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El malvado Zaroff (1932)



LA AVENTURA SONORA EN CONSTRUCCIÓN

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

A principios de los treinta, Hollywood se encontraba en una etapa de transición, buscando adaptar sus moldes estéticos y narrativos a las posibilidades -pero también limitaciones- que traía la irrupción del sonido en el cine. El lenguaje que se había consolidado de la mano de cineastas como David W. Griffith y Charles Chaplin necesitaba reconfigurarse y establecer nuevos códigos, lo cual iba a tomar unos cuantos años. Ahí es donde apareció, por ejemplo, una película como El malvado Zaroff, a la que puede pensarse en un punto como un puente entre el abordaje de lo monstruoso en el Drácula (1931) de Bela Lugosi y la aventura espectacular de King Kong que llegaría en 1933.

El título original del film de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack era The most dangerous game (o sea, “El juego más peligroso”), lo cual tenía su lógica, ya que el relato planteaba una lógica donde lo siniestro se combinaba con lo lúdico. Sin embargo, la traducción que implicaba El malvado Zaroff también tenía su validez, porque al fin y al cabo el personaje que se llevaba toda la atención era el del villano. Es que la película presentaba a un millonario ruso, Zaroff (Leslie Banks), que, al no encontrar grandes desafíos como cazador, hacía arreglos para que los barcos que pasen cerca de su isla naufraguen, para así poder dedicarse a cazar a los pasajeros. En esa isla terminaba un hombre (Joel McCrea), quien también tenía su pasado como cazador y, convertido súbitamente en presa, debía huir junto con una mujer (Fay Wray, que luego sería la protagonista femenina de King Kong).

La clave del film era la colisión de personalidades entre héroe y villano, pero era el segundo el que terminaba definiendo al primero: si el personaje de McCrea construía su heroísmo casi por casualidad, forzado por las circunstancias, Zaroff era un individuo con poder y propósitos previos, con un plan diseñado de antemano. Esa planificación estaba marcada por su personalidad megalómana y convencida de sus acciones, a la que la actuación de Banks le daba el sustento perfecto: su interpretación, plagada de gestualidades lindantes con lo teatral y hasta lo operístico, se llevaba toda la atención del espectador y terminaba de delinear una personalidad fascinante. A la vez, el estilo actoral de Banks chocaba con el de McCrea, mucho más contenido y más apoyado en el despliegue físico. Ambos, cada uno a su manera, marcaban caminos interpretativos que serían replicados y perfeccionados con el paso de los años.

Al mismo tiempo, El malvado Zaroff indicaba rumbos posibles desde lo formal y narrativo, y en eso no puede ignorarse los posibles aportes de los productores David O. Selznick y Merian C. Cooper, que después se reunirían para King Kong. Si la historia se tomaba un tiempo considerable para presentar a los personajes y el conflicto central –que no solo era de supervivencia, sino también ético y moral en cuanto a la concepción de lo humano-, también había una preocupación evidente por construir espectacularidad desde la imagen y el sonido. Prueba de ello eran la secuencia del naufragio del barco donde iba McCrea –con su considerable dosis de violencia- y la larga persecución que enfrentaba a los protagonistas, marcada por una inteligente utilización de la luz y el fuera de campo en función del suspenso.

Si bien El malvado Zaroff no llegaba a ofrecer un molde completo para la estructura del relato de aventuras en el cine sonoro, sí desplegaba una multiplicidad de elementos que con el correr de los años se iban a consolidar de forma sistemática y sistémica. Y, al mismo tiempo, ofrecía una historia tan inquietante como apasionante. Hollywood, como siempre, ya se mostraba capaz de ofrecer un espectáculo potente con apenas un par de trazos.


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