ASUSTARSE ES TAMBIÉN DIVERTIRSE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay carreras que se construyen en base a pequeños milagros. La de Sam Raimi es una de ellas: Diabólico (traducción bastante simplona que tuvo por acá el original The Evil Dead) fue una gesta concretada por un grupo de amigotes con dos mangos y en la que la mente creativa principal ya mostraba que tenía un montón de ideas narrativas y visuales. Algunas de ellas todavía eran chispazos, esbozos de una forma de pensar y sentir el cine, pero otras ya eran pura carnadura y hasta explotaban -casi literalmente- en la cara del espectador.
La premisa de Diabólico no era particularmente original. Era, más bien, lo que Raimi -junto con sus amigos, como Bruce Campbell (protagonista del film), y sus hermanos, Ted e Ivan- podía hacer: un grupo de cinco amigos viajan a una cabaña en el bosque, donde pasan cosas fuera de lo común y no precisamente lindas. Desde ahí, una sucesión de improvisaciones, con un guión que fue reescrito sobre la marcha a partir de las limitaciones de tiempo, espacio y dinero. Pero ese avance a tientas, con lo que se podía, como se podía, no dejaba de mostrar una voracidad por contar algo que asuste y divierta a la vez, con una mitología simple y al mismo tiempo perfecta, que habilitaba tanto lo explícito como lo implícito. Y con un héroe, Ash, que en realidad no era un héroe, sino un simple sobreviviente, alguien con quien identificarse incluso desde sus defectos y torpezas.
Así, es como Diabólico arranca como un ejercicio estudiantil correcto, pero progresivamente va acumulando elementos que la colocan en otro lugar. Uno donde la sangre surge a borbotones, con un gore casi inverosímil, pero que se ve contrastado por un fuera de campo inquietante, incluso angustiante. Raimi, mediante efectos prácticos muy básicos, le da a la cámara una volatilidad inusual, la convierte en un ser sobrenatural al que nunca terminamos de ver, pero que igual nos aterra. Nos aterra precisamente porque no podemos darle una forma y todo queda librado a nuestra imaginación, con una puesta en escena que desde la economía de recursos consigue conectarnos con la experiencia de los personajes.
Raimi corona estos logros estéticos con una media hora final desquiciada, en la que irrumpe un humor macabro que se convertiría con el paso de los años en su marca de fábrica estilística. El relato se las arreglaba para mostrarnos cosas horribles y a la vez construir una serie de situaciones ocurrentes donde queda claro que todos los involucrados están en pleno plan lúdico cuando se trata del horror, y que al mismo tiempo se toman muy en serio lo de hacer comedia. Y aunque es cierto que en Diabólico todavía ese estilo no estaba del todo consolidado, que Raimi estaba en un proceso (acelerado) de aprendizaje, eso ya se afianzaría -o explotaría, vaya paradoja-, en las entregas posteriores de la saga, Evil Dead II y El ejército de las tinieblas, que son delirios absolutos, grandes celebraciones no solo del humor sangriento y escatológico, sino también de la comedia física. Ahí es donde también sería fundamental Campbell, que con Ash se convertiría en el final boy por excelencia, el tipo común y al mismo tiempo copado que queremos que triunfe frente a un mal que es como su espejo deforme. Raimi, todavía joven, pero con todas las ganas y un grupo de gente dispuesto a darle una mano en sus locuras, nos mostraba que el miedo podía ser una emoción muy cercana a la risa.
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