–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Si tanto la primera como la segunda temporadas de La diplomática iban a 200 kilómetros por hora, esta tercera entrega baja un poco la velocidad. Es decir, va a 150, pero continúa teniendo un ritmo que es por momentos avasallante y que le permite que el espectador pase por alto algunas arbitrariedades y lagunas narrativas. Esto último es lo que más se nota en la tercera temporada, que tiene unos cuantos vaivenes que son difíciles de pasar por alto. De hecho, los dos primeros episodios, que establecen el terreno donde se va a mover la trama central, son muy potentes: ahí hay un giro muy sorpresivo que cambia la ecuación de roles de Kate (Keri Russell) y Hal (Rufus Sewell), y que los coloca en una posición de gran poder, pero que al mismo tiempo los obliga a redefinirse casi por completo. Los siguientes cuatro capítulos bajan bastante el nivel, no tanto porque no pasen cosas relevantes, sino porque hay un reacomodamiento entre profesional y personal de Kate, que conlleva a cambios en su relación tanto con Hal como con la ahora Presidente Grace Penn (Allison Janney), que obligan a un cambio de velocidad y hasta pausas en la estructura narrativa de la serie. Incluso la creación de Debora Cahn se pone un poco derivativa, abriendo subtramas románticas y hasta indagando en los orígenes de la pareja que fueron Kate y Hal, sin que esas decisiones tengan total justificación. No es que La diplomática se ponga acá aburrida, pero sí un tanto enredada en sí misma, aunque la habilidad del guión para entregar diálogos chispeantes y una puesta en escena donde siempre hay movimiento hace que conserve un piso bastante alto. Asimismo, hay una incorporación significativa como la de Bradley Whitford, que interpreta a Todd Penn, el esposo de la Presidente, que no llega a tener la importancia y el desarrollo que uno podría suponer. Recién en los últimos dos episodios el conflicto principal -que continúa girando alrededor de ese atentado a un buque británico y las personas responsables- retoma mucha más centralidad y las tensiones vuelven a escalar rápidamente, por más que lo que veamos sean reuniones, conferencias y charlas de pasillo. Allí la serie vuelve a exhibir su notable habilidad para transformar la diplomacia en una profesión entre adictiva, extenuante y angustiante, aprovechando los espacios interiores como factores opresivos. De paso, apela a otra de sus grandes fortalezas: vueltas de tuerca que aparecen casi de la nada y que son entre astutas y crueles, desestabilizando tanto a los protagonistas como a los espectadores, que perciben que los manipulan, pero aun así se entregan a esa dinámica. El cierre de la temporada, por más que no es tan explosivo y shockeante como los de las dos primeras entregas, no deja de suponer una sacudida considerable. Kate pasa a estar ahora en un lugar problemático, porque sabe quizás demasiado y le va a ser difícil encontrar aliados importantes. Posiblemente esta nueva situación conduzca a otra reconfiguración en la que Todd Penn juegue un papel más decisivo, pero todo está por verse. Progresivamente, La diplomática armó un nuevo tablero de TEG y su Táctica y Estrategia de la Guerra -particularmente la llevada adelante por el tándem que terminan configurando Hal y Grace Penn- es entre retorcida y despiadada, al borde de lo inverosímil, pero siempre cautivante.
-La tercera temporada de La diplomática está disponible en Netflix. Ya está confirmada una cuarta entrega.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

