Título original: Idem // Origen: Argentina // Dirección: Juan José Campanella // Guión: Juan José Campanella, sobre la obra de Herb Gardner // Intérpretes: Luis Brandoni, Eduardo Blanco, Verónica Pelaccini, Agustín Aristarán, Manuela Menéndez, Matías Alarcón // Fotografía: Miguel P. Gilaberte // Maquillaje: Sylvie Imbert // Dirección de arte: Julia Bossio // Duración: 115 minutos // Año: 2026 //
4 puntos
DOS ANCIANOS GRITÁNDOLE A LAS NUBES
Por Mex Faliero
El cine de Campanella podía gustarnos más o menos, pero había algo que no podíamos negar aquellos que no éramos muy defensores de sus películas: el tipo sabía narrar. Sin embargo, de un tiempo a esta parte -o desde ese problema llamado Metegol al presente-, la obra del director de El padre de la novia se ve lastrada por el poder cada vez más absorbente de las palabras que por las formas creativas que la imagen encuentra para ponerlas en escena. Tanto Metegol como El cuento de las comadrejas, y ahora Parque Lezama, exhiben serios problemas para que las ideas del director (que podemos discutir o no, eso queda en un segundo plano) se expresen por medio de algo que no sean declamaciones y monserga. Es cierto que aquí, basado en la obra de teatro de Herb Gardner, que él mismo ya adaptó sobre las tablas con los mismos protagonistas, Luis Brandoni y Eduardo Blanco (y que el propio autor había llevado ya al cine en los 90’s con Walter Matthau y Ossie Davis), el fondo se da la mano con la forma: dos viejos, con sus miserias a cuestas, exhibiendo sus broncas generacionales y padeciendo el fracaso inevitable que el paso del tiempo arremete sobre las ideas. Un poco como la idea del abuelo Simpson gritándole a las nubes. Es, desde ahí, que Parque Lezama se vuelve cristalina respecto de su apuesta estética, más allá de que se encuentre totalmente presa de una puesta en escena estática donde lo teatral se explicita en fraseos y remates que respiran tiempos que no son los del cine. Si hasta por momentos pareciera que los protagonistas esperan el aplauso o la carcajada cómplice de los espectadores entre chiste y chiste.
Brandoni interpreta a León, un ex militante comunista que permanece encerrado en sus ideas de antaño, y Blanco a Antonio, un anciano conformista, atravesado por cierta noción de vivir el día a día sin llamar demasiado la atención. Diariamente se cruzan en el banco del parque del título, muy a pesar de Antonio, que se ve envuelto en las falacias, los cuentos y los inventos lingüísticos de León, cuya inventiva los lleva a meterse en diversos problemas una vez que se empiezan a cruzar con otros personajes. Con criterio, Campanella traslada a cierta lógica costumbrista argentina (o porteña) el humor zumbón de Gardner, algo que por cierto ya había demostrado a lo largo de una década con la exitosa puesta en escena teatral. Incluso traduce los dilemas, especialmente de León -verdadero motor, con sus mentiras, de la historia-, a los eternos dilemas campanellianos sobre el pasado y la nostalgia, sobre la familia y las tradiciones, sobre las ideas y las traiciones, en duelos verbales (León y su hija) que buscan llegar a un nivel de ecuanimidad un poco molesto.
Lo que no logra la película, por el empecinamiento del director en construir la ficción cinematográfica en ese único espacio del parque (encima en 115 minutos difíciles de sostener), es que la historia, ya ralentizada por cuestiones generacionales propias de sus personajes, tenga algo de interés en el plano de las imágenes. Todo luce bastante chato, con recursos visuales más cercanos al telefilm, recostándose indudablemente en el talento de sus protagonistas, un Brandoni que hace de taquito un personaje que se siente bastante propio, y un Blanco que construye con algo de dificultad ese viejo agotado de la presencia de su amigo. Como contexto, Parque Lezama recurre a planos de chicos jugando en la calesita, sin nunca poder agarrar la sortija. Tal vez sea una metáfora sobre el aspecto lúdico de la película, pero también es una imagen que combina con esa nostalgia oxidada propia del cine de Campanella, como aquel padre de Metegol que recordaba la lógica del juego futbolero desde la más ramplona soledad, sin poder explicarnos un poco qué era lo que añoraba de jugar solo. Esa experiencia es un poco la de León, que aquí al menos tiene a Antonio para que lo aguante un poco.
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