cada aspecto, una secuencia como la de los cerdos, más allá de su redundancia discursiva, funciona porque se ve un aproximación al cine de horror que despeina las habituales superficies contables del director; hay algo en esa escena que se le va del control y se agradece.
Si Nolan hizo una de Batman en la que Batman casi no aparecía, aquí hace una película sobre dioses en las que los dioses están fuera de campo. A Nolan, está claro, le importa el componente humano, no los superhéroes, no los seres mágicos (no olviden que filmó El gran truco, una película preocupada en desmontar la magia antes que jugarla). Y en ese plan exhibe la humanidad de su protagonista no con alegría sino con un carácter de estudio, como si no lograr comprender del todo los actos de heroísmo y sacrificio. Ahí es donde uno podría preguntarse para qué se metió con La odisea si lo fantástico le resbala bastante, aunque la respuesta llega con las conclusiones a las que arriba Odiseo hacia el final y que replican decididamente en el presente, que es donde finalmente Nolan quiere depositar la mirada. Hay que reconocerle a La odisea su diseño de blockbuster extraño y megalómano, y también la capacidad del director para convocar al gran público a una experiencia un tanto particular que se aleja de la digitalia que hoy todo lo devora, aunque también hay que decir que los aciertos son más extra-cinematográficos que cinematográficos y tienen que ver con el celebrable empecinamiento de Nolan por hacer películas en la vieja tradición. La emoción o algo que haga vibrar el interior del espectador todavía falta a la cita y, teniendo en cuenta lo avanzada de la carrera del director y el éxito constante con películas que son más gesto que acción, es difícil prever que esto suceda alguna vez.
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