Título original: Father mother sister brother // Origen: EE.UU. / Reino Unido / Italia / Francia / Irlanda / Alemania // Dirección: Jim Jarmusch // Guión: Jim Jarmusch // Intérpretes: Tom Waits, Adam Driver, Mayim Bialik, Charlotte Rampling, Cate Blanchett, Vicky Krieps, Sarah Greene, Indya Moore, Philippe Azoury, Luka Sabbat, Françoise Lebrun, Beatrice Domond // Fotografía: Frederick Elmes, Yorick Le Saux // Montaje: Affonso Gonçalves // Música: Annika Henderson, Jim Jarmusch // Duración: 110 minutos // Año: 2025
8 puntos
UNA ELEGÍA EN TRES MOVIMIENTOS
Por Guillermo Colantonio
Los años pasan para todos, también para los cineastas. Pocos son los que mantienen su radicalidad o su independencia a lo largo del tiempo; muchos los que se vuelven otoñales. Padre, Madre, Hermana, Hermano nos regala a un Jim Jarmusch bien calmo, dispuesto a contemplar a sus criaturas, mirarlas con una prudente distancia para que los espectadores también respiren la atmósfera de dolor contenido ante la ausencia, la probabilidad de la muerte y los vínculos dañados. Más que una trama, la película construye un estado de ánimo.
La estructura consta de tres historias marcadas por similitudes, como si se trataran de vidas paralelas. En la primera, hermano y hermana (Mayim Blalik y Adam Driver) van a visitar a su padre (Tom Waits, extraordinario), quien transita el duelo por la muerte de su mujer. El camino de ida ya da cuenta del laconismo característico de una serie de personajes a los que les cuesta horrores expresar lo que sienten mientras cumplen con protocolos familiares. Cuando llegan al lugar, Jarmusch despliega su dispositivo minimalista/emocional para que, a través del diálogo y de ciertos movimientos y gestos, cada uno sostenga la tensión dramática, sobre todo a partir de las implicaturas conversacionales. Waits se luce de modo maravilloso con sus vacilaciones. El escenario dramático, frente a un lago, es perfecto para habilitar la dimensión afectiva fundada sobre cimientos de melancolía y rencor. La delicadeza de los trazos visuales posibilita, incluso, el humor, a pesar de que la fatalidad se encuentra a la vuelta de la esquina. Basta reparar en el desenlace de este primer episodio, que cambia la perspectiva acerca de lo visto y oído.
En la segunda historia, en Dublin, una madre (Charlotte Rampling) espera a sus hijas (Cate Blanchett y Vicky Kriepps) para tomar el té. Se advierte en ella un carácter controlador, pero al mismo tiempo dependiente, ya que entabla cotidianamente charlas con su terapeuta contando lo que va a hacer. En un ambiente burgués, con arreglos sofisticados, las tres mujeres se disponen a tomar el té. Algunos signos del primer episodio se reiteran, al igual que los silencios y las palabras incómodas. El contraste entre las hermanas es evidente. Una tiene el pelo teñido y lleva una vida inestable; la otra, con apariencia de señora, se viste de un modo que refleja su personalidad, principalmente formal y pacata. Esas diferencias se traducen en gestos que Jarmusch conduce de manera coreográfica. Cada vez que se sirven o toman té obtura la posibilidad de que asomen un millón de reclamos. Siempre lo que no se dice es más importante. Este nerviosismo imperante reina en toda la viñeta de imágenes recortadas con el pulso medido y cauteloso del realizador.
El tercer segmento nos conduce a París. Allí se encuentran dos hermanos gemelos (Indya Moore y Luka Sabbat) cuyos padres fallecieron en un accidente. Los trayectos en el auto por la ciudad y la breve estancia en el departamento vacío funcionan como marco para conversar. El acercamiento afectivo entre ambos está mucho más marcado que en los tramos anteriores, lo cual permite el ingreso de ciertos subrayados y una mayor cuota de edulcorante, sin embargo, no atenta contra la química que sostienen los hermanos. Son ellos quienes están más cerca de ratificar la condición momentánea de alegría a pesar de la tristeza, justamente el código atmosférico y otoñal que la película pondera.
Puede que a muchos les resulte incómoda la filosofía Zen de Jarmusch o que aguarden por una serie de acciones efectistas. Es posible, incluso, que genere cierto resquemor esta distancia para abordar cuestiones afectivas, sin embargo, estamos ante una película que aborda otra noción de tiempo y de mundo, ese mundo donde las personas intentan encajar en algún molde y mientras lo hacen la vida pasa. En una entrevista reciente, Pedro Almodóvar se refirió a la música de Chavela Vargas en estos términos: “Hizo de la desolación y del abandono una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores”. Tal vez Padre, Madre, Hermana, Hermano construya su propio refugio estético y emotivo para sus personajes y para todos nosotros.
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