EL HOMBRE DE ROSTRO IMPERTURBABLE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay muchas frases que inflan la legendaria rudeza de Chuck Norris. El día de su fallecimiento, Stephen King posteó una de ellas: “Chuck no tira de la cadena, asusta a la mierda para que se vaya”. Es apenas una muestra de lo que podía generar la presencia de un actor que construyó su carrera no solo desde su extenso conocimiento y habilidad con las artes marciales (tenía como media docena de cinturones negros en diferentes disciplinas, como karate, judo y taekwondo), sino también desde un físico granítico y un rostro casi imperturbable, pero ciertamente intimidante. Y que también, ya desde los setenta, abrió el camino para figuras que luego lo superaron en fama, como Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger y Jean Claude Van-Damme. Por algo todos ellos le rindieron un respetuoso tributo a través de sus redes sociales.
El fuerte de la filmografía de Norris estuvo en los ochenta (en los noventa se destacó por su protagónico de la serie Walker Texas Ranger), siempre como representante de una segunda línea del cine de acción más independiente y de bajo presupuesto, pero aún así capaz de lograr éxitos importantes. Especialmente el período que fue de 1984 a 1990, en el que estuvo bajo contrato con el sello Cannon Films, que produjo sus franquicias más conocidas: Desaparecido en acción y Fuerza Delta. Código de silencio fue la excepción a la regla: detrás de ella estuvo Orion Pictures, un estudio más que importante en esos tiempos, que estuvo detrás de, por ejemplo, Amadeus y Terminator. De hecho, el guión había sido pensado originalmente para la que iba a ser la cuarta entrega de Harry el Sucio (terminó siendo Impacto fulminante, estrenada en 1983), luego se evaluó a Kris Kristofferson como posible protagonista y finalmente se eligió a Norris. Y en la dirección estuvo Andrew Davis, quien más tarde dirigiría hitos del género como Alerta máxima y El fugitivo.
Cuando se tiene en cuenta lo dicho previamente, cierra más que, a diferencia de otras películas más emblemáticas con Norris, Código de silencio se construya, durante buena parte de su metraje, más como un policial de los setenta que como un film de acción de los ochenta, con las artes marciales ocupando un lugar secundario. Eso no quita que el film apele a un ritmo dinámico y directo, sin vueltas, que queda establecido desde el mismo arranque, en el medio de un operativo antidrogas con un informante encubierto que es supervisado por el Sargento Eddie Cusack (Norris) que sale muy mal. No solo aparece una pandilla rival para liquidar a todos los involucrados (informante incluido), sino que también, en el medio de las persecuciones y balaceras, uno de los policías balea por error a un joven y encubre su accionar plantándole un arma. A partir de ahí, el relato se irá configurando con Cusack metido en el medio de una guerra entre bandas criminales que amenaza con ser un reguero de sangre y con sus colegas rehusándole toda ayuda porque no está dispuesto a encubrir a uno de los suyos.
Si Código de silencio sabe aprovechar con pericia el espacio urbano de una Chicago sucia, oscura y en ruinas, un terreno fértil para el crimen, también entiende que Norris no necesita de mucha expresividad para llevar adelante un personaje que es un héroe solitario un poco a su pesar, pero también por elección y comodidad. En eso es un continuador de la filosofía del Harry Calahan de Clint Eastwood y al mismo tiempo un antecedente de esos héroes a los que les gusta siempre estar al margen para volar todo por los aires, como los interpretados por Schwarzenegger, Stallone, Bruce Willis, Steven Seagal y siguen las firmas. Y es por esto mismo que, en su tramo final, la película se permite adentrarse en el disparate, con una secuencia repleta de tiros y explosiones en la que el compañero de aventuras de Cusack es una especie de robot policíaco que porta armas de todo calibre. Código de silencio es un policial directo y conciso en su ejecución, pero también, en el momento indicado, un film de acción expansivo y espectacular, que encuentra en la cara de piedra de Norris al vehículo indicado para una violencia sin culpa.
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