NIVELES DE RESPONSABILIDAD
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Murió Gene Hackman y, más allá de las circunstancias de su deceso (todavía no aclaradas), se nos fue un actor que hacía más de dos décadas que estaba retirado, pero que había dejado un legado difícil de igualar. Y eso que durante su trayectoria tuvo como contemporáneos a nombres fundamentales como Al Pacino, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Jack Nicholson…y claro, Clint Eastwood, con quien supo colaborar en un par de películas que este último dirigió y protagonizó. La primera, Los imperdonables, es fundamental para pensar el cine de los noventa, el western -género al cual prácticamente clausura-, los legados tanto de Eastwood como de Hackman. La segunda, Poder absoluto, ha quedado -injustamente- un tanto olvidada y subestimada, a pesar de que ratificaba la sabiduría de su realizador, pero también la enorme capacidad de Hackman para otorgarle capas de sentido al villano que interpretaba.
Quizás una de las causas por las que Poder absoluto fue que, tras el prestigio alcanzado con Los imperdonables y, en menor medida, Los puentes de Madison, representó una vuelta al cine de género por parte de Eastwood, un thriller que no parecía tener ambiciones de premios y donde incluso la trama policial, a pesar de sus giros, no dejaba de ser una excusa para indagar en temas y preocupaciones que no necesariamente eran masivas. El primero y más palpable, estaba vinculada a la paternidad: antes que nada, Poder absoluto era un film sobre un hombre ya entrado en años, un veterano del robo (el propio Eastwood), tratando de reencauzar la relación con su hija (Laura Linney) que, como abogada, había elegido precisamente el camino opuesto. Y Luther, ese ladrón experto, no salía muy bien parado: la escena donde esa hija adulta, madura, también una profesional consumada, le dice enojada “padre, ¿qué has hecho?” es muy representativa de un vínculo tambaleante, que solo se va recomponiendo en el tramo final, de la mano de un recorrido que involucra tanto la supervivencia como la redención para el protagonista. Es en esta película, de paternidad en crisis, donde Eastwood también empezaba a dialogar con su propia vejez, con su estatus de estrella/leyenda y, arrancaba un proceso cinematográfico de lenta, eterna despedida, que continuaría, por distintas vías, con Crimen verdadero, Jinetes del espacio, Deuda de sangre, Million dollar baby, Gran Torino, La mula y Cry Macho.
El otro tópico relevante, el más explícito, ya desde el mismo título, aunque no sea el verdadero núcleo del relato, es el del poder, ese poder político, pero también institucional, económico e incluso moral. Y ahí es donde aparece la figura de Richmond, el presidente encarnado por Hackman, un tipo realmente despreciable, pero no de forma lineal: primero es un tipo arrogante y violento, que da la impresión de hacer lo que quiere sin consecuencias; luego un ser patético, frágil, que necesita ser auxiliado por su personal cercano para no derrumbarse; después alguien temible, que no vacila en tomar decisiones terribles; y finalmente un hipócrita de campeonato, que le miente en la cara y manipula al que fue su mentor. El poder, para Eastwood, era un arma de doble filo, una herramienta que, dependiendo de quien la usara, podía corromper todo a su paso, pero no necesitaba proclamarlo a viva voz, sino que dejaba que fueran las acciones las que expresaran esta perspectiva. Y si bien se podían establecer paralelismos con los escándalos que afrontaba la presidencia de Bill Clinton, lo de Poder absoluto iba por otro lado, por una reflexión sobre cómo la institucionalidad podía destruirse desde adentro y la necesidad de preservarla en base a la honestidad y el profesionalismo.
Luther, ese ser claramente imperfecto, al margen de la ley, pero también sincero y progresivamente cada vez más consciente de sus responsabilidades, encontraba en Richmond el reverso perfecto, alguien que buscaba por todos los medios posibles no hacerse cargo de nada. Pero esos adversarios, a diferencia de Los imperdonables, donde Eastwood y Hackman se sacaban chispas, en Poder absoluto nunca se encontraban cara a cara. Había ahí, en ese enfrentamiento en off, una conclusión casi sociológica, donde veíamos a un individuo, un laburante, capaz de arrinconar a un sujeto que tenía todos los recursos posibles a su disposición, un dueño de vidas y muertes que va siendo condenado por sus propias acciones. Y si Eastwood le ponía toda su nobleza a un antihéroe querible por sus virtudes y a pesar de sus defectos, Hackman también le transmitía su propia y particular nobleza a un tipo muy odiable, capaz de encarnar lo peor del sistema político y generarnos una variedad de sensaciones.
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