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Austin Powers (1997)



CONGÉLAME OTRA VEZ

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Se están cumpliendo por estos días 25 años del estreno de Austin Powers, la comedia de Jay Roach que era en verdad un vehículo para el lucimiento de Mike Myers, comediante que en los 90’s tuvo su momento de gloria luego de su participación en el Saturday Night Live! y del éxito de El mundo según Wayne. Myers es un actor y creador con una enorme imaginación, que aprovecha los márgenes de la comedia para estirarlos hasta el límite del sinsentido (siempre recuerdo aquel gag brillante con Powers maniobrando un carrito en un pasillo). Pero también es (o ha sido, el tiempo -y los fracasos- todo lo calman) un tipo difícil. En su universo, los directores funcionan como meros organizadores de sus ideas. El show, claro está, le pertenece. Pero más allá de Myers -aunque es casi imposible separar a Austin Powers como concepto de la figura del actor y guionista-, es interesante ver a la distancia a aquella comedia que reflexionaba con melancolía sobre el paso del tiempo. Más aún cuando en estos 25 años han cambiado múltiples cosas de la cultura, de la producción audiovisual y de la producción audiovisual atravesada por la cultura.

En aquella película, Myers interpretaba al espía del título, agente especial británico que había sido criogenizado en los 60’s (junto a su némesis, el villano Dr. Evil, también interpretado por Myers) y que tres décadas después era descongelado, una premisa similar a la que años antes había protagonizado Sylvester Stallone en El demoledor. La comedia se construía, en un principio, por el choque generacional obvio, pero que se marcaba mucho más al poner en contraste la liberal década del 60, con el flower power y la sexualidad desinhibida, con el mucho más castrado y cínico fin de siglo. Powers era lascivo, vulgar, un animal sexual de pecho peludo, pero los tiempos del SIDA le ponían un límite a su desenfreno. La superficie que Myers surfeaba era, claro, las películas de James Bond, que por aquel entonces había redefinido su iconografía con el renacimiento de la franquicia que supuso la presencia de Pierce Brosnan. Ese mismo año, por ejemplo, se estrenaba El mañana nunca muere. Si las películas del 007 habían agotado sus posibilidades y estaban cerca de la auto-parodia, Myers les otorgaba por medio de la sátira un carácter canónico. Pero también Austin Powers se aprovechaba estéticamente de aquellos films de Richard Lester con The Beatles, como ocurre en la hermosa secuencia de inicio, un claro homenaje a A hard day’s night. Ahí se impone también algo que es clave en la filmografía de Myers, que es el musical. La maravillosa secuencia de arranque de la tercera Austin Powers en Goldmember explotaba la Soul Bossa Nova de Quincy Jones en todo su esplendor.

Como decíamos, entre la nostalgia y la melancolía, pero también entre el colorido, lo musical y su humor desenfrenado, Austin Powers exploraba especialmente los cambios culturales que se habían dado en esas tres décadas, con la sexualidad y la amenaza de lo conservador en primer plano. Pero vista a la distancia, la película sobresale por otras características, que hablan un poco de los cambios de consumo en la producción audiovisual y la homogenización de la pantalla cinematográfica. En los 90’s los cines todavía albergaban comedias y comedias románticas, un género y un subgénero que actualmente solo parecen posibles en la pantalla pequeña de las plataformas. Aquel año, por ejemplo, una película como La boda de mi mejor amigo podía convertirse en un éxito de taquilla. Austin Powers, por tanto, es la muestra de cómo un comediante, por aquellos años, podía estar en la cima y la industria le daba todos los gustos. Son años también de Jim Carrey ganando millones. Ese aire duró una década más, con Adam Sandler, Will Ferrell y Ben Stiller rompiéndola en las salas. Hoy el romance, la comedia, el terror, la fantasía, el suspenso son absorbidos por las películas de superhéroes, agujero negro de la exhibición cinematográfica. Creemos ciertamente que Austin Powers se lamenta un poco haber sido descongelado. Y nosotros también. ¡Yeah baby!


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