BARDO Y TRASH
Por Patricio Beltrami
Semanas atrás se estrenó en Argentina la remake de El vengador tóxico, emblemática película Clase B de 1984. En línea con lo expuesto por Guillermo Colantonio en su crítica, la nueva versión, dirigida por Macon Blair y protagonizada por Peter Dinklage, está muy lejos del espíritu de bardo y trash que emanaba su antecesora. Y no se debe necesariamente a la falta de agallas para adaptar el guion de Joe Ritter basado en la obra de Lloyd Kaufman, sino que hasta los subgéneros históricamente más cercanos a la incorrección y la desfachatez al servicio de la diversión han sido contaminados por los males de época.
Todo era muy distinto en esa Tromaville de 1984, transformada en el vertedero de residuos tóxico de New Jersey. En una ciudad donde la política, la policía y los delincuentes operaban en conjunto para recaudar fortunas por la venta de drogas, la juventud estaba perdida en festivales de sexo, drogas y brutal criminalidad. En ese marco, Melvin, un muchacho con problemas mentales que trabajaba como trapeador del gimnasio, se había convertido en el blanco de las burlas de los cancheritos del pueblo: jóvenes, bellos y crueles. Justamente, una broma pesada que acaba con Melvin sumergido en un tanque de residuos contaminantes provoca que esta víctima de la sociedad se transforme en el todopoderoso Vengador tóxico.
A diferencia de la nueva versión, la película de 1984 no necesita regresar constantemente a las imágenes de fábricas y vertederos tóxicos para dar cuenta de una sociedad contaminada cuya podredumbre avanza incesante sobre todos sus integrantes, tanto víctimas como victimarios. En ese sentido, El vengador tóxico nunca se escuda en su condición de marginado o inadaptado para intentar redimirse ante los ojos del mundo, sino que abusa de su fuerza sobrehumana y sus poderes tóxicos para ejercer justicia por mano propia a diestra y siniestra. Por una parte, se enfrenta a la peor escoria de la criminalidad, destrozando cuerpos de las maneras más sádicas posibles, mientras que también aprovecha sus poderes para cobrar venganza sobre aquellas personas que habían ridiculizado a Melvin.
Todas estas atrocidades se desarrollan desde lo lúdico, ya que los autores nunca olvidan que la sátira se respalda en el absurdo de la comedia, aún en sus pasajes más corrosivos. Mientras que en la nueva versión el héroe cimenta su camino de redención a partir de sus traumas familiares y de cierto sentido de justicia, la producción de 1984 se lanza hacia la venganza por el disfrute mismo de la violencia. En este orden, no sólo el protagonista cae en un espiral desenfrenado de asesinatos brutales, sino que este festival de sangre es celebrado por una sociedad que encuentra en el horror su última esperanza frente a la podredumbre y la corrupción de instituciones encarnadas en un alcalde obeso que ostenta su impunidad, en un jefe de policía nazi y en un grupo de jóvenes asesinos de niños.
Si bien las actuaciones son mediocres y la narrativa por momentos es dispersa, la película nunca reniega de su condición de Clase B. Incluso, constantemente redobla la apuesta para llevar la sátira a los terrenos de la estupidez y el ridículo, donde la violencia gore encuentra formas para ser digerida por todo tipo de estómagos. Otro recurso para distinguirse de relatos de adolescentes y jóvenes adultos de la época es el sexo, que irrumpe como otro aspecto del desenfreno juvenil. Coqueteando con cierta estética del cine erótico de la época, la lujuria no sólo es un elemento exclusivo de los villanos y pecadores, sino que también forma parte de la transformación de Melvin en el Vengador tóxico al descubrir el amor, el placer y la libertad con su novia ciega (otro chiclé con el que la película juega desde la autoconciencia). Como la venganza del protagonista, El vengador tóxico avanza sin culpas en su retrato del costado más idiota y corrupto de la sociedad, pero también enfatiza sobre la humanidad genuina que opera como refugio frente a lo tóxico del mundo.
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