TRADUCCIONES E INTERPRETACIONES
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La trayectoria del personaje de Jack Ryan en el cine es, de mínima, un tanto curiosa. Si bien todas sus películas -excepto quizás Código Sombra: Jack Ryan, que fue un ligero fracaso- fueron bastante exitosos, nunca llegó a tener una gran envergadura cinematográfica, quedando relegado por otros espías más relevantes, como James Bond, Jason Bourne y hasta Ethan Hunt. Quizás sea porque el mismo Ryan se ve siempre como un “analista” y, por lo tanto, observador de realidades ambiguas en las que no hay tanto lugar para la fantasía disparatada o la fisicidad desatada, sino para la lectura geopolítica conectada con la coyuntura específica del momento.
El film que mejor comprendió que lo atractivo del personaje creado por el escritor Tom Clancy no era tanto su personalidad como los mundos que descubrió y habitaba fue el primero en el que apareció. De hecho, La caza al Octubre Rojo no es “una de Jack Ryan”, sino “una con Sean Connery” y “una de submarinos”, en cada caso un subgénero en sí mismo que se fusionaban perfectamente bajo la dirección de John McTiernan, experto en pensar y repensar géneros y estrellas. En el relato, Ryan (interpretado por única vez por Alec Baldwin, antes de que Harrison Ford le imprimiera la encarnación definitiva) es protagonista y a la vez personaje de reparto, porque el verdadero centro de gravedad de la trama es otro. Estamos hablando de Marko Ramius (Connery, por supuesto), el mejor capitán de la Armada soviética que, en 1984, con la Guerra Fría en uno de sus puntos de ebullición máximos, desobedece las órdenes de sus superiores y, al mando del submarino más avanzado de su país, parte hacia territorio estadounidense con objetivos desconocidos. Obviamente, se dispararán las alarmas en ambos bandos y el rol de Ryan será dilucidar qué hay detrás de las decisiones de Ramius antes de que ocurra una tragedia y se desate una guerra bien caliente.
Decíamos que Ramius era el verdadero eje de la película, pero lo es desde el enigma y las elucubraciones constantes sobre sus propósitos, que a la vez simbolizan tanto las diferencias como los posibles puntos de contacto entre esas potencias que eran Estados Unidos y la Unión Soviética. Esas barreras y conexiones eran reflejadas con una sabiduría notable en la primera secuencia, donde un monólogo en ruso mutaba al inglés mediante un sutil zoom. Ya desde ahí, La caza al Octubre Rojo dejaba en claro su problemática central, que era la traducción, no solo de los idiomas, sino de las acciones y sus motivaciones, que constituían un lenguaje en sí mismo. Por eso Ryan es un “analista” que se pregunta sobre las acciones de Ramius del mismo modo que lo hace el espectador, dándole a la narración un carácter cercano a lo metalingüístico. Durante buena parte del metraje, está fuera del submarino que comanda Ramius, pero también por fuera del relato, especulando sobre si ese misterioso oficial, que es el innegable motor del conflicto, es un héroe o un villano.
La figura de Connery, con su carisma imparable en ese momento -más aún porque un par de años se había llevado el Oscar por Los intocables-, calzaba perfecto con la ambigüedad y las convicciones de Ramius, y al mismo tiempo era el bastión principal de un elenco repleto de nombres importantes que convivían con llamativa armonía en un puñado de espacios opresivos. McTiernan manejaba un reparto que también incluía a Scott Glenn, Sam Neill, James Earl Jones, Tim Curry, Stellan Skarsgård y Courtney B. Vance, entre otros, con una puesta en escena de enorme precisión, indagando en los códigos explícitos e implícitos de convivencia masculina sin entrar jamás en remarcaciones, construyendo la tensión con paciencia y un conocimiento casi instintivo de las capas genéricas en las que se movía. Es más, ya se podía notar en algunas secuencias o planos esa autoconsciencia sobre estéticas y expectativas que luego explotaría en El último gran héroe. Y si su interrogación sobre en qué lugar estaban el heroísmo y la villanía tenía un componente claramente narrativo, también había un componente indudablemente geopolítico. La Guerra Fría se terminaba y había un ganador claro, pero los bandos podían encontrar puntos en común desde el profesionalismo y las posiciones éticas.
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