–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Bill Lawrence parece estar en estado de gracia. Y encima en un estado de gracia muy particular, porque es de tipo colaborativo: el tipo, indudablemente, sabe juntarse con otra gente, encontrar ideas en común, lograr simbiosis colectivas donde incorpora otras estéticas y las adapta a invenciones propias. Primero fue Ted Lasso, en sociedad con Jason Sudeikis, luego Terapia sin filtro en coautoría con Jason Segel, que se sumó a la vuelta de Scrubs, que lo reunió con Zach Braff. Y ahora es el turno de Rooster (cocreada con Matt Tarses), que recupera al mejor Steve Carell, ese gran actor que trabaja como pocos, casi de forma autoral, la incomodidad y la necesidad de afecto. Otra vez aparece la exploración de un mundo pequeño y a la vez total, que habilita la interacción de géneros y al que se contempla con ironía, pero también con cariño. En este caso a través de la mirada de Greg Russo (Carell), un escritor que encontró el éxito en novelas policiales baratas que están protagonizadas por un investigador privado bien macho y rudo llamado Rooster, que es una versión muy muy idealizada -y por ende, imposible- de sí mismo. Cuando su hija Katie (Charly Clive), que es profesora universitaria, entra en una instancia de ruptura con su esposo, Archie (Phil Dunster), también profesor, que acaba de abandonarla por una estudiante graduada llamada Sunny (Lauren Tsai), Greg acude al rescate. Pero su llegada a la universidad donde trabaja Katie tendrá múltiples consecuencias y no solo para esa hija con quien tiene un vínculo marcado tanto por el afecto como por cierta desconfianza, sobreprotección y algunas cuentas pendientes. También para ese campus que, por un lado, está encorsetado por normas explícitas e implícitas, por rituales y dinámicas de poder, pero que a la vez está poblado por seres estrafalarios que chocan y se potencian entre sí. Y, principalmente, en el mismo Greg, que al principio acepta a regañadientes una breve estancia como parte del staff docente, para luego darse cuenta, progresivamente, de que ha encontrado su lugar en el mundo. Como siempre en las series de Lawrence, el tema principal es el aprendizaje y, aunque acá sea más literal y explícito, todo vuelve a pasar por lo afectivo y relacional. No solo Greg, sino también todos los que se va cruzando, tienen cosas para aprender desde la forma en que ejercen sus roles (sea como profesores, estudiantes y hasta policías) y se vinculan con los demás. Pero si todo esto pudiera establecer un tono completamente aleccionador y hasta de hondo dramatismo, la serie esquiva ese riesgo gracias a dos factores interrelacionados. El primero es su galería de personajes que son tan bizarros como realistas, con rituales y manías a veces insólitas, pero también coherentes incluso en sus contradicciones y queribles a más no poder. El que se quizás se lleva las palmas es el rector Walter Mann, con su don de autoridad construido a pura excentricidad e interpretado por un John C. McGinley en un nivel altísimo, pero podríamos mencionar a muchos más. El segundo factor es la vocación irreductible por la comedia, construida a base de situaciones casi imposibles, gags recurrentes con un timing perfecto -lo de Greg teniendo que disculparse a cada rato por alguna acción involuntaria que es considerada ofensiva es genial- y una mirada entre ácida y cariñosa al ambiente académico, con sus dudas e inseguridades disfrazadas de pretensión intelectual. En Rooster no hay villanos -aunque el final de temporada quizás insinúe la aparición de uno-, a lo sumo gente que se equivoca o es medio pedante (como Archie), y a la que la realidad está esperándola para darle un baño de ídem. Por eso, además, su transitar es un placer y esperamos que tenga un largo recorrido por delante.
-Los diez episodios de Rooster están disponibles en HBO Max. La serie ya fue renovada para una segunda temporada.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

