LA GRANDEZA SIMULADA
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Quizás Kiki: entregas a domicilio (a la que también se la conoce como El delivery de Kiki y que acaba de reestrenarse en cines) sea de las películas más simples y directas de Hayao Miyazaki. No hay lecturas políticas o históricas -como en Se levanta el viento-, ni ecologistas -al estilo La princesa Mononoke-, sino un cuento que se apropia de un mundo fantástico para construir un relato de aprendizaje y crecimiento. Quizás por esto es que se convirtió en el primer gran éxito internacional del cineasta. Lo cual no quita que haya unas cuantas capas de complejidad y sensibilidad particulares, que ya indicaban que estábamos ante un realizador -y un estudio, como era Ghibli, que en ese momento recién iba por su cuarta película- fuera de lo común, capaz de reconfigurar imaginarios ajenos en función de algo completamente propio.
Uno de los méritos iniciales de Kiki: entregas a domicilio es cómo coloca al espectador -que, razona la película, será infantil, pero también inteligente- en un mundo al que no precisa explicar desde lo discursivo, porque ahí están los hechos para hacerlo. El relato, basado en una novela de Eiko Kadono, nos presenta inmediatamente a Kiki, una joven bruja que, como parte de su formación, deja a su familia y va a vivir sola a una gran ciudad. Esa urbe, cuyo nombre ficcional es Koriko, es una mezcla de varias ciudades europeas, que van desde París a Estocolmo, pasando por San Francisco, y cuyos habitantes tienen un conocimiento limitado de las implicancias de la brujería. Es decir, el film elige de manera deliberada la ambigüedad en el impacto que puede generar alguien como Kiki en otros individuos, y viceversa, eludiendo de esta forma metáforas simplistas sobre el racismo o la xenofobia.
Lo que importa entonces es el camino de vida de Kiki -acompañada (casi) siempre por su gato negro Jiji, un personaje estupendo-, que tendrá componentes afectivos, psicológicos y laborales, todos mixturados entre sí. Por eso la idea de Kiki de montar un servicio de entrega de paquetes a domicilio puede sonar inicialmente disparatado, pero a la vez tiene completa lógica dentro del universo entre fantástico y urbano que habita. Esto no implica que no haya un choque cultural, pero en lo que verdaderamente se enfoca el film es en el proceso de autoconocimiento de Kiki, de cómo la afectan sus vaivenes emocionales, además de los lazos afectivos que establece con la dueña de una panadería que le abre las puertas de su hogar; un joven de su edad que queda fascinado casi instantáneamente con ella; una mujer que se dedica en solitario a la pintura en un bosque; y hasta una anciana que busca hacer cualquier cosa para ocupar su tiempo libre.
En todas las subtramas que Kiki: entregas a domicilio desarrolla pacientemente -todo el relato fluye como un río, sin prisa, pero sin pausa- hay una mirada sobre la amistad, el amor, la lealtad y la soledad que elude las conclusiones o respuestas fáciles. Y que tiene, además, una carga poética a partir de las imágenes que conectan lo espacial con lo corporal que es de una sutileza difícil de hallar no solo en otras producciones animadas, sino en el cine en general. Una sutileza que no quiere ser compleja, sino decir las cosas casi en voz baja, lo que genera un contraste con el protagonismo de un personaje que puede ser ruidoso y desordenado como Kiki. Recién hacia el final irrumpe la espectacularidad, con una secuencia notable en la que se pierde el control de un zeppelín y que involucra un salvataje de último momento, aunque su objetivo de fondo es resolver, a puro vértigo, los conflictos internos de la protagonista.
En Kiki: entregas a domicilio es un poco inevitable encontrar elementos que veríamos reproducidos por otras vías en buena parte de la filmografía de Pixar. No solo en la convivencia entre lo rutinario y lo extraordinario -pensemos, por caso, en las sagas de Toy Story, Monsters Inc. y hasta Cars-, sino también en la ética y los procesos de aprendizaje. En Kiki podemos ver algo de la terquedad y melancolía de los protagonistas de Up, una aventura de altura y WALL-E, pero especialmente la lealtad profesional del Remy de Ratatouille. A la vez, su relato de aventuras leve y a la vez potente anticiparía esa segunda línea de Pixar que integran films como Un gran dinosaurio, Elio y Unidos, que no buscan ser trascendentes y que hasta disimulan sus grandezas. Miyazaki en Kiki: entregas a domicilio hacía un poco lo mismo: contar una bella historia sin estridencias y emocionarnos desde el cruce entre lo mágico y lo humano.
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