LOS AVENTUREROS
Por Mex Faliero
La muerte de Rob Reiner fue una de las noticias más trágicas y shockeantes del mundo del cine del año pasado. Y nos llevó a repensar y volver a su filmografía, que especialmente entre 1984 y 1995 fue una de las más sólidas del cine norteamericano, con un nivel de eclecticismo increíble, saltando de género en género, y siempre con talento y calidad. Nadie podría imaginar que el director que hizo la romántica Cuando Harry conoció a Sally fuera el mismo que filmó la tremenda Misery. En esa década notable, clave también para una forma del cine norteamericano que no volvería nunca más, una época en que las películas tenían la capacidad de llegar a públicos diversos, con historias que nos involucraban emocionalmente sin caer en golpes bajos o sordideces, donde las películas respiraban un largo aliento en el cine para, agotado ese recorrido, ahí sí llegar a los hogares en formato VHS; época gloriosa de público agolpado en las salas y fines de semana perdidos en el videoclub eligiendo películas. Esas películas que no de casualidad ocupan un lugar en el corazón de una generación entera. En ese momento histórico, Reiner brilló. Pero lo hizo de manera apagada, sin rasgos autorales, invisible. Tampoco era un artesano. Era algo raro, diferente, distinto, tal vez un gran director sin ansias de reconocimiento. En esa década, entre la variedad de géneros que transitó, también se metió con las aventuras y los espadachines y las princesas y los villanos de cuento en la genial La princesa prometida.
Es difícil encontrar un rasgo autoral en la carrera de Reiner, y hay que reconocer también que luego de esa década más un año que fue de 1984 a 1995, de ¡Esto es Spinal Tap! a Mi querido presidente, el director continuó filmando pero ya sin la misma efectividad y sin películas recordables, incluso cayendo en ese error habitual de quien filma algo por el prestigio o por los premios. Como sea, es difícil encontrar un rasgo particular, aunque si hilamos fino hay algo que se trasluce entre Cuenta conmigo, La princesa prometida y Misery, y tiene que ver con la ficción como elemento constitutivo de las personas. Vean si no cómo se toma Annie Wilkes el cierre de su amada saga literaria en Misery, o cómo el escritor interpretado por Richard Dreyfuss recuerda sus años de juventud y los convierte en viñetas en Cuenta conmigo. La princesa prometida, con guion del gran William Goldman, arranca con un nieto jugando a los videojuegos y un abuelo (el gran Peter Falk) empecinado en leerle un cuento. En un tiempo donde los relatos fantásticos se habían vuelto populares, con ejemplos como El cristal encantado, Leyenda o Laberinto, La princesa prometida era una continuación en ese universo, pero con el innegable toque Reiner: con un aire farsesco que la vuelve encantadora.
En el cuento que cuenta el abuelo, y que el nieto interrumpe cada tanto con reclamos de todo tipo, incluso haciendo adelantar páginas, el amor del noble Westley por la bella Buttercup se ve interrumpido por la presencia de villanos ruines y príncipes malvados. Así, Westley se ve obligado a convertirse en una versión libérrima de El Zorro, una suerte de pirata espadachín que tiene la habilidad de derrotar a todos y clamar venganza para volver a los brazos de su amada. La princesa prometida tiene todo lo que debe tener una historia de este estilo, incluyendo una boda interrumpida y algún villano que gana conciencia y se vuelve del equipo de los buenos. La película funciona en sus toques aventureros, tiene peleas con espadas emocionantes y el romanticismo sin cinismo que este tipo de historias precisan para funcionar. Pero mientras las películas que citamos más arriba se empecinaban en sostener un verosímil como manotazos de ahogados, más allá de los diversos aciertos que tenían, la película de Reiner escapa por el lado de la comedia para recuperar el tono más juguetón de este tipo de relatos clásicos. A los atribulados Cary Elwes (que estaba gracioso) y Robin Wright, la película suma un seleccionado de comediantes y gente que conoce la comedia como Wallace Shawn, Mel Smith, Carol Kane, Christopher Guest, Billy Crystal en una participación breve y desopilante, y hasta un Mandy Patinkin en su versión más divertida, con un personaje improbable como Inigo Montoya.
Con todo esto, La princesa prometida es una gran película, porque tiene el peso de lo que constituye a una gran película, pero además porque todo lo que se le agrega para darle niveles de lectura es un acierto, desde su forma de pensar los relatos clásicos, recrearlos con humor pero sin caer en la parodia canchera y demostrar en el camino cómo esas tradiciones se sostienen en el imaginario, aún modificados en sus orígenes. Y además porque tenemos un grupo de gente divirtiéndose pero a la vez permitiendo que esa diversión trascienda la pantalla para involucrar al espectador. El cinismo todavía no se había apoderado del mainstream hollywoodense, por lo que Reiner no necesitaba ponerse por encima del material para mostrar su genialidad. Y esa es tal vez la clave del cine de una época que no volverá nunca más. Ni el cine ni la época. Y, lamentablemente, Reiner tampoco.
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