GENTE SOLA
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Murió Luis Brandoni, una de las figuras que definió un estilo actoral argentino en las últimas tres décadas del Siglo XX, y que incluso extendió su influencia hasta nuestro presente. Y no solo en el cine, sino también (y con mayor intensidad) en el teatro y la televisión. Debo decir que esta influencia no me pareció particularmente positiva: en la mayoría de las actuaciones de Brandoni me daba la impresión de que estuviera forzando la nota, como si estuviera en un perpetuo campeonato interpretativo. Lo cual no quita que era capaz de exhibir unas cuantas virtudes en la composición de sus roles y agregarles valor a sus personajes.
Ahí tenemos, por ejemplo, su performance en La tregua, la primera película argentina en ser nominada al Oscar y uno de sus primeros éxitos cinematográficos. Allí tenía un papel de reparto, aunque más que relevante, por más que el protagónico, claramente, le correspondía a Héctor Alterio. El film de Sergio Renán, basado en la novela de Mario Benedetti, era uno esencialmente sobre la insatisfacción: la de Martín (Alterio), un viudo sometido por la rutina de un trabajo administrativo gris y aburrido, además de la convivencia con sus hijos, Esteban (Brandoni), Jaime (Oscar Martínez) y Blanca (Marilina Ross), y cuyo único horizonte es su pronta jubilación. El relato profundiza durante casi toda su primera mitad en los rituales repetidos y repetitivos de Martín, además de la sucesión de espacios grises que transita: no solo el hogar que habita, en donde hay tanto afecto como incomunicación; y en la oficina, donde se la pasan haciendo informes contables que, como se dice en varios pasajes, nadie va a leer; sino también una ciudad que no parece ofrecer más que ruido y vacío. Hasta que esa monotonía se quiebra cuando Martín inicia una relación con Laura (Ana María Picchio), una compañera del trabajo mucho más joven que él, que arranca como una amistad tranquila y mutuamente respetuosa, pero que deriva rápidamente en un romance que introduce una nueva vitalidad en su vida. Aunque ese respiro será momentáneo y la tragedia, casi absurda, aguarda a la pareja.
En La tregua se pueden apreciar buena parte de las tensiones que han atravesado al cine nacional durante los setenta y que incluso se acentuarían durante los ochenta, hasta que la irrupción del Nuevo Cine Argentino introdujo una disrupción durante los noventa. Si hay unos cuantos momentos donde la puesta en escena de Renán es capaz de decir muchas cosas desde los silencios, la repetición de acciones rutinarias o los códigos comunicacionales entre algunos personajes, en otros cae en remarcaciones o subrayados innecesarios. Principalmente desde la banda sonora, muy preocupada por resaltar estados de ánimo o la importancia de ciertas líneas de diálogo. Esos vaivenes se daban incluso dentro de una misma escena, como una cena familiar donde el personaje de Brandoni tira una frase cortante que por sí sola dice mucho sobre su carácter y mirada, pero ahí está la música de fondo para orientarnos sobre qué es lo que hay que entender. Algo parecido se puede decir respecto a algunas actuaciones pasadas de rosca, como las de Luis Politti o Antonio Gasalla.
Pero La tregua gana en profundidad cuando confía en la densidad del conflicto que aqueja a Martín y que encuentra eco en quienes lo rodean, y en la honestidad corporal de parte del elenco. En especial de Alterio y Picchio -ambos logrando algunos de los mejores momentos de sus carreras-, aunque también se puede sumar a Brandoni, que encarna a alguien que, como él mismo admite, es una versión más joven de su padre. Todavía joven y sin la necesidad de ser un prócer en la pantalla, Brandoni se ponía al servicio de la narración y establecía una química paterno-filial con Alterio particularmente potente. Quizás por eso Renán les regalaba el último plano que, aunque lejos de ser perfecto, alcanzaba para transmitir la tristeza y soledad que aquejaba a ambos personajes.
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