Título original: How to make a killing // Origen: Reino Unido / Francia // Dirección: John Patton Ford // Guión: John Patton Ford, inspirado en el guión de Los ocho sentenciados, de Robert Hamer y John Dighton, basado en la novela Israel Rank, de Roy Horniman // Intérpretes: Glen Powell, Nell Williams, Ed Harris, Margaret Qualley, Grady Wilson, Maggie Toomey, Bill Camp, Zach Woods, Jessica Henwick, Tomas Pais, Topher Grace, Susan Danford // Fotografía: Todd Banhazi // Edición: Harrison Atkins // Música: Emile Mosseri // Duración: 105 minutos // Año: 2026
6 puntos
CARCOMIDA POR LA CULPA
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
A esta altura ya es patente que parte de la carrera de Glen Powell está construida sobre las implicancias del artificio y la mascarada, de la actuación como engaño y viceversa, de cómo la pretensión de fingir ser alguien más lleva a una reconfiguración de la identidad. Ahí tenemos a esa interesante serie que es Chad Powers: mariscal de campo, además de las algo sobrevaloradas Cómplices del engaño y Con todos menos contigo como pruebas de esa orientación casi autoral en su filmografía. Y ahora hay que agregarle Jugada maestra, donde vuelve a construir un personaje escurridizo, casi reptil, que siempre está fingiendo ser alguien más, aunque acá le termine jugando en contra un moralismo algo ramplón.
El film de John Patton Ford se nutre de un par de fuentes explícitas y unas cuantas implícitas, aunque no difíciles de detectar. Por un lado, es una reescritura de Los ocho sentenciados, de Robert Hamer, una película británica de 1949 algo olvidada, que a su vez estaba inspirada en una novela titulada Israel Rank, de Roy Horniman. Por otro, se puede notar en su relato diversas influencias genéricas, que van del cine negro norteamericano a la comedia negra del Reino Unido, pasando por las tragedias familiares, el relato romántico y las narraciones de tinte sociológico. Ya el punto de partida es entre irónico, sombrío y fatalista a la vez, con Becket Redfellow (Powell) en una celda, a horas de su ejecución, contándole su historia a un cura que vino a escuchar su última confesión. Nosotros, espectadores, iremos con él en su recorrido, que empieza cuando siendo pequeño se entera de que es técnicamente uno de los herederos de la fortuna de una poderosa familia a pesar de que su madre fue desterrada por su abuelo, y que continúa cuando, ya adulto, decide dejar atrás una existencia anodina para conseguir esa ansiada herencia, deshaciéndose meticulosamente de todos los demás posibles herederos. Aunque claro, ese camino a la fortuna no estará exento de obstáculos.
Los obstáculos que se interpondrán entre Becket y su objetivo no serán tanto logísticos o legales, como morales y afectivos. Porque Jugada maestra, por más que tenga pasajes marcados por el humor negro y la autoconsciencia -por algo el título original es How to make a killing, una expresión cuya traducción es “cómo hacerse rico rápidamente” y que a la vez carga con una connotación indudablemente homicida-, no deja de ser un cuento moral y hasta incluso moralista. Becket es un tipo indudablemente resentido y con ganas de obtener lo que piensa que realmente merece de acuerdo a sus lazos sanguíneos, y siempre está buscando la empatía de ese cura que representa al espectador, pero al mismo tiempo no deja de ser alguien carcomido por la culpa y los daños colaterales que genera con sus acciones. Y por más que el film presente todo esto con una innegable elegancia en la puesta en escena, no deja de hacerlo de forma entre subrayada y lavada, como si estuviera intentando que el público no se sienta del todo mal por disfrutar del acto de observar y acompañar a un sujeto que comete toda clase de crímenes.
Hay dos personajes femeninos -e intereses románticos de Becket- que son claves para entender las contradicciones en las que entra Jugada maestra y que no termina de resolver del todo, a pesar de la pericia narrativa de su director y guionista. Uno, interpretado por Jessica Henwick, es la pareja formal, alguien con quien establece un vínculo casi accidental y que representa la posibilidad de una vida más uniforme y tranquila, lejos de esa ambición por quedarse con la fortuna familiar. El otro, encarnado por Margaret Qualley, es un amor del pasado infantil que vuelve en la adultez convertida en una especie de femme fatale, aunque de este presente, donde la corrección política es lo que prevalece y el erotismo queda casi anulado. Ambas mujeres interpelan los diversos claroscuros de Becket, pero con una sustancia mínima, porque Jugada maestra nunca se atreve a ir a fondo en las distintas vertientes que abre. Como a su protagonista, la carcome la culpa.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:


1 comentario en «Jugada maestra»
Comentarios cerrados.