METAMORFOSIS FELLINIANA EN LA MIRADA DE STAMP
Por Guillermo Colantonio
Terence Stamp, quien nos dejó hace unos días, poseía una cualidad inconfundible: detrás de su intensa mirada, dominada por esos ojos claros, se adivinaba cierta fragilidad. Apenas podía esbozar una sonrisa, pero nunca llegaba a opacar una presencia sostenida en una pose melancólica. Esa ambivalencia expresiva se percibe en varias de las películas que protagonizó, aunque quien mejor supo comprenderla fue un demiurgo, titiritero de fantasías y uno de los más grandes directores de la historia: Federico Fellini.
Historias extraordinarias (Tre passi nel delirio, 1968) es una película compuesta por tres mediometrajes que adaptan a Poe. El primero está dirigido por Roger Vadim, el segundo por Louis Malle. Fellini aceptó el desafío, no del todo convencido y con la ilusión inicial de que lo acompañaran Ingmar Bergman y Orson Welles. No fue así. El proyecto tomó otro derrotero. Y si bien estuvo a punto de desistir, finalmente definió el tercer episodio, Toby Dammit, una libre transposición del relato Nunca apuestes tu cabeza al diablo. El encuentro con Stamp no fue la primera opción -las alternativas de Peter O’Toole y Richard Burton no prosperaron-, pero la comunión resultó perfecta. Fellini ofreció entonces otro viaje alucinado concebido en las entrañas de Cinecittà, mientras Stamp desplegaba un verdadero tour de force interpretando (¿y acaso anticipando al Beetlejuice de Tim Burton?) a un actor británico que llega a Roma para protagonizar un “western católico” (¡!). De este modo, un hombre agobiado por los excesos y con aspecto lamentable se convierte progresivamente en otra versión de un juego predilecto para Fellini: el clown y el augusto. Solo la pericia gestual y corporal de Stamp hace posible ese pasaje.
El cuento de Poe aborda de manera ligera la antigua relación del ser humano con el diablo. Lo primero que hizo el director italiano fue reemplazar al “anciano caballero un tanto cojo vestido de negro” por una niña de cabellos rubios. Fiel a su costumbre de arrojar la piedra para despertar una galería de interpretaciones y luego esconder la mano para legitimarlas, esa elección fue, quizá, la mejor manera de invocar la inmadurez del personaje principal. “Me pareció que un hombre de capa y barba negras era un diablo que no se correspondía con un actor drogado, borracho.” (Fellini Dixit) Pero nada resulta concluyente en su universo, ni queda reducido al conformismo. Tras varios intentos fallidos por encontrar a la niña adecuada, la solución apareció de otro modo: el cabello rubio y el rostro de una mujer rusa se funden con la figura de una pequeña bailarina. Esa es la visión que Toby Dammit percibe en la escalera del aeropuerto, mientras una horda de fotógrafos lo encandila. Desde los primeros gestos se advierte que el estilo interpretativo de Terence Stamp se inscribe en la caricatura, en esa doble naturaleza del clown y del augusto. Sus cambios repentinos de expresión dibujan un paisaje facial que oscila entre la sonrisa y la mueca de preocupación o tristeza. El augusto se asocia aquí con la rebeldía, con un hombre que contempla Roma desde un auto, con los ojos deformados por las dosis de LSD que lleva encima -porque la Roma de Fellini existe para ser vista así: envuelta en niebla, extraviada en un sueño, sucia, subterránea, palpitante, devoradora, monstruosa con sus siglos a cuestas. El augusto devuelve una imagen grotesca, torpe y deformada del actor perdido en el mundo del espectáculo, al que solo le importa la Ferrari prometida en su primera noche de llegada. Mientras tanto, el clown intenta conservar su elegancia y se refugia en miradas melancólicas, esporádicas, pero no menos decisivas. Que esta tensión sea posible se debe a la genialidad performativa de Stamp, con el rostro maquillado, pálido, y una vestimenta semejante a la de un bufón incorregible.
Y en ese recorrido, la escena final consagra el destino apolíneo. Toby conduce la Ferrari a toda velocidad: es el viaje más frenético que haya filmado Fellini por Roma, al punto de borrar todas sus referencias -en el Estudio 5 de Cinecittà siempre se hizo magia. Stamp se adelanta unos años a Malcolm McDowell y su pandilla en otro trayecto vertiginoso y futurista: el de La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971). El cierre confirma la fuerza de la pulsión, incitada por ese diablo encarnado en la pequeña rubia, quien levanta la cabeza y dialoga, por única vez, de manera directa con Poe: es la mirada atrevida del demonio, su triunfo.
