Título original: The Conjuring: Last Rites // Origen: EE.UU. / Canadá / Inglaterra // Dirección: Michael Chaves // Guión: Ian Goldberg, Richard Naing, David Leslie Johnson-McGoldrick // Intérpretes: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Mia Tomlinson, Ben Hardy, Steve Coulter, Rebecca Calder, Elliot Cowan, Beau Gadsdon, Kíla Lord Cassidy, John Brotherton, Shannon Kook // Fotografía: Eli Born // Montaje: Elliot Greenberg, Gregory Plotkin // Música: Benjamin Wallfisch // Duración: 135 minutos // Año: 2025 //
7 puntos
TERROR, TRABAJO Y FAMILIA
Por Marcos Ojea
La saga de El conjuro, que comenzó en el 2013 con la película que le dio título, es parte ya de la memoria popular, un lugar seguro del terror en el Siglo XXI. Si no fue parodiada en alguna Scary movie, es porque la última se estrenó unos meses antes de que El conjuro llegase a las salas. La transposición al cine de los casos de Ed y Lorraine Warren, investigadores de lo paranormal, ella psíquica y el demonólogo, se infiltró en las fibras sensibles de los espectadores. Convencidos, se dejaron arrastrar también por una serie de películas que ya no tenían al matrimonio en escena, y cuyos temas se desprendían de la saga principal. Monjas, muñecas poseídas, fantasmas lloronas. Spin off’s, secuelas, precuelas.
Hay algunas explicaciones posibles para este fenómeno: en principio, el gastadísimo pero efectivo “basado en hechos reales”, que dentro del género siempre agrega una pátina de inquietud a la experiencia. Después, el principal responsable, James Wan, director de las dos primeras entregas, un artista del horror que, con su mezcla entre innovación y clasicismo, supo darle a la audiencia lo que necesitaba, en el momento justo. El paso al costado de Wan en la dirección (aunque se mantuvo como productor) da cuenta también de otro fenómeno, más curioso aún: fuera de El conjuro y El conjuro 2, todas las demás películas de este universo, a excepción quizás de Annabelle 3, son bastante cuestionables. Algunas se defienden con lo justo, otras no llegan, y otras son directamente imposibles. Para el caso, El conjuro 3, con Michael Chaves en la dirección, fue una película apenas competente, pero muy alejada de sus predecesoras, sostenida en gran parte por la presencia de los Warren.
Y así llegamos a la última, el cierre de la historia, el canto del cisne. El conjuro 4: últimos ritos, que repite a Chaves en la dirección y, por supuesto, a Patrick Wilson y Vera Farmiga como la dupla protagónica. Como el gran acierto de las dos primeras fue poner a los personajes, sus conflictos y circunstancias por encima de cualquier efectismo, acá la mirada vuelve a ser esa, o al menos se intenta. El comienzo nos ubica en uno de los primeros casos de los Warren, en los 60, con Lorraine embarazada. Ahí ocurre el primer contacto con lo demoníaco, un mal que infectará la historia familiar durante décadas. Así se establece la dinámica de la película, cuya acción tomará lugar en los 80, con la fama del matrimonio en declive, y la salud dando problemas en el cuerpo de Ed. Si bien en los casos anteriores la trama paranormal terminaba enredándose con aspectos de la vida de los Warren, esta vez los convoca de manera directa, personal. La posesión de una casa en Pensilvania se conecta con el pasado y los afecta no solo a ellos, sino también a su hija Judy (Mia Tomlinson), ahora una adulta que se está por casar.
Chaves, ya lo sabíamos, no es James Wan, sino más bien un artesano profesional que filma lo que hay que filmar, sobre la base de una mitología ya construida. Apoyado en un guion de David Leslie Johnson e Ian B. Goldberg, se toma un tiempo considerable para narrar el drama de fondo, lo que da un resultado dispar. Si bien por un lado se profundiza sobre el componente humano del trabajo de los Warren, con el costo físico y emocional que implica, por el otro se da lugar a un variado grupo de personajes que complican la atención. La familia Smurl, habitantes de la casa afectada, con sus ocho miembros; Tony (Ben Hardy), el novio de Judy, ex policía con un trauma a cuestas; el padre Gordon, antiguo colaborador de los Warren, entre otros a los que se les otorga espacio mientras la narración avanza. Hay una suerte de auto homenaje a la saga, rebotando con mayor persistencia en la primera película, a la vez que, quizás, un pase de antorcha, la posibilidad de un legado a seguir.
En cuanto al terror, la papa del asunto, Chaves ajusta algunas cuestiones con respecto a la película anterior, y la puesta en escena consigue algunos climas de interés, un plano aterrador aquí, otro allá. Para mal, decide abusar del jumpscare, un recurso que en la sala de cine siempre sobresalta pero, a medida que se acumulan, van perdiendo efecto. Ni hablar de que, con toda el agua que pasó bajo el puente, hoy es un recurso bastante perezoso, el camino fácil para el susto. El enfrentamiento final, contra ese mal de años, es un logrado festival de golpes y gritos, con los Warren poniendo el cuerpo como nunca antes. Nuevamente, es su presencia la que eleva el juego, la que posibilita la emotividad, la que nos hace querer que, al menos ellos, se salven. Es probable que no sea el final anhelado, por todo lo alto, de una saga que comenzó hace más de diez años, que tuvo una secuela superadora (una de las grandes películas del terror moderno), y que luego perdió el rumbo. Pero, gracias a los protagonistas (y por supuesto, con los grandes Patrick Wilson y Vera Farmiga dándolo todo), mantiene la dignidad. También se da la oportunidad de, en los últimos minutos, bajar la marcha y entregarse sin culpa a la celebración del amor, de la familia y del trabajo. Todas las cosas que son parte fundamental, al menos en el cine, de los queridos y legendarios Ed y Lorraine Warren.
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