–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Glen Powell es una de las mejores apariciones que ha tenido Hollywood en los últimos años, aunque por ahora -su intensidad dramática bastante fallida en El sobreviviente lo demuestra- lo suyo es la comedia. Bien por él, porque para el drama ya tenemos suficiente gente con ansias de prestigio y porque encima Powell tiene una vocación creativa enorme, que lo ha llevado a desempeñarse como guionista en, por caso, Cómplices del engaño, que por momentos se pasa de astuta, aunque no está mal. Y que ahora trae Chad Powers: mariscal de campo, la cual cocreó junto con Michael Waldron (conocido por su labor en Rick & Morty y Loki), que además incursiona en la comedia deportiva, subgénero que nos ha dado grandes alegrías y que, por desgracia, está al borde de la extinción. La serie se centra en Russ Holliday (Powell), un quaterback universitario que, tras un error insólito en un partido final, cae por completo en desgracia, a tal punto que no encuentra resquicios para volver de forma oficial. Hasta que, inspirado (literalmente) en las acciones del personaje de Robin Williams en Papá por siempre, y sacando provecho de las herramientas de su padre, que se desempeña como maquillador en Hollywood, se disfraza y monta una identidad paralela y ficticia. Así nace -por decirlo de algún modo- Chad Powers, un muchacho amable y bastante limitado que se gana una vacante en un equipo sureño, los Bagres, que necesita desesperadamente volver a la senda de la victoria. Si, por un lado, Russ/Chad consigue quedarse con la titularidad y se transforma en una estrella impensada para muchos, lo cierto es que sostener el engaño se hará cada vez más difícil, por más que cuente con la ayuda de Danny Cruz (Frankie A. Rodriguez), la mascota del equipo. No solo por las dificultades logísticas (por ejemplo, su máscara no es precisamente resistente al agua), sino también por la convivencia con el entrenador principal, Jake Hudson -un muy querible Steve Zahn-, y su hija, Ricky (Perry Mattfeld), también integrante del cuerpo técnico. Este último personaje, del cual progresivamente Russ/Chad se irá enamorando, irá creciendo en importancia, porque, además de ser un interés romántico y de tener su propia subtrama paterno-filial, también será un espejo moral a partir del vínculo cada vez más cercano que entabla con el protagonista. En este aspecto es donde la serie se permite coquetear con superficies más dramáticas, vinculadas no solo con el aprendizaje de Russ/Chad, sino también con las implicancias de la mentira que monta para recuperar un sentido para su existencia. Esto le otorga al relato una ambigüedad llamativa, que en algunos pasajes amenaza con hacerlo desbarrancar a partir de las idas y vueltas argumentales que ponen a los personajes en lugares bastante incómodos. Pero Chad Powers: mariscal de campo consigue eludir esos peligros a partir de un puñado de factores tan elementales como fundamentales. Primero, la construcción de una galería de seres defectuosos, pero simpáticos, que tratan de hacer lo mejor que pueden con lo que tienen. Segundo, una estructura narrativa directa y sintética (apenas seis episodios que promedian algo más de media hora cada uno) que no da respiro gracias a la acumulación de situaciones donde todo parece a punto de volar por los aires. Y tercero, la actuación ambivalente de Powell, siempre al borde de la (auto) parodia, alternando entre lo pedante, lo sensible y lo directamente hilarante. El último episodio deja todo abierto, reconfigura lo romántico -de manera oscura- y le saca jugo al suspenso deportivo. Ojalá que la segunda temporada confirme las virtudes y evite los potenciales peligros, porque necesitamos más de este tipo de comedias deportivas que recuperan la nobleza habitual del subgénero.
-La primera temporada de Chad Powers: mariscal de campo está disponible en Disney+. Ya está confirmada una segunda entrega.
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