–Por Mex Faliero
De más está decir las expectativas que había con la nueva serie de Vince Gilligan, tras las exitosas Breaking bad y Better call Saul. No sólo exitosas, dos series formidables que respaldaron esa masividad con respuestas narrativas, estéticas y formales. Por eso Pluribus, con la autoría de Gilligan más la libertad que suele otorgar la plataforma AppleTV y la confirmación de una segunda temporada mucho antes del estreno de la primera, nos ponía muy ansiosos. No sé si fueron las expectativas o la ansiedad, siempre enemigas de la experiencia, pero lo cierto es que Pluribus estuvo muy por debajo de lo esperado. Pero ya no de lo esperado en términos de las expectativas o la ansiedad, sino de lo esperado en cuanto a la calidad de las producciones previas de Gilligan. Pluribus era además el regreso de Gilligan a la ciencia ficción que había explorado en Los expedientes secretos X. Y era un proyecto para darle vuelo a Rhea Seehorn, gran actriz que brilló en Better call Saul y que fue injustamente postergada por los premios. Así las cosas, los nueve episodios que conformaron esta primera temporada fueron una promesa constante. Mucho más luego del primer episodio, dirigido por Gilligan, que fue una maravilla absoluta y que nos puso la vara muy alta: todo lo que vino después sonó a estiramiento para llegar a una segunda temporada en la que, tal vez, estalle todo por los aires. Seehorn interpreta a una escritora que el regreso a su casa tras una gira de promoción se encuentra con una suerte de invasión alienígena, o virus, o lo que sea, que deja a la humanidad atada a una suerte de red comunitaria despersonalizada de la que apenas un puñado de personas en el mundo quedaron al margen. A partir de ahí, Pluribus abre el juego para que hagamos conexiones con múltiples guiños a relatos emblemáticos de la ciencia ficción, de Los usurpadores de cuerpos a Cuando el destino nos alcance. Sin embargo, Gilligan nos va refutando una a una todas las posibilidades (como los autores de Lost con las especulaciones), para terminar construyendo un relato demasiado centrado en un personaje, con breves derivaciones que no son demasiado estimulantes, más allá de la promesa tardía del personaje de Manousos. En el medio, la vemos a Carol (la protagonista) inspeccionar cada rincón de ese universo, analizar todas las posibilidades, pasar de la desconfianza al compromiso emocional con los invasores. Y si parece que pasan muchas cosas, en verdad no pasa nada, engolosinada como está la serie en jugar a esos tiempos muertos y la metódica y parsimoniosa obsesión de los personajes con llevar adelante diversas tareas, algo que en Breaking bad y Better call Saul (esos largos montajes en los que veíamos a los personajes desarrollando algún plan) funcionaba a las mil maravillas y aquí parece más un capricho o una forma de suponer complejidad o profundidad donde no la hay. ¿Será en verdad el espíritu irónico de Gilligan jugando con nosotros? ¿Será que el exceso de metáfora sobre el mundo virtual lo dejó sin respuestas narrativas? El final de la temporada llega más con una decisión que podría motorizar la trama que con una revelación, y apenas nos genera una mínima expectativa porque recordamos que las primeras temporadas de Breaking bad y Better call Saul también tenían sus problemas. En Gilligan confiamos, pero a la vez le exigimos que ponga un poquito el pie en el acelerador y no se pase de listillo.
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