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MAR DEL PLATA 2021: resumen de la Competencia Latinoamericana de Cortometrajes

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Al igual que su contraparte argentina, la Competencia Latinoamericana de Cortometrajes mostró un nivel apenas aceptable, con apenas un par de excepciones. Predominó cierta vocación por la experimentación con formatos narrativos y estéticos, que en su mayoría fueron entre fallidos o apenas logrados.

Atrapaluz, coproducción entre Costa Rica y México dirigida por Kim Torres, busca unir el drama existencial con la ciencia ficción a partir de la historia de una tímida joven a la que invade una misteriosa luz. Cuando la sigue, termina encontrando su fuente, que es nada menos que una cyborg que viene a recordarle cuál fue su identidad en una vida pasada. A pesar de que logra algunas atmósferas entre inquietantes y melancólicas, su relato es medio disperso y no llega a tener verdadero impacto.

Por otro lado, el panameño A Love Song in Spanish, de Ana Elena Tejera, es una especie de ejercicio performático y biográfico pergeñado entre la directora y su abuela. Allí se busca indagar en temas como la memoria, la violencia familiar y social, y el pasado bélico. La ambición es innegable, pero quizás intenta contar demasiadas cosas juntas y por eso le termina faltando consistencia para capturar la atención del espectador.

Otro corto enfocado en tópicos relacionados con lo histórico y la memoria es el chileno Los huesos, de Cristóbal León y Joaquín Cociña, que se presenta como un relato ficticio de la primera película de animación en stop motion del mundo. Hay una exploración de lo ritual, pero también de las huellas ideológicas que unen a dos figuras como Diego Portales y Jaime Guzmán, que encarnan la vertiente más conservadora y autoritaria de Chile a lo largo de los siglos. Todos estos elementos solo confluyen debidamente en algunos pasajes puntuales del film.

Más enfocado, pero igualmente experimental es el venezolano La sangre es blanca, de Óscar Vicentelli, que utiliza una cámara térmica para retratar una corrida de toros. El resultado es más que interesante, porque queda fuera la violencia explícita, pero también todo el componente glamoroso y/o folklórico. E igual se intuye de forma patente la crueldad de todo el ritual, lo que termina siendo todo un hallazgo.

Un recorte estético parecido, aunque con resultados inferiores, intenta el brasileño Vagalumes, de Léo Bittencourt, que explora el Parque del Flamenco, de Río de Janeiro, durante la noche, mientras la ciudad duerme. Hay un trabajo con la luz, los espacios y en particular el sonido que es bastante atractivo, aunque la propuesta se va agotando un poco con el correr de los minutos.

Para el final, queda el colombiano Síndrome de los quietos, que se quedó con justicia con el premio al mejor corto. El film de Elías León Siminiani se apropia con astucia del subgénero del mockumentary (o falso documental), abordando la historia de un grupo de cineastas que en el 2018 trató de documentar un extraño e hipotético síndrome de quietud en Colombia. Cincuenta años más tarde, una investigadora recupera aquellos materiales y los ordena para una especie de exposición ante los espectadores. Hay un juego constante donde se combinan la ironía política pero también la amargura por un país donde toda discusión parece atravesada por constantes ruidos y manipulaciones. A la vez, hay un trabajo muy preciso con el montaje y la imagen, que hacen muy llevadera la narración, interpelando incluso la propia experiencia argentina.


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