Título original: Pizza Movie // Origen: EE.UU. // Dirección: Nick Kocher, Brian McElhaney // Guión: Nick Kocher, Brian McElhaney // Intérpretes: Gaten Matarazzo, Sean Giambrone, Lulu Wilson, Jack Martin, Peyton Elizabeth Lee, Marcus Scribner, Caleb Hearon, Sarah Sherman, Miguel-Andres Garcia, Peter Gerety, Bobby Moynihan, Daniel Radcliffe // Fotografía: Bella Gonzales // Edición: Matt McBrayer // Música: Leo Birenberg, Zach Robinson // Duración: 97 minutos // Año: 2026 // Plataforma: Disney+
8 puntos
EL MEJOR DE LOS VIAJES
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Quizás el asunto fue así: los ejecutivos de Disney+, luego de asignarles presupuestos bestiales a las producciones de Marvel o Star Wars, descubren que les sobran unos millones y que, bueno, hay que gastarlos de alguna manera. Hay uno que aparece con la siguiente sugerencia: “che, hay un par de tipos que quieren filmar una comedia con uno de los pibes de Stranger things como parte del elenco, quizás les podemos tirar unos mangos”. Milagrosamente, la idea fue aceptada y tenemos entonces Noche de pizza, que fue lanzada sin mucha pompa por la plataforma, en buena medida porque va totalmente a contramano de su abanico de propuestas. Si la cadena de decisiones ocurrió de otra forma, quizás haya que revisar qué andan tomando en las oficinas de Disney. Y darles más de lo mismo.
La película de Nick Kocher y Brian McElhaney porta algo del espíritu de Dude, ¿dónde está mi auto?, aquella subvalorada comedia de principios de este milenio, con una premisa inicial absurda que es la excusa para acumular cada vez más absurdo. Tenemos a Jack (Gaten Matarazzo) y Montgomery (Sean Giambrone), dos estudiantes universitarios que son los típicos freaks a los cuales todo el campus ama hacerles bullying. Especialmente al primero, a quien nadie le perdona algo que le hizo al equipo de fútbol americano, que no sabemos qué fue, pero que podemos suponer que fue tan tonto como decisivo. Luego de un día particularmente malo, donde sufren la golpiza ocasión, deciden tomar una pastilla alucinógena que encontraron de casualidad en su habitación. Pronto se darán cuenta que los efectos de esa droga van mucho más allá de lo esperado, a tal punto que tiene siete fases, una más desquiciada que la otra, que solo pueden ser interrumpidas comiendo pizza. Claro que comer esa bendita porción de pizza no será fácil: hay dos pisos entre su dormitorio y el lobby donde los espera el delivery, que serán extremadamente difícil de transitar.
Si todo lo anterior suena muy arbitrario, es porque lo es. El film lo que hace es tomarlo como excusa para iniciar una verdadera experimentación narrativa que va de la mano con los avatares de los protagonistas, a los que se une Lizzy (Lulu Wilson), una ex amiga que también tomó la droga por accidente. Noche de pizza se agarra de esas siete fases inventadas de la nada y acelera a fondo, apilando toda clase de situaciones insólitas y hilarantes, que convierten al relato en un viaje épico…de dos pisos y apenas unas horas. No hay verosímil espacial o temporal, básicamente porque a la película lo que menos le importa es la lógica realista. En cambio, todo lo que vemos aplica otra lógica, mucho más vinculada a lo lisérgico, escatológico, disruptivo y políticamente incorrecto, porque el objetivo primario es encontrar cualquier vía posible para hacer reír al espectador mediante ideas e invenciones cada vez más explosivas y espectaculares.
Noche de pizza no para nunca, pero su dinamismo no le impide exhibir lucidez para construir una historia de amistad sobre tres pibes claramente imperfectos, cuyo gran aprendizaje es redescubrirse un poco a sí mismos y el vínculo que tienen entre ellos. El gran viaje que emprenden no solo es mental -en el sentido de que sus cabezas estallan (literalmente) o van hacia cualquier lado (literalmente)-, sino esencialmente afectivo. Pero el film es inteligente y no se pone a dar lecciones de vida, sino que busca idear imaginarios lúdicos donde las reglas se arman y desarman sobre la marcha. Puro caos creativo, Noche de pizza nos recuerda que el cine es capaz de distinguirse como un arte capaz de romper con toda clase de límites a través del montaje, el punto de vista o la puesta en escena espacio-temporal. Y nos permite esperanzarnos con que la comedia norteamericana, tan alicaída en los últimos años, recupere su vitalidad y su propósito de romper todo.
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