Título original: Ídem // Origen: EE.UU. // Dirección: Simon McQuoid // Guión: Jeremy Slater // Intérpretes: Karl Urban, Adeline Rudolph, Martyn Ford, Tati Gabrielle, Jessica McNamee, Mehcad Brooks, Ludi Lin, Josh Lawson, Tadanobu Asano, Chin Han, Damon Herriman, Joe Taslim, Hiroyuki Sanada, Max Huang, Lewis Tan, CJ Bloomfield, Ana Thu Nguyen, Sophia Xu, Desmond Chiam // Fotografía: Stephen F. Windon // Edición: Stuart Levy // Música: Benjamin Wallfisch // Duración: 116 minutos // Año: 2026
5 puntos
HAY QUE CREER MÁS EN EL DISPARATE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
A la primera entrega de Mortal Kombat la condicionaba en buena medida un tono solemne que se imponía a los momentos de comedia, además de la necesidad autoimpuesta de presentar a un nuevo personaje, que no estaba en los videojuegos originales, para desde su punto de vista presentar el universo de mundos y fuerzas enfrentados. Esta segunda parte, en cambio, es más directa -a tal punto que nos hace preguntarnos sobre la utilidad de su predecesora- y se permite asumir un poco más su propio disparate, pero igualmente no tiene la consistencia suficiente en sus tonos como para ser realmente sólida.
Simon McQuoid vuelve a estar a cargo de la dirección y el relato pasa a centrarse principalmente en Johnny Cage (Karl Urban en plan autoconsciente), un ex luchador de artes marciales y actor del cine de acción Clase B al que reclutan diciéndole básicamente “fuiste uno de los elegidos por los dioses, así que hacete cargo”. Y ahí va Johnny, metido un poco a la fuerza en un torneo donde se decide el destino de la Tierra contra las fuerzas de Shao Kahn, encarnación absoluta del mal que luce casi invencible. Si el argumento parece simple, Mortal Kombat II intenta complejizarlo acumulando personajes, intrigas palaciegas, artefactos mágicos que pueden decidir la contienda y viajes interdimensionales, aunque en verdad lo que realmente importa son los combates, en los que el despliegue de violencia es considerable.
La comedia se hace bastante más presente en la película a través de Cage, al que presenta como un tipo algo descreído y bravucón, que establece una buena química tanto con Baraka (CJ Bloomfield), tan brutal como ingenuo, como con Kano (Josh Lawson), que vuelve a desplegar su dosis habitual de narcisismo e ironía. Esa recurrencia al humor es quizás lo mejor de Mortal Kombat II y lo que la pone por encima de la primera parte, no tanto porque su comicidad sea original, sino porque se permite satirizar parte de construcción narrativa y apelar con acierto a referencias de la cultura popular. Sin embargo, por otro lado, al mismo tiempo, el relato quiere mostrarse serio sobre lo que está contando y a cada rato surgen diálogos o monólogos que hablan sobre el destino, el deber y los lazos afectivos que son tan solemnes como superficiales, mientras se acumulan giros dramáticos que son entre arbitrarios y confusos. A tal punto que, por momentos, dan ganas de gritarle a los protagonistas que dejen de recitar parlamentos que parecen escritos por un bot y se pongan a pelear antes de que todo el asunto se ponga muy aburrido.
Aunque quizás el gran defecto, que le impide a Mortal Kombat II ser realmente entretenida, es que las secuencias de peleas solo en algunos casos llegan a ser potentes. Por más que haya una apelación permanente a una violencia explícita, con guiños explícitos a los videojuegos, a la puesta en escena de McQuoid le cuesta encontrar una real fisicidad. Todo en el film tiene una apariencia artificial y si le sumamos una galería de personajes unidimensionales, con varios héroes demasiado serios y antagonistas de cartón corrugado, sus chances de convertirse en un espectáculo atractivo son limitadas. Quizás la tercera entrega (que es claramente anunciada hacia el final) sea la oportunidad para que la franquicia se zambulla con decisión hacia el disparate y la diversión sin culpa, pero, al menos por ahora, su preocupación por sostener una mitología propia es un lastre que no ha podido superar.
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