LA CORRIENTE DOMINANTE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Si se piensa la trayectoria de Luis Puenzo, hay algo particular que salta a la vista casi inmediatamente, que es el hecho de que gran parte de su legado se reduce a una sola película. Proveniente de la publicidad, antes de La historia oficial solo había hecho un film sin mucha trascendencia como Luces de mis zapatos (1973) y un segmento de la película colectiva Las sorpresas (1975). Después de llevarse el Oscar a la mejor película extranjera, se adentró en un par de producciones internacionales y de alto presupuesto, Gringo Viejo (1989) y La peste (1992), que sin embargo fracasaron rotundamente y fueron rápidamente olvidadas. Lo mismo cuenta para su último film, La puta y la ballena (2004), por lo que quedaron un puñado de trabajos televisivos y su rol como productor en XXY (2007), de su hija Lucía, e Infancia clandestina (2011), de Benjamín Ávila, entre otras. Y mejor no extenderse mucho sobre su fallida gestión al frente del INCAA, que estuvo condicionada por la pandemia del COVID-19, pero también por cierta impericia para aprovechar el masivo apoyo con el que contó inicialmente.
Ver La historia oficial es un ejercicio paradojal: estamos ante una película que quedó anclada en el tiempo, que es tan cine argentino de los ochenta que duele, pero también es la certeza de que ese cine avejentado ha logrado igualmente perpetuarse a lo largo de las décadas, hasta convertirse en la corriente dominante. En el medio han aparecido contracorrientes, como el Nuevo Cine Argentino, pero a la larga, ese cine que le debe demasiado al teatro o la televisión es el que se mantiene en la larga duración. Ahí está un film como Belén, de Dolores Fonzi, como prueba de que hay una estética marcada por las remarcaciones ideológicas antes que por la construcción de personajes que es la que finalmente se impone en la producción nacional. Y, como encima ese modelo suele tener un prestigio inmediato, a tal punto que suele llegar lejos en la carrera anual por el Oscar, se convierte en el camino más fácil y hasta lógico para muchos realizadores.
La historia oficial, aún con algunos hallazgos puntuales, es precisamente una película donde la urgencia por abordar la coyuntura deja de lado la progresión dramática sutil, para en cambio volcarse a la explicación constante de sucesos, puntos de vista o sensaciones. De hecho, es casi inevitable que la maestra secundaria que es Alicia (Norma Aleandro) comience a sospechar que su hija adoptiva haya sido apropiada y que sus padres biológicos son desaparecidos. Ahí tenemos a su amiga Ana (Chunchuna Villafañe) contándole de los tormentos que sufrió en un centro clandestino de detención y cómo vio que les quitaban los bebés a otras mujeres. O a un colega, interpretado por Patricio Contreras, que le informa de la persecución política que sufrió, que se suma a un alumno que le dice, sin vueltas, que los libros de historia emitidos por el gobierno están “escritos por asesinos”. Y si su marido Roberto (Héctor Alterio), un empresario con vínculos con los altos mandos militares, apela al silencio o las omisiones, ahí está su propio hermano (Hugo Arana) y su padre para recordarle que su éxito económico se apoya en la miseria a la que están sometidos los demás. Todo está servido para que Alicia sepa la verdad, a tal punto que eso hace crujir el verosímil del personaje como representante de ese sector de la sociedad que elegía negar o no ver lo que estaba pasando.
Pero la principal debilidad de La historia oficial no es tanto esa sobrecarga de información para impulsar a la protagonista a resolver el misterio de la identidad de su hija como su voluntad por remarcar todo lo que pasa en cada plano. Un ejemplo es esa escena confesional de Ana frente a Alicia, que desde lo actoral está bien manejado por Villafañe y Aleandro, pero que desde la incidencia de la banda sonora queda totalmente subrayada y hasta pierde potencia a pesar de los horrores que explicita. Si el film intenta hablar no solo sobre la violencia sistémica perpetrada por el Estado, sino también sobre esas conductas institucionales se van trasladando progresivamente al ámbito de la intimidad y a los vínculos afectivos, hasta afectar incluso lo identitario, la puesta en escena de Puenzo no llega a otorgarle matices o capas de sentido más allá de lo que se enuncia oralmente. Quizás el gran legado cinematográfico de La historia oficial y su director estén precisamente en haberse constituido como casos de éxito de un cine donde todo está declamado y digerido. Además del timing: fue una película que arribó en el momento justo, pero que también quedó congelada en 1985.
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