UNA VENGANZA DE CLASE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
A veces no viene mal apreciar las diferencias entre distintas versiones de una misma historia. Si uno contrapone la recientemente estrenada Jugada maestra, de John Patton Ford y protagonizada por Glen Powell, con Los 8 sentenciados, de Robert Hamer, que adaptó primero la novela Israel Rank, de Roy Horniman, el contraste es evidente. No solo por las décadas que las separan (casi siete), sino también por los tonos y ambiciones que manejan. Y también, por qué, por los resultados que consigue cada una.
No es que el film de 1949 sea una maravilla: de hecho, no es mucho más que un correcto ejercicio de suspenso e intriga, al que incluso se le puede reprochar que abusa de la voz over del protagonista para reproducir el texto y la perspectiva del material literario. Pero hay que reconocerle que su origen británico, en contraposición con su remake norteamericana, le juega a favor: hay, por ejemplo, una casi total ausencia de culpa en su protagonista y un sarcasmo mucho más ligero, que le otorgan mucha más solidez a la narración y la puesta en escena. Quizás sea también una cuestión de estatus: si en la película de Ford tenemos a un tipo que busca convertirse en el único heredero de una fortuna familiar, en la de Hamer su objetivo es, antes que nada, quedarse con un título nobiliario, el de duque para ser más precisos. Es decir, lo que busca es algo que, una vez que se obtiene, es eterno e inmaculado, a diferencia del dinero, que va y viene.
Esa búsqueda de un estatus superior, de una eternización social, es la que también habilita el otro objetivo del protagonista, que va en paralelo: la venganza lisa y llana por la expulsión que sufrió su madre -y por decantación, él mismo- del núcleo familiar por no haber tenido un hijo bajo los parámetros dictados por el patriarca. Louis, a quien Dennis Price interpreta de manera impecable, es en esencia una máquina vengativa, un hombre que creció como un exponente más de la clase trabajadora, pero que aprende rápidamente a moverse dentro del entorno de las clases pudientes y nobles, que no necesariamente son lo mismo. Su motor no tiene que ver tanto con la predestinación o la fatalidad -aunque algo de eso hay y de ahí quizás su necesidad de contar su historia cuando está en la cárcel, al borde de ser ejecutado-, sino con el rencor, con el tener la certeza de que puede y debe ocupar un lugar que le fue injustamente vedado.
Decíamos que la culpa era el factor diferenciador con Jugada maestra y donde esto queda más claro es en los roles que juegan los dos intereses románticos del protagonista de Los ocho sentenciados. Ni Edith (Valerie Hobson), su amor más formal y visible a nivel social, como Sibella (Joan Greenwood), su amante (y luego rival/compañera criminal), son espejos que cuestionan su accionar homicida. No están para juzgar, sino para motivar, callar, acompañar o a lo sumo delatar. Y si la frialdad que puede exhibir Louis en su afán por quedarse con el título de duque -aunque haya pasajes en donde se deje llevar por lo pasional, en especial en su relación con Sibella- puede ser problemática para el espectador, ahí están las personas de las cuales debe deshacerse para que todo el asunto nos despierte una sonrisa macabra. Porque Alec Guiness, en ocho papeles distintos, se hace un picnic paródico un tanto excesivo, pero que contribuye a que en gran parte del metraje no evitemos la sensación de estar ante una comedia muy, pero muy negra.
En cierto modo, con sus remarcaciones literarias, podemos ver a Los ocho sentenciados como un sub-Hitchcock, una muestra de cómo el cine británico podía hacer partícipe al espectador de un show tétrico. Uno donde, de principio a fin, acompañamos con algo de deleite morboso a un hombre que convierte a la venganza en un asunto clasista, pero nunca en clave capitalista o marxista, sino más bien feudal y hasta podríamos decir que existencial. Por eso también el fatalismo, cuando asoma, no es religioso o moral, sino simplemente identitario: al fin y al cabo, Louis, para poder completar su venganza y a la vez su identidad, también necesita contarla.
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