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Pipa

Título original: Ídem
Origen: Argentina
Dirección: Alejandro Montiel
Guión: Mili Roque Pitt, Alejandro Montiel, Florencia Etcheves
Intérpretes: Luisana Lopilato, Mauricio Paniagua, Inés Estévez, Ariel Staltari, Paulina García, Malena Narvay, Aquiles Casabella, Benjamín Del Cerro, Santiago Artemis, Laura González, Ivone Quispe, ​​Mercedes Burgos, Javier Flores
Diseño de producción: Matías Martínez
Montaje: Flor Efrón
Producción: Fernando Blanco, Alejandro Cacetta, Juan Pelosi, Mili Roque Pitt
Duración: 115 minutos
Año: 2022
Plataforma: Netflix


1 punto


MUCHO TRABAJO EN EQUIPO, EN EL PEOR SENTIDO POSIBLE

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Hay que reconocer, nobleza obliga, el trabajo en equipo coordinado en Pipa: todos tirando para el mismo lado, con el objetivo de hacer la peor película posible. Y esa labor conjunta tiene resultados auspiciosos en función de la meta que se propone: lo que vemos es de las peores producciones de Netflix -lo que es decir bastante- y del cine argentino reciente, lo que es decir mucho más.

Todas las partes hacen lo suyo, empezando por el equipo de guionistas (que incluye a Florencia Etcheves, creadora del personaje de Manuela “Pipa” Pelari), con un argumento que supera la cantidad de inconsistencias de Perdida y La corazonada, las dos entregas previas de la protagonista. El relato, situado años después de los acontecimientos de Perdida, coloca a Pipa (Luisana Lopilato) en La Quebrada, un pequeño pueblo del norte argentino, con un hijo a cuestas y tratando de llevar una existencia apacible, hasta que la aparición del cadáver de una joven la arrastra a una investigación que -porque sí, como todo en el film- la hace revivir fantasmas del pasado. Esa pesquisa emprendida por Pipa estará plagada de arbitrariedades -desde el accionar de varios personajes hasta las elipsis y subtramas desplegadas-, además de un sinfín de los lugares comunes que los sectores de la clase media pretendemos conocer: el feudalismo político del norte, la opresión a los pueblos originarios, las familias ricachonas impunes, los comportamientos abusivos de los hijos del poder y un largo etcétera, siempre presentados con una superficialidad alarmante.

En tanto, Alejandro Montiel no se conforma con su rol como coguionista y también hace su parte como director, aportando una puesta en escena anodina, sin alma, que logra el milagro -por decirlo de algún modo- de aniquilar toda clase de suspenso. En Pipa no hay un solo instante de tensión, la cámara no reconoce la noción de movimiento y el estatismo perezoso es la regla dominante. Asimismo, Montiel cuenta con la colaboración de una banda sonora que atrasa como mínimo cuarenta años, muchas veces a destiempo o con el tono exactamente contrario al requerido por las imágenes. Ni hablar del montaje, que refuerza la banalidad narrativa y estética de todo el film. Solo de a ratos la fotografía muestra hallazgos visuales, aunque mayormente no sale del paisajismo banal.

Párrafo aparte se merecen los actores, todos embarcados en una sana competencia por ver quién está peor. Difícil decidirse entre la impostación de Lopilato; la inexpresividad de Inés Estévez, cuyo personaje desaparece a la mitad para luego reaparecer abruptamente sobre el final; el desconcierto exhibido por Paulina García, Mauricio Paniagua y Ariel Staltari, que recitan a duras penas parlamentos esquemáticos a más no poder; o la solemnidad de Malena Narvay y Aquiles Casabella, exagerando el tono trágico hasta lo risible. Aunque claro, semejante nivel de mediocridad solo puede ser posible si la dirección y el guión dejan todo servido para que eso suceda.

Con una historia estiradísima -hay por lo menos cuarenta minutos de más en un metraje que se acerca a las dos horas- y aburrido, que abre varios conflictos que luego no sabe cómo cerrar, Pipa es un verdadero compendio de los defectos que vienen exhibiendo muchos policiales argentinos. Y que da para preguntarse si todo es producto de inoperancia, desgano o una llamativa voluntad por lograr nuevos niveles de pauperización audiovisual. Podemos elegir quedarnos con la última alternativa, porque eso siempre requiere dedicación o interés, lo cual no deja de ser extrañamente meritorio.


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