UN SER MALDITO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Universal comenzó su universo de monstruos con Drácula (1931), de Todd Browning, que, a pesar de su carácter emblemático -en buena medida por la interpretación de Bela Lugosi, casi instantáneamente icónica-, no dejaba de ser una película despareja y hasta fallida. Sin embargo, ya con Frankenstein, de James Whale, estrenada el mismo año, hubo un salto de calidad considerable, de la mano de un ritmo trepidante y un planteo muy hábil no solo del conflicto central, sino también de los dilemas morales que acarreaba, que encima aprovechaba al máximo la presencia imponente de Boris Karloff y un diseño visual más que interesante. Para cuando llegó, al año siguiente, La momia, ya se percibía un esquema rápidamente consolidado: una narración clara y directa, un villano/protagonista temible y fascinante, y un imaginario estético que luego sería ineludible.
Ya el arranque del film de Karl Freund nos pone inmediatamente en situación: estamos en 1921 y, con apenas un puñado de diálogos, nos enteramos del descubrimiento de la momia de Imhotep, que este fue probablemente enterrado vivo por un acto sacrílego y que en su tumba hay un pergamino que puede devolverle la vida a los muertos. Inmediatamente sigue la resucitación accidental, la locura instantánea del joven que incurre en ese error y la desaparición de lo que hasta ese momento se creía que era un cadáver. Luego, una brusca pero efectiva elipsis, con Imhotep reapareciendo y pretendiendo ser alguien más, buscando reunirse con su amor perdido, una princesa que ha reencarnado en una joven (Zita Johann) que puede llegar a ser tanto víctima como cómplice. A partir de ahí, un duelo de voluntades entre ese ser maldito y todopoderoso a la vez, y grupo de arqueólogos que se enfrentan a lo que creían que era un mito.
En La momia, al igual que Drácula y Frankenstein, es notoria la tensión entre el naciente cine sonoro y el mudo, que está dada especialmente por la teatralidad en algunas actuaciones y la recurrencia de planos fijos. Pero, al mismo tiempo, hay rasgos de una modernidad incipiente, que hasta se permitía incluir la consciencia cabal del espectador al cual se dirigía. Prueba de eso es una secuencia notable, donde una pileta repleta de humo se convierte en una vía para explicar hechos pasados a través de una puesta en escena que funciona como un pequeño cuento donde las imágenes dicen mucho más que las palabras y que parece especialmente pensada para ese público que había crecido con un cine sin sonido. Y hay, asimismo, un trabajo con la dirección de arte más que interesante, que sentó en buena medida las bases para la mirada occidental sobre lo egipcio, un retrato de una otredad que podría caratularse como superficial, pero que tenía la potencia suficiente para constituirse en un verosímil consistente.
A La momia no se la puede ver en la actualidad como una película de terror, aunque es cierto que hay un puñado de primeros planos del rostro de Imhotep que generan una llamativa inquietud, retratándolo como un ser elusivo e intimidante. Quizás porque en el fondo no deja de ser una historia de amor trágico, sobre un hombre dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a la mujer que ama, incluso cuando se interponen la muerte y el transcurso de miles de años. Eso es lo que finalmente define a Imhotep como un ser maldito antes que como un villano clásico, por más que sus conductas puedan ser letales e impiadosas con quienes se le enfrentan. Ahí es donde vuelve a ser clave, al igual que en Frankenstein, la actuación de Karloff, que a esa altura del partido ya se consolidaba como un intérprete capaz de encarnar antagonistas ambiguos y que se expresaban primariamente desde la fisicidad y la gestualidad. Había algo en su mirada sobria y pétrea que era casi abismal, la materialidad justa para un subgénero monstruoso que todavía estaba en construcción.
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