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Permiso para amar hasta medianoche (1973)



NAVEGAR EN TIERRA FIRME

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Cuando nos enteramos de la muerte de James Caan inmediatamente recordamos El padrino, porque la memoria suele ir primero hacia los lugares más previsibles. Recordamos El padrino y recordamos a Sonny Corleone, especialmente su violenta muerte durante una balacera en el peaje, pero también la cagada a piñas que le pega al marido de su hermana. Temperamental Sonny y temperamental Caan, actor de carácter y de esa raza de intérpretes que son pura energía y electricidad, que están moldeados por el cine, por la pantalla grande. No de gusto, tal vez, su carrera se fue volviendo más intrascendente a medida que dejaba de importar si las películas se veían en una sala de cine o no. De todos modos, con solo aparecer en la película de Coppola, Caan se ganó un espacio en la historia grande. Un espacio que es mucho más que el de aquel film icónico y que, incluso, es más que esos personajes intensos que interpretó con asiduidad, sobre todo a partir de que empezó a explotar su vertiente más villanesca, de segundón cabrón.

Permiso para amar hasta medianoche, de Mark Rydell, es una de esas películas en las que podemos ver a un Cann mesurado, distinto al que tenemos identificado con las revoluciones a mil de los Corleone.  Al igual que El último deber de Hal Ashby, también estrenada en aquel 1973, Permiso para amar hasta medianoche está basada en una novela de Darryl Ponicsan, aunque en esta ocasión es el propio autor el que se encarga de la adaptación cinematográfica. Y como en aquella, también, el protagonista es un integrante de la Marina que se encuentra un poco desorientado. Claro que Ashby era un autor que se animaba a ciertas complejidades y sutilezas, mientras que Rydell era apenas un realizador competente cuyas películas no decían mucho más de lo que aparecía adentro del cuadro. No obstante, Permiso para amar hasta medianoche es un sólido drama romántico atravesado por ese aire desesperanzado que se respiraba por los 70’s y que las películas registraban poniendo en primer plano la mugre y la sordidez, enmarcadas en noches de humo y neón.

Caan interpreta a John Baggs Jr, un marinero que por un asunto administrativo queda varado y al que le otorgan permisos para que salga del cuartel con el compromiso de volver a la medianoche, ese permiso es el “cinderella liberty” del título original. En uno de esos derroteros conoce a Maggie (una Marsha Mason intensa), una prostituta que ronda por los bares jugando al pool y teniendo amores fortuitos, mientras vive con su hijo en un derruido departamento. A Baggs lo lleva inmediatamente el deseo, pero prende en él lenta y progresivamente una ilusión: la de conformar una familia, esa célula social que tal vez le sirva como ancla en esa vida nómade que lleva. Lejos del paternalismo y la conmiseración, dos sentimientos con los que el film de Rydell juega peligrosamente, Permiso para amar hasta medianoche es en verdad la historia de un amor imposible. Imposible por los temperamentos (“nunca te voy a pegar”, le promete John a Maggie) pero especialmente por las penurias y las carencias que ambos personajes exhiben. En toda norma, es una película que sintetiza con un espíritu un poco menos sórdido que otras ese aire trágico que tenían las películas de los 70’s, una historia de una amargura y una tristeza singulares, una historia de amor pero atravesada por cuestiones sociales y políticas que aparecían como conflictos insuperables. En determinada escena un linyera le pide unas monedas al protagonista y cuenta el anecdotario de la película que se trató de un momento real, de un hombre de la calle que no se percató de estar en medio de un rodaje. Eso determina un poco la textura de aquel cine, donde lo documental retuerce la experiencia de la ficción.

Y sobre todo está James Caan, con un personaje de una dulzura enorme, en una actuación luminosa. De tanto insistir con su imaginario de hombre que provee, de tanto navegar en tierra firme, su John Baggs Jr. termina hallando algo parecido a la paternidad. El final de la película, un poco más feliz que todo el recorrido previo, encuentra finalmente a dos espíritus condenados a la soledad comprendiéndose aún en la distancia. Ese carácter positivo que también tenían las películas de los 70’s, como una suerte de contención a toda la amargura de la que el mundo era posible. Un tal Rocky Balboa puede decir algo sobre eso.


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