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Dunkerque

Título original: Dunkirk
Origen: Inglaterra / Holanda / Francia / EE.UU.
Dirección: Christopher Nolan
Guión: Christopher Nolan
Intérpretes: Fionn Whitehead, Damien Bonnard, Aneurin Barnard, Lee Armstrong, James Bloor, Barry Keoghan, Mark Rylance, Tom Glynn-Carney, Tom Hardy, Jack Lowden, Luke Thompson, Michel Biel, Constantin Balsan
Fotografía: Hoyte Van Hoytema
Montaje: Lee Smith
Música: Hans Zimmer
Duración: 106 minutos
Año: 2017


4 puntos


UNA GUERRA SIN PERSONAJES, CONFLICTOS O EMOCIONES

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

1) Christopher Nolan quiere ganar el Oscar. Y eventualmente lo ganará, y muy probablemente se lo lleve por Dunkerque, que tiene todos los elementos para convertirse en favorita de la Academia: un tema atractivo, un discurso políticamente correcto, un relato coral, una estructura narrativa “compleja”, un tono ceremonioso, un cuidado trabajo sobre la imagen que enlaza lo clásico con las nuevas tecnologías, y claro, el siempre necesario empuje de medios como Variety, The Hollywood Reporter y Collider, que influyen y a la vez funcionan como eco del gusto del gran público. Pero también este film no es sólo su manera de acercarse a la preciada estatuilla, sino también la culminación de sus propias ambiciones temáticas y formales: concebir un cine donde ya no importen los personajes, sino solamente la construcción audiovisual y la discursividad.

2) Posiblemente lo mejor de Dunkerque esté en el arranque, con un grupo de soldados británicos huyendo de las balas nazis y tratando de alcanzar la costa francesa. Es una apertura in media res, en medio de la acción, que recuerda a los notables primeros minutos de Batman: el caballero de la noche. Allí Nolan parece preocuparse no tanto por la composición formal (por más que haya un estupendo trabajo con el sonido y el fuera de campo), sino por los hechos concretos, por la tensión que atraviesa a esos pobres jóvenes, que están sin mando, a la buena de Dios, a tal punto que uno de ellos ni siquiera puede sentarse a hacer caca tranquilo. Todo es nervio allí, y aunque el realizador no esté diciendo nada nuevo sobre la guerra, transmite un mensaje pertinente y hasta delinea personajes sin necesidad de palabras. Claro que en un momento se llega a la playa, y es ahí cuando Nolan empieza con su apabullante necesidad de construir imágenes impactantes, transmitir un mensaje explícito y lo peor, explicar todo.

3) Es que lo que Nolan quiere contar es, en verdad, bastante simple: la espera de cuatrocientos mil soldados británicos que buscaban regresar a su patria luego de haber sido empujados hasta la costa francesa por los nazis y los esfuerzos realizados para concretar lo que terminó siendo una epopeya aún en medio del desastre militar. Aún teniendo en cuenta las distintas perspectivas en juego -tierra, aire, mar-, con sus respectivas temporalidades, bastaba con recurrir a puntuales elipsis y recortes específicos en la trama para darle una linealidad que implicaría un mayor vigor, dinamismo y fluidez para el relato. Pero no, Nolan quiere ser “complejo” e “innovador”, y por eso combina permanentemente temporalidades y espacialidades, en una operación que en vez de agregar sentido, lo resta. Eso se puede apreciar en unos cuantos pasajes centrados en el piloto que interpreta Tom Hardy que son redundantes y aburridos; la repetición banal de ciertas secuencias que giran alrededor del mismo hecho; el estiramiento arbitrario de algunas acciones en pos de generar suspenso (hay un intento de abordaje de un barco que se va deshilachando en tensión progresivamente); y la recurrencia permanente de la banda sonora de Hans Zimmer, que quiere transmitir la sensación de que algo apasionante está sucediendo incluso cuando en verdad no está pasando nada. De hecho, termina siendo muy notorio que lo verdaderamente importante de Dunkerque está focalizado en un par de eventos muy específicos de rescate y combate. El resto es casi antojadizo y hasta caótico narrativamente.

4) Pero lo peor de Dunkerque son los personajes, o más bien, la ausencia de ellos, porque en verdad lo que tenemos son meras piezas que se mueven en función de los designios del guión. Si el ciudadano de a pie dispuesto a ir al rescate de sus compatriotas que interpreta Mark Rylance y el comandante que encarna Kenneth Branagh son parte explicadores de los acontecimientos, parte portadores del discurso patriótico que busca transmitir la película -se nota que la confianza de Nolan hacia los rostros de los actores casi desconocidos es limitada-; los soldados que hacen Fionn Whitehead o Cillian Murphy son entidades vacías manipuladas por las necesidades de Nolan. Con un mínimo de atención, es fácil deducir que las situaciones que atraviesa el personaje Whitehead están marcadas por la arbitrariedad y en cuanto a lo que sucede vinculado al de Murphy, todo es directamente indignante, digno del peor Alejandro González Iñárritu en lo que se refiere a la acumulación de desgracias. Nolan quiere hablar sobre los soldados y las decisiones de las que muchas veces son rehenes, pero trata a sus personajes como carne de cañón.

5) Hay en Dunkerque no pocos momentos impactantes, donde Nolan evidencia una gran capacidad para explotar el potencial de la profundidad de campo, el fuera de campo y el ancho de la pantalla, además del poder de la mirada como constructora de una otredad (los nazis, acertadamente, prácticamente no tienen rostro). Pero no deja de ser llamativo que el cineasta, a pesar de las virtudes exhibidas, siempre termina incurriendo en un reforzamiento explicativo a través de la palabra, la banda sonora o de nuevas imágenes que redundan en lo que ya quedaba explícito en un encuadre. Ahí tenemos el final, que podría haber terminado con la imagen de un avión en llamas -alcanzando el pico justo de emotividad que jamás aparece en el resto del metraje-, pero surge la necesidad de un plano extra, que está totalmente de más y resta impacto. El mensaje patriótico, simplista pero aún así válido, que pretende resaltar un hecho que representó un pequeño triunfo en medio de la total derrota (y que allanó en parte el camino para la recuperación de los Aliados frente al nazismo), queda tan excesivamente remarcado como disuelto. A esta altura del partido, repasando su filmografía, es indudable que Nolan no sólo no confía en los personajes que construye, sino tampoco en las imágenes que crea. Eso no deja de ser un síntoma del mal principal de su cine (y de otros realizadores aclamados como Denis Villeneuve o Iñárritu): la poca confianza en el espectador, disfrazada de autoimportancia. Dunkerque es la cima de un cine que se pretende emotivo, pero carece de emociones, que dice ser humano pero no reconoce los conflictos internos de sus personajes y que supuestamente narra un cuento pero sólo se dedica a acumular méritos técnicos. Un cine donde lo importante es sinónimo de vacío.

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