ANARQUISMO NEW AGE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Murió Héctor Alterio, uno de los actores más importantes de los últimos cincuenta o sesenta años no solo del cine argentino, sino incluso iberoamericano, si tomamos en cuenta que buena parte de su trayectoria se desarrolló en España y que las estructuras de coproducción de muchas películas hacen que sea difícil distinguir si son españolas o argentinas. Que la figura de Alterio haya sido tan relevante no sé si es tan bueno, porque su intensidad solía apropiarse en exceso de lo que sucedía en la pantalla, hasta montar un show personal algo contraproducente, donde importaban más los gestos ampulosos que lo que se estaba contando. Pero ese estilo subrayado, que era más propio de los dramas teatrales que del cine, siempre tuvo prestigio entre el público y la crítica, por lo que la tentación de los realizadores y guionistas de dejar todo servido para la impostación se volvía casi irresistible.
Lo de Caballos salvajes es el ejemplo perfecto de todo lo dicho previamente, a tal punto que la actuación de Alterio -más que su personaje- adquirió una iconicidad prácticamente indestructible. De hecho, el film de Marcelo Piñeyro -que metió su segundo exitazo al hilo, luego de Tango feroz (1993)- representó la consagración de Alterio dentro de una franja generacional de espectadores bastante joven, dentro de los veintipico. Al fin y al cabo, Piñeyro sería, en esos años, quizás el único director argentino multitarget -el cine nacional no tendría sucesos parecidos desde un cine con perfil “autoral” -, pero lo curioso es que lo lograría con armas bastante similares a lo que se venía viendo previamente. Es decir, tanto Tango feroz como Caballos salvajes eran films gritones, declamatorios, donde todo se explicaba y en los que importaba más el mensaje que lo que se estaba narrando. Había, sí, algo más de vuelo en la puesta en escena, pero lo de Piñeyro no pasaba de cierta corrección artesanal mínima, que ya estaba lista para envejecer apenas las imágenes pasaban frente a nuestros ojos.
Pero donde Piñeyro hizo la diferencia fue en cierto olfato que le permitió, al menos durante parte de los noventa, captar un clima de época y ocupar un lugar con mucho potencial en la taquilla. El capitalismo estaba en pleno auge, a tal punto que se ponía un poco salvaje, en especial en lugares como la Argentina, donde el menemismo y la Convertibilidad se erguían triunfantes, con toda su parafernalia de individualismo y ostentación a cuestas. Había una necesidad de un discurso contestatario, pero uno que pusiera las culpas en “el sistema” como un ente tan opresivo como difuso -o a lo sumo representado por seres que eran puro esquematismo-, y no tanto en las personas que participaban, lo aceptaban y/o naturalizaban. Y de héroes casi impolutos, idealistas, desprendidos y que nos enseñaran que era “posible” cambiar el tejido con apenas un par de gestos de arrojo.
El José interpretado por Alterio era un representante ideal de esa tipología de héroe entre simpático, didáctico y melancólico. Un “loco lindo”, que convenientemente era anarquista -ya nadie sabía qué demonios era eso y su historial- y que se mandaba a un robo cuasi suicida, encontrándose con Pedro (Leonardo Sbaraglia), un pibe bien que lo ayudaba por…razones. Ambos se terminaban llevando una gran cantidad de plata negra guardada en el cajón de una oficina -algo que sonaba muy inverosímil, hasta que la clase política argentina nos demostró unos años después que hay gente poderosa que también es muy boluda- y emprendían un viaje aún más inverosímil, al que se unía una joven re copada y contestataria (insoportable Cecilia Dopazo) y en el que se cruzaban con un montón de personas sorprendentemente solidarias. Piñeyro nos decía que esa Argentina ideal e idealista estaba ahí nomás, en la ruta, alejada de las ciudades, en un Interior profundo -pero tampoco tan profundo-, repleto de gente que solo necesitaba una señal mínima para rebelarse, aunque sea momentáneamente, frente a un poder casi abstracto e integrado por personajes estereotipadamente siniestros, además de bastante torpes.
Con todos esos elementos a disposición, Alterio hacía lo que correspondía: montar un show, cuyo clímax era ese “la puta que vale la pena estar vivo” y que escondía convenientemente lo irresponsable de algunas de sus conductas. En eso, no dejaba de ser llamativa la breve aparición de Federico Luppi, que lo primero que decía era un sonoro “la puta que te parió” dirigido a Alterio, para luego seguir cagándolo a pedos por todas las macanas que se venía mandando en su periplo anarquista new age. Era como si Caballos salvajes dialogara, un poco involuntariamente, consigo misma, y se preguntara, durante unos breves instantes, si lo que estaba contando no era una tontería para adolescentes tardíos. Pero luego todo seguiría en la tónica acostumbrada, porque José estaba para darnos lecciones a los espectadores y al mundo entero, y Alterio para marcarles el camino a dos actores como Sbaraglia y Dopazo que representaban un recambio generacional y a la vez una continuidad. La carrera de Alterio tuvo, antes y después, mayores matices y sutilezas -desde La tregua (1975) y Cría cuervos (1976) hasta Cenizas del paraíso (1997) y El hijo de la novia (2001)-, pero el que quizás fue su rol más emblemático fue también uno de los más superficiales.
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