¡QUÉ ME IMPORTA!
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Con la muerte de Adolfo Aristarain, se fue probablemente no solo uno de los mejores realizadores argentinos de los últimos cincuenta años -quizás el mejor-, sino también la figura más parecida a Clint Eastwood que tenía el cine nacional. No solo por su clara identificación con el cine de género clásico, con especial énfasis en el policial y el western. También por su despreocupación total por lo que podían indicar los manuales de corrección política. Un cineasta que siempre fue fiel a sus principios éticos y morales, que aplicó en todo momento a su estética y a sus narraciones, en una filmografía que, aún con sus desniveles, tuvo como constante dominante una honestidad a prueba de balas.
A menudo, cuando se analiza la carrera de Aristarain, se destaca su notable trilogía policial (con Tiempo de revancha como probable cima) y ese gran western disfrazado de drama familiar que es Un lugar en el mundo. Y no está mal, pero un film suyo que es menudo injustamente olvidado -en parte quizás porque fue un fracaso comercial en el momento de estreno- es La ley de la frontera, que es posiblemente su obra más vital y divertida, además de un gran resumen de su amor por los relatos de aventuras. A la vez, estábamos ante una muestra cabal de cómo Aristarain podía adaptarse al territorio a menudo resbaladizo de las coproducciones, con un esquema de financiamiento argentino-español, un elenco en igual sintonía y una historia que transcurría en los límites entre Portugal y España. Es más, hasta podía sacarle provecho a partir de una narración que todo el tiempo trabajaba con la ambigüedad y las líneas difusas que podían separar (o no) a los personajes y sus conductas.
Había algo paradojal en La ley de la frontera, que era el hecho de que, por más que presentara protagonistas difíciles de encasillar a partir de sus vaivenes éticos, morales y emocionales, también sabía ser simple y directa. De hecho, por más que se tomaba casi cuarenta y cinco minutos para hacerlo, la forma en que hacía confluir al portugués João (Pere Ponce), de familia rica y destinado a ser sacerdote; al gallego Xan (Achero Mañas), de orígenes humildes y explotado en una mina; y a Barbara (Aitana Sánchez-Gijón), fotógrafa del New York Times, era una mini-aventura en sí misma. Un trío de individuos que, cada uno a su modo, intentan eludir mandatos explícitos e implícitos, y que encuentran en la búsqueda y seguimiento de ese bandido llamado “El Argentino” a una figura que expresa sus deseos de rebelión y ruptura de los esquemas, la promesa de un mundo donde todas las reglas pueden retorcerse.
Precisamente la aparición del Argentino representará una potenciación de la ambigüedad y a la vez de la simpleza tanto en lo que pasa como en la forma en que se lo cuenta. Porque el personaje interpretado estupendamente por Federico Luppi es un tipo que no es que quiera cambiar el mundo, sino que simplemente hace la suya con su banda, moviéndose libremente en un territorio donde nunca está del todo claro si estamos en Portugal o en Galicia. El Argentino es un profesional y a la vez un convencido de que ese profesionalismo lo define como persona, a tal punto que su rebeldía es -a diferencia del trío protagónico- la justa y la necesaria, un estar fuera de la norma porque es lo que sabe hacer y no mucho más que eso. No hay idealismo en La ley de la frontera -a diferencia de la demagoga Caballos salvajes, estrenada el mismo año y que fue todo un éxito-, sino una sana postura lúdica, que hasta permitía un sutil y a la vez evidente juego con la sexualidad en sus diversas formas. El “¡Qué me importa!” que suelta el Argentino luego de ser besado por Barbara (que está disfrazada de hombre y se hace llamar John) es muy representativo de esto, una gran puesta en crisis de la masculinidad que emanaba Luppi.
La indiferencia con la que fue recibida La ley de la frontera explique en parte la etapa final de la carrera de Aristarain. Tanto Martín (H) como Lugares comunes y Roma son películas no solo mucho más íntimas y hasta autobiográficas, sino también mucho más amargas e incluso terminales. O tal vez es que Aristarain se permitió, al igual que los protagonistas de La ley de la frontera -que luego deben adecuarse a un universo dominado por los mandatos y responsabilidades-, un pequeño momento de diversión descontracturada antes de entrar en la adultez definitiva.
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