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Top Gun (1986)



EL PRIMER VUELO DE TOM

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

En 1986 Tom Cruise era otro. Y el mundo también. Por eso, porque Cruise era otro y porque el mundo también, es que Top Gun terminó siendo el éxito de taquilla que fue y convirtiéndose en uno de los films estéticamente más icónicos de aquella década. Ambos elementos confluyeron, un actor carismático en ascenso y una década donde el cine de acción estalló en la cara de los espectadores ávidos de proezas y testosterona. Claro que Top Gun (teorizada alguna vez por Quentin Tarantino en Duerme conmigo como una metáfora gay), ofrecía además de incontables proezas aéreas una historia romántica con remarcado leit motiv musical, una trama en la que lo importante es la camaradería masculina y una historia dramática en la que un arrogante piloto aprende la lección por medio de la tragedia. Como sostén de todo esto un Tony Scott que comenzaba a delinear un estilo propio y un diseño de cine de acción que anticipaba lo que una década después definirían tipos como Michael Bay, claro está todos orquestados por el productor Jerry Bruckheimer.

Hoy la figura de Tom Cruise resulta inseparable de Top Gun, pero hay que pensar cómo impactó ese film en ese momento de su carrera. Si bien el actor intervenía en proyectos populares, buscaba el prestigio trabajando con directores como Francis Ford Coppola (Los marginados) o el Ridley Scott (Leyenda) inmediatamente posterior a Los duelistas, Alien y Blade Runner, y luego filmaría con Martin Scorsese (El color del dinero), Oliver Stone (Nacido el 4 de julio) o Barry Levinson (Rain Man). Por lo tanto Top Gun es un suceso, y nadie se niega a algo así, pero también una incomodidad: ¿Cómo afectó en su búsqueda ambiciosa el protagonismo en una película que explotaba mayormente su sex appeal y su costado más muscular? Digamos que Cruise resolvió un poco ese conflicto personal a partir de convertirse en productor y comenzar a delinear su futuro a mediados de los 90’s con Misión: Imposible. Y ser, como productor, también un poco autor.

Si bien uno piensa a Top Gun como un film de acción, lo cierto es que se trata antes que nada de una película sobre el movimiento: los jóvenes pilotos de la Fuerza Aérea norteamericana surcando los cielos con sus aviones, en maniobras de entrenamiento registradas con una precisión notable para la época y sobre unos cielos casi de neón. Top Gun es por un lado un film de aprendizaje, de alumnos y docentes, también un relato romántico, con “Maverick” seduciendo a una superior, y -claro- un drama bastante trágico en el que la muerte opera como elemento clave en la superación de los personajes. Recién con la muerte de “Goose” es que “Maverick” comprende un poco que su temperamento no lo llevará a ningún lado y que lo importante es claramente el trabajo grupal, la solidaridad, el entendimiento de equipo. Eso que entendemos como relato de acción aparece recién en el último acto de la película, con una secuencia sacada de la galera de un guion que hacía agua a partir de la muerte de “Goose”. Esa secuencia en definitiva sirve para imprimir el tipo de heroísmo que la historia promueve. Y todos los pilotos, hacia el final, se abrazan y saludan felices ante el trabajo realizado.

Y Top Gun es, por qué negarlo, una película discreta. Un evento que, como la mayoría de los fenómenos culturales, tiene más de superficie que de contenido: hay una clara carga simbólica y alegórica que se aplica sobre ella, que la vuelve antes que nada un objeto, un elemento pintoresco de una época particularmente fundante para una forma de conectar desde la emoción fetichista antes que desde las ideas. Los 80’s son un poco el nacimiento de esa juventud idealizada en un sentido que impide cierto crecimiento personal y estanca la memoria en un tiempo (esto en la cultura audiovisual, la política ya tenía su juventud idealizada de los 60’s y 70’s). Hay que aceptar que en ese plan, Top Gun es la película perfecta: puro brillo, pura hormona, puro movimiento fatuo, como la secuencia de la playa en la que juegan al vóley. Es un poco una película joven, congelada en un momento, que carece de pasado y de futuro. De hecho la pequeñez del film de Tony Scott queda al descubierto con la reciente secuela Top Gun: Maverick, donde con los mismos temas y casi la misma estructura, asistimos a un relato grisáceo donde lo trágico de la muerte y el paso del tiempo opera físicamente sobre los personajes y la película se vuelve pura alegría y emoción, haciendo del movimiento algo vital. Si en todo caso sirvió como semilla de esta gran película de acción, sin dudas que su lugar en la historia está justificado.


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