Título original: Wicked: For Good // Origen: EE.UU. / Canadá / Australia // Dirección: Jon M. Chu // Guión: Winnie Holzman, Dana Fox, basados en el musical de Stephen Schwartz y en la novela de Gregory Maguire // Intérpretes: Cynthia Erivo, Ariana Grande, Jeff Goldblum, Michelle Yeoh, Jonathan Bailey, Ethan Slater, Marissa Bode, Colman Domingo, Bowen Yang, Bronwyn James, Aaron Teoh Guan Ti // Fotografía: Alice Brooks // Montaje: Myron Kerstein, Tatiana S. Riegel // Música: John Powell, Stephen Schwartz // Duración: 138 minutos // Año: 2025 //
5 puntos
POR SIEMPRE ES UN RATITO
Por Mex Faliero
No es que la primera entrega de Wicked haya sido una maravilla, pero bien es cierto que resultó un poco más atractiva de lo que aparentaba en los papeles. No porque esta precuela de El mago de Oz no fuera interesante a priori con su relectura del material original y su visita a géneros populares como las high-school movies, sino porque los musicales estilo Broadway generaron tal grado de saturación en el cine de la primeras décadas de este siglo que las expectativas eran más bien bajas. Lo cierto es que un director más bien discreto como Jon M. Chu, pero con cierto talento para las coreografías (como lo mostró en la franquicia Step up y en En el barrio), le había encontrado la vuelta al tedio recurrente con un par de momentos musicales donde el gran espectáculo se imponía y la plasticidad de los movimientos generaban un atractivo no digamos cercano al musical clásico, pero sí a uno con cierto grado de imaginación. La película transitaba algunos caminos trillados de Maléfica para acá (aunque es verdad que Wicked lo había dicho antes, como novela y como musical), sobre la reconversión de los villanos en personajes traumados psicológicamente (aunque nadie se haga cargo de que en definitiva tienen que construir otros villanos porque si no el relato no funciona) y un mundo donde lo binario deje de ser regla, y mute en otras reglas igual de condicionantes pero más afines a los tiempos que corren. En definitiva que Wicked, más allá de su discursividad repetitiva, tenía algo de gracia y en el medio se valía de los talentos de Cynthia Erivo y Ariana Grande que, aparte del reconocido talento vocal, demostraban tener esa chispa necesaria para darles dimensiones a personajes que podían caer en la simplificación.
El mayor problema de Wicked, entonces, fue generar una falsa expectativa alrededor de su secuela. Tal vez el drama real detrás de la película sea que en el camino entre una y otra logró nominaciones posiblemente impensadas, sus protagonistas se convirtieron en estrellas (incluso el coprotagonista Jonathan Bailey) y el fandom se volvió bastante chillón como para hacer de la segunda parte un “evento” antes que una película. Porque a las películas ya no les alcanza con ser películas y estar más o menos bien narradas, sino que tienen que prometer una experiencia y volverse eventos, que es en definitiva lo que justifica su presencia en una pantalla de cine. Y Wicked: por siempre, consciente como estaba Chu de padecer el desbalance del musical original que tenía las mejores canciones y los mejores momentos en la primera entrega, apuesta a un gigantismo que explote las emociones del fanático, antes que la confirmación y extensión de aquello que había funcionado en la primera entrega. Si bien en el original el “For good” del subtítulo funciona mejor, hay algo en el “Por siempre” del título en castellano que sintetiza las crisis de la secuela: Chu nunca entiende ese “por siempre” como algo que tiene que instalarse en la memoria del espectador a partir de la épica propuesta en la resolución de los conflictos, sino como una forzada remarcación de la iconicidad de los personajes y especialmente de sus intérpretes, con los momentitos de lucimiento para ambas protagonistas cronometrados y puestos de una forma tan planificada que parece, en primera instancia, no querer generar problemas de cartel, pero sobre todo apuntalar la emoción del fan, del convencido.
Más allá de una primera secuencia que tiene algo de western y un acertado trabajo con el fuera de campo y el carácter mitológico de los personajes, Wicked: por siempre tarda demasiados minutos en arrancar y cuando lo hace se enreda tanto en unir a sus protagonistas, que todo luce entre aburrido y mecánico, desde la puesta en escena hasta las canciones, incluso con el pecado de perder la creatividad que había mostrado en la primera entrega. Sólo la aparición de Jeff Goldblum le aporta algo de la vitalidad y la picardía de alguien que está por fuera del fenómeno, y que es hasta más grande que él. Pero la película prontamente vuelve a la historia de Glinda y Elphaba, a potenciar ese vínculo, a jugar al límite con la relación de ambas, que se olvida completamente de personajes de reparto que en la primera habían tenido incluso algo de peso y hasta cuenta de manera torpe y demasiado atolondrada los arcos de varios personajes, especialmente los de aquellos que integran la mitología de El mago de Oz, aquí reducidos a una troupe de fascistas e imbéciles liderados por la pobre Dorothy. Ya hacia el final, Wicked: por siempre se entrega por completo a rizar el rizo de la relación Glinda-Elphaba y quitarles el aliento a los fans. Tanto se enamora Chu de eso, que evidentemente le cuesta soltar en una serie de epílogos que se acumulan y estiran todo a niveles insoportables, un poco como Peter Jackson en el final de El regreso del rey. Ni un momento de inventiva desde lo visual, ni una canción que quede en la memoria; y todo es tan subrayado desde lo discursivo que ni siquiera luce auténtico. Wicked: por siempre, una oportunidad perdida.
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