–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La adaptación cinematográfica de Hombre en llamas es probablemente la película más sobrevalorada de la dupla Tony Scott-Denzel Washington: un vehículo un tanto facho, a favor de la justicia por mano propia y con una mirada híper esquemática de México, aunque lo peor era su intento fallido por disfrazarse de drama trágico sobre la pérdida y la venganza. Encima la estética videoclipera y recargada de Scott llevaba a que film fuera una experiencia audiovisual por momentos extenuante. Esta nueva versión, parte remake de la película del 2004, parte nueva transposición de la serie de novelas de A.J. Quinnell, tiene otro punto de partida y un nuevo escenario, aunque el disparador es parecido. Tenemos entonces a John Creasy (Yahya Abdul-Mateen II), un ex agente de las Fuerzas Especiales estadounidenses que, luego de un operativo fallido en el que muere todo su equipo, cae en una espiral depresiva que lo lleva a un intento de suicidio. Es allí cuando aparece un antiguo colega (Bobby Cannavale), que lo recluta para investigar un complot para asesinar al presidente de Brasil. Lo que parece inicialmente una misión delicada pero dentro de la norma, pasa a ser algo completamente distinto cuando irrumpe nuevamente la tragedia y se despierta el interior tan profesional como despiadado que Creasy siempre llevó adentro. A partir de ahí, comienza para el protagonista otra misión: una que involucra tanto protección como investigación y venganza, y en la que se encontrará con pocos aliados, muchos enemigos y unos cuantos traidores. Lo mejor de la serie creada por Kyle Killen está en los dos primeros episodios, ambos dirigidos por Steven Caple Jr. (realizador de Creed II: defendiendo el legado y Transformers: el despertar de las bestias), que tiene un puñado de buenas secuencias de acción y en los que se presenta equilibradamente a los personajes y el mundo que habitan. Pero en cuanto el conflicto queda planteado, queda también claro que lo que estamos viendo es, esencialmente, un largometraje estirado para que pueda pasar por serie. El relato comienza entonces a dar vueltas sobre sí mismo, redundando en situaciones temporales que podrían haberse resuelto de forma mucho más expeditiva, especialmente en el tramo correspondiente a los capítulos tres a cinco, que podrían haber sido tranquilamente uno solo. A eso hay que sumarle esa voluntad narrativa, típica de muchos thrillers de las últimas décadas, de querer mostrarse astuta con algunas revelaciones, como la del villano principal, que dan ganas de decirles a Killen que se calme un poco, que no acaba de escribir la nueva Los sospechosos de siempre. Sobre el final, Hombre en llamas remonta un poco, no tanto porque acomode sus piezas, sino porque recobra algo de vigor y fisicidad en el enfrentamiento definitivo entre Creasy y sus enemigos. Eso le permite dejar todo planteado para una segunda temporada, aunque queda la duda instalada sobre si queremos ver a este tipo traumado, violento y culposo en una nueva aventura. Por ahora, lo que vimos tuvo poco de original, no pasó de lo esquemático cuando intentó ponerse reflexivo y hasta le faltó ritmo en ciertos pasajes.
-Los siete episodios de Hombre en llamas están disponibles en Netflix. Todavía no se confirmó una segunda temporada.
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