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Dr. Strange (1978): El final de la prehistoria del cine de superhéroes

Por Patricio Beltrami

(@Pato_Beltrami)

¿Por qué Superman, de Richard Donner, es reconocida como la película que cambió el cine de superhéroes? En algún momento se abordará esa gran obra que definió un género que había mostrado escasa personalidad e identidad en las contadas adaptaciones que hasta entonces habían llegado a la gran pantalla. Sin embargo, para comprender la magnitud del film de 1978 es clave contrastarlo con la experiencia inmediatamente previa, casualmente protagonizada por el personaje más relevante de la actualidad. Porque Dr. Strange había sido estrenada antes que Superman en Estados Unidos, y aunque solo tres meses separan cronológicamente a ambas producciones, parece que correspondieran a dos eras del cine completamente diferentes.

Basada en los personajes de Marvel y producida por Universal, este telefilm inicialmente tenía la intención de introducir por primera vez a una formación de Los Vengadores en formato audiovisual. Por entonces, se estaban emitiendo la series The Amazing Spider-Man (Nicholas Hammond) y El Increíble Hulk (Bill Bixby / Lou Ferrigno). Sin embargo, la idea de reunir a los héroes más importantes del estudio no convenció y, por ello, la propuesta quedó limitada a una película sin continuidad a futuro. Si bien Stan Lee ofició de asesor en representación de Marvel (no, no hay cameo), el máximo responsable de esta apuesta fue su director, guionista y productor, Philip DeGuere Jr.

La premisa es muy simple. Una poderosa entidad (similar a Dormammu) que domina el reino oscuro envía a la Tierra a la bruja Morgan La Fey (Jessica Walter) para que elimine al Hechicero Supremo, Thomas Linder (John Mills), y a su sucesor. En su llegada a la decadente Nueva York de fines de los setenta, Morgan rápidamente se apodera de la voluntad de Clea Lake (Eddie Benton), una joven estudiante que será la herramienta para cumplir su misión. Consciente del inminente regreso del mal, Linder le encomienda a su discípulo Wong (Clyde Kusatsu) que busque al doctor Stephen Strange (Peter Hooten), un residente de psiquiatría que aún no tiene vínculos con las artes místicas.

Si bien se trata de una historia de origen para el protagonista, nunca termina de convertirse en una película de superhéroes. Claramente, la fantasía se impone en este relato, que se limita a utilizar contados elementos del cómic en esta adaptación audiovisual. En este marco, la acción y el humor aparecen a cuentagotas. Todo es estático, tanto que los combates se componen de personajes enfrentados con los brazos extendidos lanzándose rayos o energía a partir de efectos especiales bastante rudimentarios. Párrafo especial para la banda sonora, compuesta principalmente de sintetizadores y guitarras eléctricas que pretenden darle una atmósfera mística al relato a partir de una combinación de melodías hindúes y orientales mezcladas con rock progresivo y psicodelia. En tanto, todo es demasiado discursivo. No solo Strange está aprendiendo las reglas de un nuevo universo, sino que explícitamente también se busca que los espectadores comprendan lo que está ocurriendo, incluso cayendo en redundancias dentro de una misma secuencia o reiterando conceptos ya establecidos en algún momento de la película.

Conflicto, erotismo y multiverso

Por su parte, los conflictos existenciales que conforman el aspecto dramático son extremadamente lineales y superficiales. Asimismo, todo es binario en Dr. Strange. El bien se enfrenta al mal, por lo que, dentro de esta lógica, héroes y villanos no tienen matices, tanto en sus objetivos como en sus caracterizaciones. De esta manera, Strange se presenta como un bondadoso residente de psiquiatría que se preocupa tanto por sus pacientes que termina enfrentándose a las autoridades del hospital. Y a pesar de que su iniciación en las artes místicas es repentina y sorprendente, asume el desafío de forma altruista y desinteresada, quizás sin tomar en consciencia de que ese gran poder conlleva una gran responsabilidad.

A su vez, Clea solo es una víctima dentro de un gran plan que la supera en todo sentido, mientras que Morgan es pura maldad, al punto de que desea vengarse de la humanidad y de Linder sin medir las consecuencias de sus actos. Igualmente, la bruja es el único personaje que contiene algún matiz, aunque luego se revela como una cuestión superficial y estrictamente funcional a la historia. Morgan desea conservar su belleza, pero también busca pasar la eternidad junto a Strange, el hombre del que se enamoró. En ese sentido, Dr. Strange incorpora un aspecto que recientemente ha criticado David Cronenberg sobre el cine de superhéroes en la actualidad: la falta de sexo.

Por momentos, esta producción de Marvel coquetea con cierta estética de las películas eróticas de la década del 1970. Más allá de su bondad e inocencia, Strange es un mujeriego que busca potenciar su atractivo desde su aspecto de galán canchero y su manera seductora de vincularse con las mujeres. Asimismo, Morgan y Clea no son solo dos caras bonitas, sino que sus cuerpos están expuestos de manera sugerente a través de un ajustado traje rojo y un vestido sumamente escotado, respectivamente. En este orden, el juego de seducción entre el Doctor Strange y ambas es evidente, explícito y, vale la aclaración, la postura de las mujeres es avasallante y decidida, ya que ninguna se encuentra a merced de los deseos y la lujuria del protagonista.

Por otra parte, la breve cruzada mística que debe emprender Strange lo transportará a través de distintos planos. Pero este intento de configuración del multiverso resulta fallido, incluso más allá de los deslucidos efectos especiales: Solo un juego de luces poco original representa el viaje interdimensional. En tanto, ninguno de los reinos posee una ambientación distintiva ni transmite sensaciones al espectador. Todo es igual: oscuro y presuntamente amenazante para los protagonistas. A eso se reduce Dr. Strange: la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, sin matices ni sustentos. En esta película no hay nada más allá de una dicotomía superficial, fundamentalmente expresada en los discursos reiterativos de los protagonistas. Por suerte, el Superman de Donner llegaría a la pantalla meses después de este estreno para darle identidad al cine de superhéroes y para enterrar definitivamente la prehistoria del género.


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