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Día de la Independencia (1996)



EL TRIUNFO DEL ESTADOS UNIDOS GLOBAL

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

En su momento, el espectacular éxito de Día de la Independencia fue bastante sorprendente y hasta insólito, pero también tuvo su lógica: representaba la consolidación de un nuevo tipo de blockbuster en el espectro hollywoodense. Es que, por un lado, presentaba héroes alejados de lo extraordinario y muy parecidos a la gente común y corriente, lo cual facilitaba la empatía, al igual que en films como Twister o Jurassic Park. Por otro, era una ratificación de que, tras el final de la Guerra Fría, el triunfo bélico, económico y político del capitalismo estadounidense también era cultural y artístico.

Si lo que contaba Día de la Independencia no era precisamente novedoso -una invasión alienígena que ponía contra las cuerdas a la humanidad-, sí es cierto que había algunos apuntes estéticos y narrativos que le otorgaban un cierto marco de originalidad, aunque de forma paradójica, porque lo que hacía Emmerich era robar de todos lados solemne descaro. Entonces desplegaba una trama similar a la de Guerra de los mundos, ideas visuales muy similares a las de V: invasión extraterrestre y El planeta de los simios, más el fervor patriótico -o directamente patriotero- del cine bélico más rancio. Posiblemente este último componente era clave: los extraterrestres pasaban a ocupar el lugar de enemigo temible que antes tenían los comunistas, aunque haciéndose cargo de que, si los estadounidenses seguían siendo los buenos, el lugar que habían pasado a ocupar era diferente.

Es que Estados Unidos, ya entrada la segunda mitad de la década del noventa, era realmente el sheriff del mundo y no había otra potencia que cuestionara seriamente su autoridad. Por eso que el miedo dejaba de ser algo tangible para pasar a ser algo completamente ficcional, aunque permaneciera la euforia patriótica y militarista, pero ya a una escala global, porque todos los demás países solo estaban para acompañar y avalar a los protagonistas estadounidenses, encargados de salvar todo y a todos. Era el triunfo absoluto de la ideología de los Estados Unidos, que era el centro absoluto de toda la trama, incluso desde lo simbólico: de ahí que la llegada de los extraterrestres no fuera en algún campo aislado, sino directamente sobre las ciudades emblemáticas, como Nueva York, Los Ángeles o Washington, que eran destruidas partiendo desde sus arquitecturas más reconocibles. Ese discurso de centralidad absoluta de lo estadounidense se profundizaría al año siguiente con Hombres de Negro, que recuperaba y reescribía otros paradigmas genéricos y estéticos.

Toda esa discursividad no estaba sutilmente encapsulada o traficada dentro del relato, sino que era explícita ya desde el mismo título y en graciosamente emblemático monólogo del Presidente interpretado por Bill Pullman: el día donde se salvaba al mundo de la amenaza exterior era el mismo en que se había declarado la independencia de los Estados Unidos. Más claro, imposible. Encima lo decía un realizador alemán, que abrazaba el credo estadounidense sin vueltas y con un nivel de seriedad que terminaba siendo un tanto risible. Y le iba fenómeno en la taquilla, en todo el mundo, quizás demostrando que había mucha gente que concordaba con la mirada yanqui, pero muchos más que en verdad iban a disfrutar esas renovadas formas de espectacularidad destructiva, las situaciones inverosímiles y los personajes tan lineales que terminaban siendo simpáticos.

El suceso de Día de la Independencia puso a Emmerich en un lugar de centralidad definitivamente exagerado -venía de hacer la mediocre Stargate y seguiría con las indefendibles Godzilla y El patriota-, pero que le permitiría, progresivamente, desarrollar una sana autoconsciencia de los materiales con los que trabajaba. Por eso los mejores momentos de films como El día después de mañana, 2012 o El ataque son donde se permite darles mayor carnadura emocional a los personajes sin resignar espectacularidad, abrazando el disparate y alejándose un poco de la solemnidad. Así, el artesano sobrevalorado pasó a ser un autor inesperado.

Claro que los fracasos de sus películas catástrofe más recientes, como la propia El ataque, Día de la Independencia: contraataque, Midway y ahora Moonfall, parece que lo muestran frente a un conjunto de dilemas que no puede resolver. Si por un lado supo darles a sus últimas creaciones una perspectiva más plural, donde otras culturas participan de la salvación global -haciéndose cargo del surgimiento de otras potencias, como China-, las imágenes de destrucción que despliega ya no parecen tener el mismo impacto. Quizás en buena medida porque ese cine catástrofe que él impulsa ya está inserto en franquicias dominantes como Marvel, DC o Rápidos y furiosos, con lo que la sorpresa del espectador ya no es la misma. Pero, además, porque ese mismo espectador se ha vuelto solemne, pero no desde el patriotismo, sino desde la desconfianza y el cinismo, por lo que no se identifican con los crédulos y monolíticos personajes de Emmerich, que están alejados de toda ambigüedad. Si Emmerich supo anticipar -o por lo menos ratificar- el triunfalismo estadounidense, el propio triunfo de la espectacularidad hollywoodense lo está empezando a dejar en un lugar marginal. Ahora, todos los días son el Día de la Independencia.


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